CINTIA
FUE LA PRIMERA (Elegías I 12 )
¿Por qué no dejas de acusarme de pereza
y
de que Roma, tentadora, me demora?
Ella
está alejada tantas millas de mi lecho
cuantas
Hípanis dista del Erídano véneto;
ni
Cintia me alimenta con su abrazo los acostumbrados amores,
ni su voz suena dulce en nuestro oído.
Antes
le era grato; en aquel tiempo a nadie le tocó
poder
amar con tal fidelidad.
Fuimos
motivo de envidia; ¿no me habrá abrumado algún dios?
¿O la hierba nos separa, recogida en cimas prometeicas?
Ya
no soy el que era: un largo camino muda a los enamorados.
¡Cuán
grande amor huyó en poco tiempo!
Ahora,
por vez primera, solitario, soy obligado a conocer las largas noches
y
a que sea, yo mismo, a mis oídos, molesto.
Feliz quien pudo llorar junto a su amada presente:
mucho
goza Amor en las lágrimas derramadas;
o
si, despreciado, pudo cambiar sus amores,
también
hay gozos en la cambiada esclavitud.
A
mí no me es posible amar a otra o desistir de ésta;
Cintia
fue mi primer amor, Cintia será el último.
¿CREER
QUE PUEDE?
¿Crees
que puede aún de tu belleza acordarse
quien
viste de tu lecho salir con velas al viento?
¡Cruel
quien pudo a su niña cambiar por dinero!
¿Tanto
valía África entera para hacerte llorar?
Mas
tú, necia, en dioses, tú en vacías palabras confías:
quizás
él frota su pecho con un amor diferente.
Tienes
belleza inmensa, tienes arte de Palas la casta,
y
fama radiante de un sabio abuelo te alumbra,
una
casa feliz, si tuvieras un amigo leal.
Yo
te seré leal: ¡corre, niña, a mi lecho!
Tú
también, que haces aún más los fuegos del estío crecer,
Febo,
acorta el camino de la luz que obliga a esperar.
¡Mi
noche primera se acerca! ¡Dure esta noche primera!,
espera,
Luna, un poco más en mi lecho primero.
¡Cuántas
horas sin fin pasarán, conversando nosotros,
hasta
que Venus a sus dulces armas nos eche!
Antes
habrá de hacerse un pacto y sellar juramentos
y
la ley en este nuevo amor he de escribir.
Amor
en persona tales garantías con su sello refuerza:
testigo
es la corona labrada de la diosa estelar.
Pues,
cuando no se afirma el lecho con pacto ninguno,
carece
de dioses que la venguen la noche en vigilia,
y
a quienes unió, luego la lascivia sus cadenas desata:
sujeten
nuestra lealtad los augurios primeros.
Y
así, quien quiebre los pactos en altares sellados
y
manche los sacros esponsales con tálamo nuevo,
padezca
los dolores que en el amor acostumbran
y
ofrezca su cabeza al rumor charlatán;
y,
al llorar a su dueña, no se le abran las ventanas de noche:
ame
siempre, mas del fruto del amor siempre carezca.