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Safo de Lesbos

 

 

 

SAFO DE LESBOS

Isla de Lesbos (hacia el 610 a.C-hacia el 580 a.C.)

Igual parece a los eternos Dioses
quien logra verse frente a ti sentado.
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!

A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir, y rota
Calla la lengua.

Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre; los inciertos ojos
Vagan sin rumbo; los oídos hacen
Ronco zumbido.

Cúbrome toda de sudor helado;
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.

 

A UNA AMADA

Paréceme a mí que es igual a los dioses el mortal que se sienta frente a tí, y desde tan cerca te oye hablar dulcemente y sonreír de esa manera tan encantadora.

El espectáculo derrite mi corazón dentro del pecho. Apenas te veo así un instante, me quedo sin voz. Se me traba la lengua. Un fuego penetrante fluye en seguida por debajo de mi piel. No ven nada mis ojos y empiezan a zumbarme los oídos. Me cae a raudales el sudor. Tiembla mi cuerpo entero. Me vuelvo más verde que la hierba. Quedo desfallecida y es todo mi aspecto el de una muerta...
 
 
UNA AMADA AUSENTE

Te igualaba a una diosa insigne, y tú te embelesabas con su canto como con otro ninguno. Pero se fue, y ahora sobresale entre las damas lidias lo mismo que la luna de rosados dedos eclipsa todas las estrellas una vez puesto el sol. Y su brillo baña de plata el mar salobre, e ilumina las campiñas floridas, donde ha caído el rocío y han brotado las rosas, el tierno perifollo, las dulces flores del trébol.


Mas en el ajetreo de su nueva vida no deja de añorar el cariño de su amada Atis, y en el pecho le duele de nostalgia el corazón.
 
 
EN LA DISTACIA

De veras, quisiera morirme.

 Al despedirse de mí llorando,

 me musitó las siguientes palabras:

 "Amada Safo, negra suerte la mía. 

De verdad que me da mucha 

pena tener que dejarte." Y yo le respondí:

 "Vete tranquila. Procura no olvidarte de mí,

 porque bien sabes que yo siempre estaré a tu lado.

 Y si no, quiero recordarte lo que tu olvidas:

 cuantas horas felices hemos pasado juntas. 

Han sido muchas las coronas de violetas,

 de rosas, de flor de azafrán y de ramos de aneldo,

 que junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los 

collares que colgaste de tu delicado cuello, tejidos

 de flores fragantes por nuestras manos.

 Han sido muchas las veces que derramaste

 bálsamo de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza.

 

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