EL
FINAL DE LA FIESTA
Copas sobre el césped, mojadas de rocío,
con manchas de carmines estridentes...
En el jardín nocturno brillaban las guirnaldas
y llegaba la música
en aladas bandejas invisibles del aire.
Los abrazos furtivos, el juego de señales,
los disfraces barrocos y las niñas de nieve
posando de fatales con rosas en los labios.
Copas abandonadas sobre el césped, confetti
flotando en la piscina y un jirón de vestido
prendido en el columpio. Toda la irrealidad
de esa escenografía de los bailes de máscaras
tuvo para nosotros un sentido simbólico:
era la juventud,
vestida de sí misma, estrafalaria y loca,
quemando alegremente sus bengalas,
porque el amanecer traería un viento frío,
una mala resaca como precio. Las copas
quedaron sobre el césped. Flores pisoteadas,
antifaces deshechos, sombreros, serpentinas
diminuto y fantasma que naufragó en el sueño
de aquella noche de verano. En las hogueras
de nuestro corazón los restos de una fiesta,
los restos de una vida. Recogeré las copas,
guardaré mi disfraz en un cajón secreto.
Duró poco la fiesta. De nuevo cae la noche
y la luna se estampa sobre un cielo desnudo.
EL MAR
El hecho de arrojar a un mismo tiempo
las cenizas al mar de todos los cadáveres
que vagan por la bruma de la Historia;
aun toda esa ceniza
unánime, ya digo, en nada alteraría
su continuo fluir:
lentas mareas,
alado oleaje bronco,
y las leyendas graves de su furia.
Errabundo y cautivo, pero siempre
con una disciplina
perfecta: misteriosa y calculada,
óyelo cómo ruge:
el mar narcotizado por las lunas,
homérico, cambiante y maquinal,
con ensenadas de peces
de ojos aterrados que lo exploran
como los pensativos peces de colores
exploran una vez y otra vez y una vez más
el acuario cuajado de palmeras
y cofres de pirata en miniatura.
Igual de fluctuante
que nuestro pensamiento,
míralo,
angustiado de azul indefinible,
asmático, grandioso y teatral,
él,
que huye e invade
según un raro método que tiene
algo que ver quizás con nuestros ciclos
de razón y locura, esas dos caras
de una misma moneda que cae de canto siempre.
Refugio de los seres silenciosos,
inagotable mar de vaivén blanco,
tan dado a todo tipo de metáforas
que suelen recordarnos ciertas veces
en lo mucho que somos como el mar.
EL SONETO NOCTURNO
La luna era ese párpado cerrado
que flotaba en el circo de la nada
y el niño retenía la mirada
su hipnótico vagar de astro cegado.
La noche es un jardín narcotizado
con esencias de alquimia y sombra helada
y tu infancia una estrella disecada
en el taller de niebla del pasado.
La luna vive ahora en los relojes
que lanzan sus saetas venenosas
sobre la esfera blanca de este sueño.
De este sueño sin fin del que recoges
la ceniza dorada de esas cosas
de las cuales un día fuiste dueño.
ADVERTENCIA
Si alguna vez sufres -y lo
harás-
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.
Así que cuando sufras -y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.
NOCHE DE SAN JUAN
Qué
secreta y hermosa
es
la noche festiva para aquel
que
no tiene pasado: un tiempo frío
dentro
del corazón.
Qué
exacta noche
de
fuego y juventud.
Qué
diferente
ya
de cuando éramos
aquellos
que en la sombra
furtivos
se besaban y reían.
Las
muchachas se obsequian como entonces
y
los amigos beben en una copa igual
a
la que ya apuramos cuando fuimos
como
estos que ahora se adueñan de la vida.
LA
CONDENA
El
que posee el oro añora el barro.
El
dueño de la luz forja tinieblas.
El
que adora a su dios teme a su dios.
El
que no tiene dios tiembla en la noche.
Quien
encontró el amor no lo buscaba.
Quien
lo busca se encuentra con su sombra.
Quien
trazó laberintos pide una rosa blanca.
El
dueño de la rosa sueña con laberintos.
Aquel
que halló el lugar piensa en marcharse.
El
que no lo halló nunca
es
desdichado.
Aquel
que cifró el mundo con palabras
desprecia
las palabras.
Quien
busca las palabras que lo cifren
halla
sólo palabras.
Nunca
la posesión está cumplida.
Errático
el deseo, el pensamiento.
Todo
lo que se tiene es una niebla
y
las vidas ajenas son la vida.
Nuestros
tesoros son tesoros falsos.
Y
somos los ladrones de tesoros.
KASIDA
Y RONDÓ
Las
ciudades sin ti no las recuerdo
Son
las flores cerradas del mundo
Las
ciudades sin ti no tienen nombre
Las
ciudades sin ti no las recuerdo
La
noche solitaria que parece
Tan
sólo una tiniebla vagabunda
La
noche en que no estás tiembla mi noche
Si
el vacío me mira con tus ojos
Vale
más el vacío que la vida
Si
me mira el vacío con tus ojos
La
noche en soledad corrompe sueños
La
noche en que no estás tiembla mi noche
NUBE
DE NADA
Hay
un lugar en que la vida tiembla
ante
el viento y la noche
igual
que un pensamiento equivocado.
Un
lugar de cristal que alguien ha roto
y
en que ya no andará descalza la inocencia.
Un
lugar en que flota
el
cadáver de un niño ahogado en un mar de relojes
que
giran con el dolor de los juguetes averiados.
Y
ese mar suena a orquesta de difuntos que interpreta
las
partituras indescifrables del tiempo.
Y
hay un baile de espectros incesantes,
y
sus rostros son los mismos de aquellos
que
andaban por la casa, que hablaban de viajes y países,
que
traían regalos de ultramar,
cuando
tenía
antifaces
la vida, y era la dama loca
que
se abría como una flor de nieve
cada
día en los ojos
que
miraban asombrados los naufragios
de
los buques fantasmas,
el
vuelo de las cometas en la playa errabundas
y
la fugacidad
de
los castillos de pólvora, al final de los veranos eternos,
cuando
se desgarraban los toldos por el viento y volaban
por
las calles vacías los sombreros perdidos,
plumas
de gaviotas y arenisca, los jirones
de
carteles de cines y de circos
que
traían el silbido de las balas,
la
furia de las fieras
y
los ojos vendados del lanzador de cuchillos
ante
la ruleta de la muerte.
Hay
un lugar en que aún suenan
los
broncos abordajes de piratas a los barcos británicos,
el
rugido de tigres de Bengala
y
la sonrisa rota
de
los magos de Holanda y de Turquía.
Hay
en ese lugar
imágenes
borrosas de mujeres
en
cuartos de hotel, en asientos
traseros
de unos coches furtivos, parados en los bosques
como
brillantes amuletos de juventud;
imágenes
borrosas de mujeres
en
alcobas prestadas, en pasillos
de
edificios que tienen
la
condición de laberintos recordados.
Hay
un lugar en que recorren
las
sierpes del rencor la arena blanca.
Hay
un lugar en que todo está dicho
y
todo está perdido.
Y
ese lugar —apréndelo— es tu corazón.
LA
NOCHE
Todos
hemos llegado, a esta hora,
al
final indistinto de otro día.
Igual
que las columnas de los templos turísticos,
igual
que las antenas
que
cubren la ciudad, permanecemos
de
frente ante la noche,
fatigados
de luz y de trabajo.
Alguno
se dispone a la lectura
de
una nueva novela o de unos versos
de
geométricas metáforas
y
algún otro recorre el laberinto
de
intriga y de ambición que es nuestra Historia
en
alguna costosa enciclopedia
ilustrada
con gráficos y fotos
de
holocaustos modernos.
En
la penumbra tersa y repentina,
habrá
quien se apresure a celebrar
el
espejismo frágil de otro cuerpo
conmovido
y hierático,
desnudo
como el agua,
que
el tiempo arañará con garra firme.
Alguien
escribirá una carta inútil,
traicionada
sin duda
por
esos enemigos poderosos
de
la expresividad: los adjetivos
que
intentan transmitir la esencia íntegra
del
dolor verdadero.
Alguno
invocará su paz con ansiolíticos
y
algún otro será
el
solitario alquimista del sexo de los ángeles
en
la galaxia virtual de las cabinas porno,
absorto
y sorprendido como un niño.
Alguien
colocará explosivos redentores
en
nombre de una raza y su bandera
y
algún otro abrirá la puerta helada
del
infierno acordado con él mismo.
En
esquemáticos apartamentos de alquiler,
hay
quien hace reír y quien llorar
a
seres temerosos que miran las estrellas
o
las luces en línea de aeropuertos lejanos.
Alguno
sueña ya con los piratas
heroicos
y feroces de una infancia inmortal
y
muchos tejerán las pesadillas
barrocas
que conciben los adultos
con
visionarios fallos de guión.
Todos
hemos llegado al final de otro día.
Y
cada cual se dispone a proseguir
su
más secreto rumbo
por
el túnel salvaje de la noche.
PARÍS,
LIBRERÍAS DE VIEJO
Mientras
huelo la rosa de papel,
marchita
y amarilla, de Ronsard,
alguien
clava una aguja
en
los ojos dormidos que navegan
por
el mar ondulante del somnífero
que
han vertido en su copa.
Mientras
toco el cristal esmerilado
de
un verso ornamental de Mallarmé
alguien
está
elevando
el andamio de tu incierta ventura
al
romper un papel o al perder una llave.
Jardines
del Luxemburgo, cuando os cruzo aterido
y
paso ante la estatua de Verlaine,
achinado
en la piedra, alguien resuelve
esa
fórmula química
que
sembrará el alivio o el horror
en
nuestra realidad desamparada.
Al
mismo tiempo que leo
el
verso en que recrea Baudelaire
la
imagen de una serpiente
que
baila sobre la punta de un palo,
alguien
le dice a alguien al oído
esa
frase que siempre quiso oír
para
sentir por una vez
el
estremecimiento ante el abismo del futuro.
Cuando
miro flotar a la pálida Ofelia
sobre
el lago de un verso de Rimbaud,
alguien
está agitando
en
el vibrante cubilete del azar
los
dados que deciden
la
vida y el amor o sus contrarios.
Mientras
voy con mis libros en la bolsa,
alguien
está alterando para siempre
esa
trama insondable del destino común
al
diseñar la pieza de un ingenio mecánico
capaz
de procrear o destruir.
La
primavera brilla sobre el río
con
una luz de encaje dieciochesco,
mientras
yo me dirijo al café de los Dos Monigotes
pensando
inquietamente en estas cosas,
al
modo en que se piensa en un cuchillo
que
penetra en la carne temblorosa del mundo.
LA
FLECHA DEL TIEMPO
Nunca
seríamos
como
esos adultos —nos juramos—
que
miraban ansiosos, turbiamente,
a
través del cristal de las cafeterías
—como
en cierto poema de Rimbaud—
la
entrada de los jóvenes altivos
en
la cueva dorada de la noche.
Y
sin embargo
ahora
estamos aquí, sin entender gran cosa,
ante
un vaso de hielo y de ansiedad,
arañando
con fiebre y con rencor
en
el cristal del tiempo un espejismo.