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Horacio

 

 

 

QUINTO HORACIO FLACO

Italia (68-8 a.C.)

CARPE DIEM

No pretendas saber, pues no está permitido, 
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses, 
ni consultes los números Babilónicos. 
Mejor será aceptar lo que venga, 
ya sean muchos los inviernos que Júpiter 
te conceda, o sea éste el último, 
el que ahora hace que el mar Tirreno 
rompa contra los opuestos cantiles. 
No seas loca, filtra tus vinos 
y adapta al breve espacio de tu vida 
una esperanza larga. 
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. 
Vive el día de hoy. Captúralo. 
No fíes del incierto mañana.


LA NAVE DEL ESTADO

¿Te llevarán al mar, oh nave, nuevas olas? 
¿Qué haces? ¡Ay! No te alejes del puerto. 
¿No ves cómo tus flancos están faltos de remos 
y, hendido el mástil por el raudo Ábrego, 
tus antenas se quejan, y a duras penas 
puede aguantar tu quilla sin los cables 
al cada vez más agitado mar? 
No tienes vela sana, ni dioses 
a quienes invocar en tu auxilio, 
y ello por más que seas pino del Ponto, 
hijo de noble selva, y te jactes 
de un linaje y de un nombre inútil. 
Nada confía el marinero, a la hora del miedo, 
en las pintadas popas. Mantente en guardia, 
si es que no quieres ser juguete del viento. 
Tú, que fuiste inquietudes para mí 
y eres ahora deseo y cuidado no leve, 
evita el mar, el mar que baña 
las Cícladas brillantes.


A CLOE

Me evitas, Cloe, como el cervatillo
que por desviados montes busca 
a su asustada madre, no sin vano 
temor del aire y del follaje. 
Si se agitan al viento las hojas del espino 
si los verdes lagartos hacen que cobren 
vida las zarzas, siente miedo, 
su corazón tiembla, y sus rodillas. 
Y, sin embargo, yo no te persigo, 
como un tigre feroz o un león Gétulo,
para hacerte pedazos. Sólo quiero 
que dejes de seguir a tu madre, 
pues tienes edad ya de seguir a tu esposo.


A VENUS

Oh Venus, reina de Gnido y Pafos, 
abandona tu Chipre tan querida 
y acude a la adornada estancia 
de Glícera, la que te invoca 
con numeroso incienso. 
Venga contigo el Niño ardiente 
y las Gracias de talles desceñidos; 
vengan las Ninfas y la Juventud, 
que sin ti a nadie atrae; 
venga Mercurio.


A LA FORTUNA

Oh diosa, tú que riges la grata Ancio 
y eres capaz, con tu presencia, de elevar 
a un mortal del peldaño más bajo 
o trocar en exequias las soberbias victorias.
A ti acude, con solícito ruego, 
el pobre labrador; a ti, del mar señora, 
acude todo aquel que en nave Bitinia 
surca las ondas del mar Carpático. 
Te teme a ti el áspero Dacio y los Escitas nómadas 
las ciudades te temen, y las razas, y el fiero Lacio, 
y las madres de los reyes bárbaros, 
y los tiranos revestidos de púrpura, 
no sea que con pie injurioso 
derribes la columna firme 
o que una muchedumbre inmensa 
llame a las armas, a las armas 
al resto de los ciudadanos 
y destruya su imperio. 
La cruel Necesidad siempre te precede, 
llevando en su indomable mano 
gruesos clavos y cuñas; 
no falta el garfio riguroso 
ni el líquido plomo. 
Te protege la Esperanza, 
y la rara Lealtad, 
cubierta con un velo blanco, 
no rehúsa tu compañía 
cuando tú, en ropa fúnebre, 
abandonas las casas poderosas. 
Pero el vulgo desleal y la ramera 
perjura retroceden; secas 
las ánforas, huyen los amigos 
falaces para no compartir el yugo. 
Consérvanos a César, que va a partir 
contra los últimos del orbe, 
los Britanos, y al enjambre reciente 
de jóvenes que ha de infundir terror 
a los pueblos de Oriente y al rojo Océano.
¡Ay, ay! Nos avergüenzan 
las cicatrices y los crímenes fratricidas.
¡Siglo cruel! ¿Ante qué hemos retrocedido? 
¿Qué ley divina hemos respetado?
¿Cuándo la juventud contuvo 
la mano por temor a los dioses? 
¿Qué altares respetó?
¡Ojalá temples sobre un yunque nuevo 
nuestro mellado hierro 
contra los Masagetas y los Árabes!


A SU ESCLAVO

Odio, niño, la pompa Persa. 
No me gustan esas coronas 
tejidas con las hojas del tilo.
Deja de perseguir el lugar 
donde aún florece la rosa tardía. 
Solícito, procuro que nada añadas 
al sencillo mirto. El mirto 
te está bien a ti, que me sirves, 
y a mí, que estoy bebiendo 
al pie de la delgada vid.


A DELIO

Acuérdate de conservar una mente tranquila 
en la adversidad, y en la buena fortuna
abstente de una alegría ostentosa, 
Delio, pues tienes que morir, 
y ello aunque hayas vivido triste en todo momento 
o aunque, tumbado en retirada hierba, 
los días de fiesta, hayas disfrutado 
de las mejores cosechas de Falerno. 
¿Por qué al enorme pino y al plateado álamo 
les gusta unir la hospitalaria sombra 
de sus ramas? ¿Por qué la linfa fugitiva 
se esfuerza en deslizarse por sinuoso arroyo? 
Manda traer aquí vinos, perfumes y rosas
—esas flores tan efímeras—, mientras 
tus bienes y tu edad y los negros hilos 
de las tres Hermanas te lo permitan.
Te irás del soto que compraste, y de la casa, 
y de la quinta que baña el rojo Tíber;
te irás, y un heredero poseerá 
las riquezas que amontonaste. 
Que seas rico y descendiente del venerable 
Ínaco nada importa, o que vivas 
a la intemperie, pobre y de ínfimo linaje: 
serás víctima de Orco inmisericorde. 
Todos terminaremos en el mismo lugar. 
La urna da vueltas para todos. 
Más tarde o más temprano ha de salir 
la suerte que nos embarcará 
rumbo al eterno exilio.


A LICINIO

Más rectamente vivirás, Licinio, 
si no navegas siempre por alta mar, 
ni, mientras cauto temes las tormentas, 
costeas el abrupto litoral. 
Todo el que ama una áurea medianía
carece, libre de temor, de la miseria 
de un techo vulgar; carece también, 
sobrio, de un palacio envidiable. 
Con más violencia azota el viento 
los pinos de mayor tamaño, 
y las torres más altas caen 
con mayor caída, y los rayos 
hieren las cumbres de los montes.
Espera en la adversidad, y en la 
felicidad otra suerte teme, 
el pecho bien dispuesto. 
Es Júpiter quien trae 
los helados inviernos, 
y es él quien los aleja.
No porque hoy vayan mal las cosas 
sucederá así siempre: 
Apolo a veces hace despertar
con su cítara a la callada Musa; 
no está siempre tensando el arco. 
Muéstrate fuerte y animoso 
en los aprietos y estrecheces; 
y, de igual modo, cuando un viento 
demasiado propicio hincha tus velas, 
recógelas prudentemente.


A PÓSTUMO

¡Ay, ay, Póstumo, Póstumo, 
fugaces se deslizan los años 
y la piedad no detendrá 
las arrugas, ni la inminente vejez, 
ni la indómita muerte! 
No, amigo, ni aunque inmolases cada día 
trescientos toros al inexorable Plutón, 
el que retiene al tres veces enorme 
Gerión y a Ticio en las tristes aguas 
que habremos de surcar todos cuantos 
nos alimentamos de los frutos de la tierra, 
seamos reyes o pobres campesinos. 
Vano será que nos abstengamos 
del cruento Marte y de las rotas 
olas del ronco Adriático 
vano que en los otoños hurtemos 
los cuerpos al dañino Austro. 
Hemos de ver el negro Cocito 
que vaga con corriente lánguida, 
y la infame raza de Dánao, 
y al Eólida Sísifo, condenado 
a eterno tormento. 
Habremos de dejar tierra y casa 
y dulce esposa; y de todos estos 
árboles que cultivas ninguno, 
salvo los odiosos cipreses, 
te seguirá a ti, su dueño efímero;
y un sucesor más digno que tú 
consumirá el Cécubo que guardaste 
con cien llaves y teñirá 
las losas con el soberbio vino, 
el mejor en las cenas de los pontífices.


A MECENAS

¿Por qué me quitas la vida con tus quejas? 
Ni a los dioses es grato, ni a mí, 
que mueras antes, Mecenas, tú, 
pilar mío, toda mi gloria. 
¡Ah! Si una fuerza prematura 
te arrebatase a ti, la mitad de mi alma, 
¿a qué esperaría yo, la otra, 
no tan querida e incompleta superviviente? 
Ese día traería la ruina a ambos. 
Pero no será vano mi juramento: 
iremos, iremos, dondequiera que vayas, 
compañeros dispuestos a hacer juntos 
la última jornada. 
Ni el aliento de la ígnea Quimera, 
ni, si resucitare, el centímano Gias, 
me arrancaría nunca de ti: 
así lo acordaron 
Justicia poderosa y las Parcas. 
Nacido bajo Libra 
o bajo el formidable Escorpión, 
el más violento signo en la hora natal, 
o bajo Capricornio, tirano 
de la onda Hespérica, 
tus astros y los míos se corresponden 
de manera increíble. 
A ti la luminosa tutela de Júpiter 
te libró del impío Saturno 
y retardó las alas del Destino veloz 
cuando el pueblo, reunido, 
tres veces te aplaudió con alegría;
y a mí un tronco me hubiera 
aplastado el cerebro, si Fauno, 
custodio de los hombres de Mercurio 
no hubiese aligerado con su diestra el golpe. 
Acuérdate de ofrecerle víctimas 
y del templo que prometiste; 
yo inmolaré en su honor una humilde cordera.

 
A SÍ MISMO


Odio al vulgo profano y lo rechazo. 
Tened las lenguas: sacerdote de las Musas, 
voy a cantar versos jamás oídos antes 
a los niños y a las doncellas. 
A sus propios rebaños rigen 
temibles reyes, y a ellos los gobierna 
Júpiter, famoso por su triunfo Giganteo, 
el que lo mueve todo con su ceño. 
Sucede que un hombre alinea en los surcos 
mayor número de árboles que otro hombre; 
éste, de más noble linaje, baja 
al Campo a competir; aquél,
mejor por sus costumbres y su fama 
rivaliza con él; otro tiene mayor 
cantidad de clientes. 
Con justa ley, Necesidad 
sortea a los notables y a los ínfimos: 
una amplia urna mueve todo nombre. 
Aquel sobre cuya impía cabeza 
pende desnuda espada 
no encuentra dulce el sabor de los festines Sículos 
ni el canto de las aves y de la cítara 
le devuelven el sueño. Ese sueño 
apacible que, en cambio, no desdeña 
la casa humilde del campesino, 
ni la umbrosa ribera, 
ni Tempe, el valle oreado por los Céfiros. 
Al que desea sólo lo suficiente 
no lo seduce el mar tumultuoso,
ni el ímpetu cruel de Arturo al ponerse, 
ni el nacimiento de las Cabrillas, 
las viñas azotadas por el granizo 
o una finca mendaz, ya culpen sus plantíos 
a las aguas, a las estrellas 
que abrasan los campos 
o a los inclementes inviernos. 
Sienten los peces reducido el mar 
por las moles lanzadas a sus aguas, 
pues allí van a parar las piedras 
que sin cesar arrojan el empresario con sus obreros 
y el señor harto ya de tierra. 
Mas Temor y Amenazas
suben adonde está el señor, 
y la negra Inquietud no se separa 
de su trirreme guarnecida de bronce 
y cabalga tras él, jinete. 
Y, si ni el mármol Frigio, 
ni el uso de la púrpura más brillante que un astro, 
ni la viña Falerna, 
ni el costo Aquemenio
alivian el dolor del que sufre, 
¿por qué voy a construir un atrio grandioso 
con puertas envidiables, según el nuevo estilo? 
¿Por qué voy a cambiar 
mi valle de Sabina 
por riquezas tan pesarosas?


A LILIA

«Mientras que te agradaba 
y ningún otro joven preferido 
rodeaba con sus brazos 
tu blanco cuello, 
florecí más feliz que el rey de los Persas.» 
«Mientras no ardiste más por otra, 
y no venía Lidia después de Cloe, 
yo, Lidia, la de nombre famoso, 
florecí más brillante que la Romana Ilia.»
«En mí ahora reina la Tracia Cloe 
que sabe dulces ritmos y es diestra con la cítara.
No temería yo morir por ella, 
si el Hado respetase su vida.» 
«A mí me abrasa con mutua llama 
Calais, el hijo de Órnito de Turio. 
Por él consentiría yo morir dos veces 
si el Hado respetase la vida del muchacho.» 
«¿Y qué si vuelve el antiguo amor 
y junta a los distantes con férreo yugo? 
¿Y si despido a la rubia Cloe 
y abro la puerta a Lidia desdeñada?» 
«Aunque él es más hermoso que una estrella 
y tú más voluble que el corcho 
y más irascible que el impetuoso Adriático 
contigo querría vivir, contigo moriría gustosa.»


A LA FUENTE DE BANDUSIA

¡Oh fuente de Bandusia, más clara que el cristal,
digna del dulce vino puro! Mañana, y no sin flores, 
te inmolaré un cabrito, cuya frente, ya hinchada 
de sus primeros cuernos, busca amor y pelea. 
En vano, pues tus frescas aguas teñirá con su sangre roja 
este retoño de la alegre cabra. 
No es capaz de alcanzarte la hora implacable 
de la ardiente Canícula; tú ofreces 
un frescor amable a los bueyes cansados 
de arar y a la manada errática. 
Te contarás entre las fuentes célebres, 
pues he cantado el roble que se yergue 
sobre tus peñas huecas, de donde 
brotan tus linfas parlanchinas.


A UNA ÁNFORA

¡Oh nacida conmigo, siendo cónsul Manlio!, 
ya contengas lamentos o juegos,
ya disputas y locos amores 
o sueño confortable, piadosa arcilla 
que custodias un excelente Másico 
y eres digna de ser sacada en un día grande, 
baja—Corvino te lo manda— 
a derramar tus lánguidos vinos. 
Él, aunque está empapado de discursos Socráticos, 
no te despreciará. Se dice que también 
Catón el Viejo templaba su virtud con vino. 
Tú aplicas un tormento blando 
al carácter que es de ordinario duro; 
tú descubres, de acuerdo con el burlón Lieo, 
las dudas y secretos pensamientos de los sabios. 
Tú vuelves la esperanza a las mentes inquietas 
y añades fuerzas y valor al pobre, 
que, contigo, no teme las coléricas tiaras 
de los reyes ni las armas de los soldados. 
A ti Líber y Venus—si nos es propicia— 
y las Gracias, indolentes a la hora 
de desatar sus nudos, y las brillantes lámparas 
te harán durar hasta que el regreso de Febo 
ahuyente las estrellas.


A BACO

¿Adónde, Baco, me arrebatas, lleno de ti? 
¿A qué bosques, a qué cavernas 
soy arrastrado velozmente por una mente nueva? 
¿En qué antro seré oído 
meditando introducir la gloria eterna 
del egregio César en los astros y en la asamblea 
de Júpiter? Cantaré lo insigne, lo nuevo, 
lo que ninguna boca ha cantado. 
No de otro modo que la insomne Bacante 
se queda atónita mirando desde la cumbre el Hebro, 
la Tracia blanca por la nieve 
y el Ródope hollado por pie bárbaro: 
así a mí me complace, extraviado, 
admirar las riberas y los bosques desiertos.
¡Oh señor poderoso de las Náyades
y de las Bacantes capaces de derribar 
los elevados fresnos con las manos! 
Nada pequeño, ni en tono humilde, 
nada mortal celebraré. Dulce peligro 
es, oh Leneo, seguir al dios que ciñe sus sienes 
con verde pámpano.


A MELPÓMENE

 
Terminé un monumento más perenne que el bronce 
y más alto que las regias Pirámides
al que ni la voraz lluvia ni el impotente Aquilón 
podrán destruir, ni la innumerable
sucesión de los años, ni la huida de los tiempos. 
No moriré del todo: una gran parte de mí 
se salvará de Libitina. Creceré en los que vengan 
tras de mí con gloria siempre nueva, 
mientras suba el pontífice al Capitolio 
junto a la virgen silenciosa. 
Se dirá de mí, allí donde el violento 
Aufido fluye ruidosamente y donde 
Dauno, pobre de agua, reinó 
sobre silvestres pueblos, 
que, aunque de humilde cuna, fui capaz 
el primero de trasladar la lira Eolia 
a metros Itálicos. Toma, Melpómene, 
para ti la gloria ganada por mis méritos, 
que yo sólo quiero que ciñas de buen grado 
mi cabellera con laurel Délfico.

 

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