Igual parece a los eternos Dioses
quien logra verse frente a ti sentado.
¡Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa!
A mí en el pecho el corazón se oprime
Sólo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta a prorrumpir, y rota
Calla la lengua.
Fuego sutil dentro de mi cuerpo todo
Presto discurre; los inciertos ojos
Vagan sin rumbo; los oídos hacen
Ronco zumbido.
Cúbrome toda de sudor helado;
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte,
Muerta parezco.
A
UNA AMADA
Paréceme a mí que es igual a los dioses el mortal que se sienta
frente a tí, y desde tan cerca te oye hablar dulcemente y sonreír
de esa manera tan encantadora.
El espectáculo derrite mi corazón dentro del pecho. Apenas te veo
así un instante, me quedo sin voz. Se me traba la lengua. Un fuego
penetrante fluye en seguida por debajo de mi piel. No ven nada mis
ojos y empiezan a zumbarme los oídos. Me cae a raudales el sudor.
Tiembla mi cuerpo entero. Me vuelvo más verde que la hierba. Quedo
desfallecida y es todo mi aspecto el de una muerta...
UNA AMADA AUSENTE
Te igualaba a una diosa insigne, y tú te embelesabas con su canto
como con otro ninguno. Pero se fue, y ahora sobresale entre las
damas lidias lo mismo que la luna de rosados dedos eclipsa todas las
estrellas una vez puesto el sol. Y su brillo baña de plata el mar
salobre, e ilumina las campiñas floridas, donde ha caído el rocío
y han brotado las rosas, el tierno perifollo, las dulces flores del
trébol.
Mas en el ajetreo de su nueva vida no deja de añorar el cariño de
su amada Atis, y en el pecho le duele de nostalgia el corazón.
EN LA DISTACIA
De veras, quisiera morirme.
Al
despedirse de mí llorando,
me
musitó las siguientes palabras:
"Amada
Safo, negra suerte la mía.
De
verdad que me da mucha
pena
tener que dejarte." Y yo le respondí:
"Vete
tranquila. Procura no olvidarte de mí,
porque
bien sabes que yo siempre estaré a tu lado.
Y
si no, quiero recordarte lo que tu olvidas:
cuantas
horas felices hemos pasado juntas.
Han
sido muchas las coronas de violetas,
de
rosas, de flor de azafrán y de ramos de aneldo,
que
junto a mí te ceñiste. Han sido muchos los
collares
que colgaste de tu delicado cuello, tejidos
de
flores fragantes por nuestras manos.
Han
sido muchas las veces que derramaste
bálsamo
de mirra y un ungüento regio sobre mi cabeza.