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Felipe Benítez Reyes

 

 

 

FELIPE BENÍTEZ REYES

España, Rota, Cádiz (1960)

EL FINAL DE LA FIESTA

Copas sobre el césped, mojadas de rocío,
con manchas de carmines estridentes...

En el jardín nocturno brillaban las guirnaldas
y llegaba la música
en aladas bandejas invisibles del aire.
Los abrazos furtivos, el juego de señales,
los disfraces barrocos y las niñas de nieve
posando de fatales con rosas en los labios.

Copas abandonadas sobre el césped, confetti
flotando en la piscina y un jirón de vestido
prendido en el columpio. Toda la irrealidad
de esa escenografía de los bailes de máscaras
tuvo para nosotros un sentido simbólico:
era la juventud,
vestida de sí misma, estrafalaria y loca,
quemando alegremente sus bengalas,
porque el amanecer traería un viento frío,
una mala resaca como precio. Las copas
quedaron sobre el césped. Flores pisoteadas,
antifaces deshechos, sombreros, serpentinas
diminuto y fantasma que naufragó en el sueño
de aquella noche de verano. En las hogueras
de nuestro corazón los restos de una fiesta,
los restos de una vida. Recogeré las copas,
guardaré mi disfraz en un cajón secreto.
Duró poco la fiesta. De nuevo cae la noche
y la luna se estampa sobre un cielo desnudo.

 

EL MAR

El hecho de arrojar a un mismo tiempo
las cenizas al mar de todos los cadáveres
que vagan por la bruma de la Historia;
aun toda esa ceniza
unánime, ya digo, en nada alteraría
su continuo fluir:
lentas mareas,
alado oleaje bronco,
y las leyendas graves de su furia.

Errabundo y cautivo, pero siempre
con una disciplina
perfecta: misteriosa y calculada,

óyelo cómo ruge:

el mar narcotizado por las lunas,
homérico, cambiante y maquinal,
con ensenadas de peces
de ojos aterrados que lo exploran
como los pensativos peces de colores
exploran una vez y otra vez y una vez más
el acuario cuajado de palmeras
y cofres de pirata en miniatura.

Igual de fluctuante
que nuestro pensamiento,
míralo,
angustiado de azul indefinible,
asmático, grandioso y teatral,
él,
que huye e invade
según un raro método que tiene
algo que ver quizás con nuestros ciclos
de razón y locura, esas dos caras
de una misma moneda que cae de canto siempre.

Refugio de los seres silenciosos,
inagotable mar de vaivén blanco,
tan dado a todo tipo de metáforas
que suelen recordarnos ciertas veces
en lo mucho que somos como el mar.

EL SONETO NOCTURNO

La luna era ese párpado cerrado
que flotaba en el circo de la nada
y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.

La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.

La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.

De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.

  

ADVERTENCIA

Si alguna vez sufres -y lo harás-
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.

Así que cuando sufras -y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.

 

NOCHE DE SAN JUAN

Qué secreta y hermosa

es la noche festiva para aquel

que no tiene pasado: un tiempo frío

dentro del corazón.

Qué exacta noche

de fuego y juventud.

Qué diferente

ya de cuando éramos

aquellos que en la sombra

furtivos se besaban y reían.

Las muchachas se obsequian como entonces

y los amigos beben en una copa igual

a la que ya apuramos cuando fuimos

como estos que ahora se adueñan de la vida.

 

 

 

LA CONDENA

 

El que posee el oro añora el barro.

El dueño de la luz forja tinieblas.

El que adora a su dios teme a su dios.

El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.

Quien lo busca se encuentra con su sombra.

Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.

El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.

El que no lo halló nunca

es desdichado.

Aquel que cifró el mundo con palabras

desprecia las palabras.

Quien busca las palabras que lo cifren

halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.

Errático el deseo, el pensamiento.

Todo lo que se tiene es una niebla

y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.

Y somos los ladrones de tesoros.

 

 

KASIDA Y RONDÓ

 

Las ciudades sin ti no las recuerdo

Son las flores cerradas del mundo

Las ciudades sin ti no tienen nombre

Las ciudades sin ti no las recuerdo

La noche solitaria que parece

Tan sólo una tiniebla vagabunda

La noche en que no estás tiembla mi noche

Si el vacío me mira con tus ojos

Vale más el vacío que la vida

Si me mira el vacío con tus ojos

La noche en soledad corrompe sueños

La noche en que no estás tiembla mi noche

 

 

 

NUBE DE NADA

 

Hay un lugar en que la vida tiembla

ante el viento y la noche

igual que un pensamiento equivocado.

Un lugar de cristal que alguien ha roto

y en que ya no andará descalza la inocencia.

Un lugar en que flota

el cadáver de un niño ahogado en un mar de relojes

que giran con el dolor de los juguetes averiados.

Y ese mar suena a orquesta de difuntos que interpreta

las partituras indescifrables del tiempo.

Y hay un baile de espectros incesantes,

y sus rostros son los mismos de aquellos

que andaban por la casa, que hablaban de viajes y países,

que traían regalos de ultramar,

cuando tenía

antifaces la vida, y era la dama loca

que se abría como una flor de nieve

cada día en los ojos

que miraban asombrados los naufragios

de los buques fantasmas,

el vuelo de las cometas en la playa errabundas

y la fugacidad

de los castillos de pólvora, al final de los veranos eternos,

cuando se desgarraban los toldos por el viento y volaban

por las calles vacías los sombreros perdidos,

plumas de gaviotas y arenisca, los jirones

de carteles de cines y de circos

que traían el silbido de las balas,

la furia de las fieras

y los ojos vendados del lanzador de cuchillos

ante la ruleta de la muerte.

Hay un lugar en que aún suenan

los broncos abordajes de piratas a los barcos británicos,

el rugido de tigres de Bengala

y la sonrisa rota

de los magos de Holanda y de Turquía.

Hay en ese lugar

imágenes borrosas de mujeres

en cuartos de hotel, en asientos

traseros de unos coches furtivos, parados en los bosques

como brillantes amuletos de juventud;

imágenes borrosas de mujeres

en alcobas prestadas, en pasillos

de edificios que tienen

la condición de laberintos recordados.

Hay un lugar en que recorren

las sierpes del rencor la arena blanca.

Hay un lugar en que todo está dicho

y todo está perdido.

Y ese lugar —apréndelo— es tu corazón.

 

 

  

LA NOCHE

 

Todos hemos llegado, a esta hora,

al final indistinto de otro día.

Igual que las columnas de los templos turísticos,

igual que las antenas

que cubren la ciudad, permanecemos

de frente ante la noche,

fatigados de luz y de trabajo.

Alguno se dispone a la lectura

de una nueva novela o de unos versos

de geométricas metáforas

y algún otro recorre el laberinto

de intriga y de ambición que es nuestra Historia

en alguna costosa enciclopedia

ilustrada con gráficos y fotos

de holocaustos modernos.

En la penumbra tersa y repentina,

habrá quien se apresure a celebrar

el espejismo frágil de otro cuerpo

conmovido y hierático,

desnudo como el agua,

que el tiempo arañará con garra firme.

Alguien escribirá una carta inútil,

traicionada sin duda

por esos enemigos poderosos

de la expresividad: los adjetivos

que intentan transmitir la esencia íntegra

del dolor verdadero.

Alguno invocará su paz con ansiolíticos

y algún otro será

el solitario alquimista del sexo de los ángeles

en la galaxia virtual de las cabinas porno,

absorto y sorprendido como un niño.

Alguien colocará explosivos redentores

en nombre de una raza y su bandera

y algún otro abrirá la puerta helada

del infierno acordado con él mismo.

En esquemáticos apartamentos de alquiler,

hay quien hace reír y quien llorar

a seres temerosos que miran las estrellas

o las luces en línea de aeropuertos lejanos.

Alguno sueña ya con los piratas

heroicos y feroces de una infancia inmortal

y muchos tejerán las pesadillas

barrocas que conciben los adultos

con visionarios fallos de guión.

Todos hemos llegado al final de otro día.

Y cada cual se dispone a proseguir

su más secreto rumbo

por el túnel salvaje de la noche.

 

 

 

PARÍS, LIBRERÍAS DE VIEJO

 

Mientras huelo la rosa de papel,

marchita y amarilla, de Ronsard,

alguien clava una aguja

en los ojos dormidos que navegan

por el mar ondulante del somnífero

que han vertido en su copa.

Mientras toco el cristal esmerilado

de un verso ornamental de Mallarmé

alguien está

elevando el andamio de tu incierta ventura

al romper un papel o al perder una llave.

Jardines del Luxemburgo, cuando os cruzo aterido

y paso ante la estatua de Verlaine,

achinado en la piedra, alguien resuelve

esa fórmula química

que sembrará el alivio o el horror

en nuestra realidad desamparada.

Al mismo tiempo que leo

el verso en que recrea Baudelaire

la imagen de una serpiente

que baila sobre la punta de un palo,

alguien le dice a alguien al oído

esa frase que siempre quiso oír

para sentir por una vez

el estremecimiento ante el abismo del futuro.

Cuando miro flotar a la pálida Ofelia

sobre el lago de un verso de Rimbaud,

alguien está agitando

en el vibrante cubilete del azar

los dados que deciden

la vida y el amor o sus contrarios.

Mientras voy con mis libros en la bolsa,

alguien está alterando para siempre

esa trama insondable del destino común

al diseñar la pieza de un ingenio mecánico

capaz de procrear o destruir.

La primavera brilla sobre el río

con una luz de encaje dieciochesco,

mientras yo me dirijo al café de los Dos Monigotes

pensando inquietamente en estas cosas,

al modo en que se piensa en un cuchillo

que penetra en la carne temblorosa del mundo.

 

 

 

LA FLECHA DEL TIEMPO

 

Nunca seríamos

como esos adultos —nos juramos—

que miraban ansiosos, turbiamente,

a través del cristal de las cafeterías

—como en cierto poema de Rimbaud—

la entrada de los jóvenes altivos

en la cueva dorada de la noche.

Y sin embargo

ahora estamos aquí, sin entender gran cosa,

ante un vaso de hielo y de ansiedad,

arañando con fiebre y con rencor

en el cristal del tiempo un espejismo.

 

 

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