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Claudio Rodríguez

 

 

 

CLAUDIO RODRÍGUEZ

España, Zamora (1934-1999)

DON DE LA EBRIEDAD

Siempre la claridad viene del cielo; 
es un don: no se halla entre las cosas 
sino muy por encima, y las ocupa 
haciendo de ello vida y labor propias. 
Así amanece el día; así la noche 
cierra el gran aposento de sus sombras. 

Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados 
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda 
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega 
y es pronto aún, ya llega a la redonda 
a la manera de los vuelos tuyos 
y se cierne, y se aleja y, aún remota, 
nada hay tan claro como sus impulsos! 

Oh, claridad sedienta de una forma, 
de una materia para deslumbrarla 
quemándose a sí misma al cumplir su obra. 
Como yo, como todo lo que espera. 
Si tú la luz te la has llevado toda, 
¿cómo voy a esperar nada del alba? 

Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca 
espera, y mi alma espera, y tú me esperas, 
ebria persecución, claridad sola 
mortal como el abrazo de las hoces, 
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja. 
 

 
SALVACIÓN DEL PELIGRO

Esta iluminación de la materia,
con su costumbre y con su armonía,
con sol madurador,
con el toque sin calma de mi pulso,
cuando el aire entra a fondo
en la ansiedad del tacto de mis manos
que tocan sin recelo,
con la alegría del conocimiento,
esta pared sin grietas,
y la puerta maligna, rezumando,
nunca cerrada,
cuando se va la juventud, y con ella la luz,
salvan mi deuda. 

Salva mi amor este metal fundido, 
este lino que siempre se devana 
con agua miel,
y el cerro con palomas, 
y la felicidad del cielo, 
y la delicadeza de esta lluvia, 
y la música del
cauce arenoso del arroyo seco,
y el tomillo rastrero en tierra ocre,
la sombra de la roca a mediodía, 
la escayola, el cemento, 
el zinc, el níquel, 
la calidad del hierro, convertido, afinado 
en acero, 
los pliegues de la astucia, las avispas del odio, 
los peldaños de la desconfianza,
y tu pelo tan dulce,
tu tobillo tan fino y tan bravío,
y el frunce del vestido,
y tu carne cobarde...
Peligrosa la huella, la promesa
entre el ofrecimiento de las cosas
y el de la vida.

Miserable el momento si no es canto.
 

 
COMO SI NUNCA HUBIERA SIDO MÍA

Como si nunca hubiera sido mía, 
dad al aire mi voz y que en el aire 
sea de todos y la sepan todos 
igual que una mañana o una tarde. 
Ni a la rama tan sólo abril acude 
ni el agua espera sólo el estiaje. 
¿Quién podrá decir que es suyo el viento, 
suya la luz, el canto de las aves 
en el que esplende la estación, más cuando 
llega la noche y en los chopos arde 
tan peligrosamente retenida? 
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe 
de una vez para siempre! La flor vive 
tan bella porque vive poco tiempo 
y, sin embargo, cómo se da, unánime, 
dejando de ser flor y convirtiéndose 
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque 
no esté detrás la primavera, saca 
fuera de mí lo mío y hazme parte, 
inútil polen que se pierde en tierra 
pero ha sido de todos y de nadie. 
Sobre el abierto páramo, el relente 
es pinar en el pino, aire en el aire, 
relente sólo para mí sequía. 
Sobre la voz que va excavando un cauce 
qué sacrilegio éste del cuerpo, éste 
de no poder ser hostia para darse.
 

 
UN VIENTO

Dejad que el viento me traspase el cuerpo
y lo ilumine. Viento sur, salino,
muy soleado y muy recién lavado
de intimidad y redención, y de
impaciencia. Entra, entra en mi lumbre,
ábreme ese camino
nunca sabido: el de la claridad.
Suena con sed de espacio,
viento de junio, tan intenso y libre
que la respiración, que ahora es deseo
me salve. Ven
conocimiento mío, a través de
tanta materia deslumbrada por tu honda
gracia.
Cuán a fondo me asaltas y me enseñas
a vivir, a olvidar,
tú, con tu clara música.
Y cómo alzas mi vida
muy silenciosamente
muy de mañana y amorosamente
con esa puerta luminosa y cierta
que se me abre serena
porque contigo no me importa nunca
que algo me nuble el alma.
 

 
CLÁVAME CON TUS OJOS ESA NUBE

Clávame con tus ojos esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?

Disciplina de todo lo que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.

Y es por seguir cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del resplandor su maravilla,

su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no verme siempre extraño!
 

 
HILANDO

Tanta serenidad es ya dolor.
Junto a la luz del aire
la camisa ya es música, y está recién lavada,
aclarada,
bien ceñida al escorzo
risueño y torneado de la espalda,
con su feraz cosecha,
con el amanecer nunca tardío
de la ropa y la obra. Este es el campo
del milagro: helo aquí,
en el alba del brazo,
en el destello de estas manos, tan acariciadoras
devanando la lana:
el hilo y el ovillo,
y la nuca sin miedo, cantando su viveza
y el pelo muy castaño
tan bien trenzado,
con su moño y su cinta;
y la falda segura; sin pliegues, color jugo de acacia.
Con la velocidad del cielo ido,
con el taller, con
el ritmo de las mareas de las calles,
está aquí, sin mentira,
con un amor tan mudo y con retorno,
con su celebración y con su servidumbre.
 

 
AL FUEGO DEL HOGAR

Aún no pongáis las manos junto al fuego. 
Refresca ya, y las mías 
están solas; que se me queden frías. 
Entonces qué rescoldo, qué alto leño, 
cuánto humo subirá, como si el sueño, 
toda la vida se prendiera. ¡Rama 
que no dura, sarmiento que un instante 
es un pajar y se consume, nunca, 
nunca arderá bastante 
la lumbre, aunque se haga con estrellas! 
Este al menos es fuego 
de cepa y me calienta todo el día. 

Manos queridas, manos que ahora llego 
casi a tocar, aquella, la más mía, 
¡pensar que es pronto y el hogar crepita, 
y está ya al rojo vivo, 
y es fragua eterna, y funde, y resucita 
aquel tizón, aquel del que recibo 
todo el calor ahora, 
el de la infancia! Igual que el aire en torno 
de la llama también es llama, en torno 
de aquellas ascuas humo fui. La hora 
del refranero blanco, de la vieja 
cuenta, del gran jornal siempre seguro. 
¡Decidme que no es tarde! Afuera deja 
su ventisca el invierno y está oscuro. 
Hoy o ya nunca más. Lo sé. Creía 
poder estar aún con vosotros, pero 
vedme, frías las manos todavía 
esta noche de enero 
junto al hogar de siempre. Cuánto humo 
sube. Cuánto calor habré perdido. 
Dejadme ver en lo que se convierte, 
olerlo al menos, ver dónde ha llegado 
antes de que despierte, 
antes de que el hogar esté apagado.
 

 
SIN ADIÓS

Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana ,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.
 

 
CÓMO VEO LOS ÁRBOLES AHORA...

Cómo veo los árboles ahora. 
No con hojas caedizas, no con ramas 
sujetas a la voz del crecimiento. 
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas 
no la siento como algo de la tierra 
ni del cielo tampoco, sino falta 
de ese color de vida con destino. 

Y a los campos, al mar, a las montañas, 
muy por encima de su clara forma 
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada? 
¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo 
veis a los hombres, a sus obra, almas 
inmortales? Sí, ebrio estoy sin duda. 
La mañana no es tal, es una amplia 
llanura sin combate, casi eterna, 
casi desconocida porque en cada 
lugar donde antes era sombra el tiempo, 
ahora la luz espera ser creada. 

No sólo el aire deja más su aliento: 
no posee ni cántico ni nada; 
se lo dan, y él empieza a rodearle 
con fugaz esplendor de ritmo de ala 
e intenta hacer un hueco suficiente 
para no seguir fuera. No, no sólo 
seguir fuera quizá, sino a distancia. 
Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico. 
¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua, 
cómo dan posesión a estos mis ojos. 
¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba 
la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora 
los árboles, qué pocos días faltan... 
 

 
AJENO

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y curo del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.
 

 
TÚ SIEMPRE TAN BAILÓN, CORAZÓN MÍO...

Tú siempre tan bailón, corazón mío,
¡métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! ¡al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!

Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro
hombres de todo el mundo. Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría.

¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa
para el día de hoy? Y ya ha llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!

Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.


ENTONCES...

Entonces sí que daban
su vida al sol, su aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.
Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la noche pronta de febrero.
Y aún sin bailar: yo solo.
¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los pasos a vuestro aire hermoso!
Águedas, aguedicas,
decidles que me dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.
Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Águedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.
 

 
GESTOS

Una mirada, un gesto, 
cambiarán nuestra raza. Cuando actúa mi mano, 
tan sin entendimiento y sin gobierno, 
pero con errabunda resonancia, 
y sondea, buscando 
calor y compañía en este espacio 
en donde tantas otras 
han vibrado, ¿qué quiere 
decir? Cuántos y cuántos gestos como 
un sueño mañanero, 
pasaron. Como esa 
casera mueca de las figurillas 
de la baraja: aunque 
dejando herida o beso, sólo azar entrañable. 

Más luminoso aún que la palabra, 
nuestro ademán, como ella 
roído por el tiempo, viejo como la orilla 
del río, ¿qué 
significa? 
¿Por qué desplaza el mismo aire el gesto 
de la entrega o del robo, 
el que cierra una puerta o el que la abre, 
el que da luz o apaga? 
¿Por qué es el mismo el giro del brazo cuando siembra 
que cuando siega, 
el de amor que el de asesinato? 

Nosotros, tan gesteros pero tan poco alegres, 
raza que sólo supo 
tejer banderas, raza de desfiles, 
de fantasías y de dinastías, 
hagamos otras señas. 
No he de leer en cada palma, en cada 
movimiento, como antes. No puedo ahora frenar 
la rotación inmensa del abrazo 
para medir su órbita 
y recorrer su emocionada curva.

No, no son tiempos 
de mirar con nostalgia 
esa estela infinita del paso de los hombres. 
Hay mucho que olvidar 
y más aún que esperar. Tan silencioso 
como el vuelo del búho, un gesto claro, 
de sencillo bautizo, 
dirá, en un aire nuevo, 
su nueva significación, su nuevo 
uso. Yo solo, si es posible, 
pido, cuando me llegue la hora mala, 
la hora de echar de menos tantos gestos queridos, 
tener fuerza, encontrarlos 
como quien halla un fósil 
(acaso una quijada aún con el beso trémulo) 
de una raza extinguida.
 


ESTA ILUMINACIÓN DE LA MATERIA...

Esta iluminación de la materia, 
con su costumbre y con su armonía, 
con el sol madurador, 
con el toque sin calma de mi pulso, 
cuando el aire entra a fondo 
en la ansiedad del tacto de mis manos 
que tocan sin recelo, 
con la alegría del conocimiento, 
esta pared sin grietas, 
y la puerta maligna, rezumando, 
nunca cerrada, 
cuando se va la juventud, y con ella la luz, 
salvan mi deuda.



EL BAILE DE ÁGUEDAS

Veo que no queréis bailar conmigo
y hacéis muy bien. ¡Si hasta ahora
no hice más que pisaros, si hasta ahora
no moví al aire vuestro estos pies cojos!
Tú siempre tan bailón, corazón mío.
¡Métete en fiesta; pronto,
antes de que te quedes sin pareja!
¡Hoy no hay escuela! ¡Al río,
a lavarse primero,
que hay que estar limpios cuando llegue la hora!
Ya están ahí, ya vienen
por el raíl con sol de la esperanza
hombres de todo el mundo! Ya se ponen
a dar fe de su empleo de alegría
¿Quién no esperó la fiesta?
¿Quién los días del año
no los pasó guardando bien la ropa
para el día de hoy? Y ya ha llegado.
Cuánto manteo, cuánta media blanca,
cuánto refajo de lanilla, cuánto
corto calzón. ¡Bien a lo vivo, como
esa moza se pone su pañuelo,
poned el alma así, bien a lo vivo!
Echo de menos ahora
aquellos tiempos en los que a sus fiestas
se unía el hombre como el suero al queso.
Entonces sí que daban
su vida al sol, su aliento al aire, entonces
sí que eran encarnados en la tierra.
Para qué recordar. Estoy en medio
de la fiesta y ya casi
cuaja la noche pronta de febrero.
y aún sin bailar: yo solo.
¡Venid, bailad conmigo, que ya puedo
arrimar la cintura bien, que puedo
mover los pasos a vuestro aire hermoso!
¡Aguedas, aguedicas,
decidles que me dejen
bailar con ellos, que yo soy del pueblo,
soy un vecino más, decid a todos
que he esperado este día
toda la vida! Oídlo.
Óyeme tú, que ahora
pasas al lado mío y un momento,
sin darte cuenta, miras a lo alto
y a tu corazón baja
el baile eterno de Aguedas del mundo,
óyeme tú, que sabes
que se acaba la fiesta y no la puedes
guardar en casa como un limpio apero,
y se te va, y ya nunca...
tú, que pisas la tierra
y aprietas tu pareja, y bailas, bailas.


ESPUMA

Miro la espuma, su delicadeza
que es tan distinta a la de la ceniza.
Como quien mira una sonrisa, aquella
por la que da su vida y le es fatiga
y amparo, miro ahora la modesta
espuma. Es el momento bronco y bello
del uso, el roce, el acto de la entrega
creándola. El dolor encarcelado
del mar, se salva en fibra tan ligera;
bajo la quilla, frente al dique, donde
existe amor surcado, como en tierra
la flor, nace la espuma. y es en ella
donde rompe la muerte, en su madeja
donde el mar cobra ser, como en la cima
de su pasión el hombre es hombre, fuera
de otros negocios: en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia
que es manantial, no desembocadura,
me asomo ahora, cuando la marea
sube, y allí naufrago, allí me ahogo
muy silenciosamente, con entera
aceptación, ileso, renovado
en las espumas imperecederas.
 

 
VIENTO DE PRIMAVERA

Ni aún el cuerpo resiste
tanta resurrección, y busca abrigo
ante este viento que ya templa y trae
olor, y nueva intimidad. Ya cuanto
fue hambre, ahora es sustento. Y se aligera
la vida, y un destello generoso
vibra por nuestras calles. Pero sigue
turbia nuestra retina, y la saliva
seca, y los pies van a la desbandada,
como siempre. Y entonces,
esta presión fogosa que nos trae
el cuerpo aún frágil de la primavera,
ronda en torno al invierno
de nuestro corazón, buscando un sitio
por donde entrar en él. Y aquí, a la vuelta
de la esquina, al acecho,
en feraz merodeo,
nos ventea la ropa,
nos orea el trabajo,
barre la casa, engrasa nuestras puertas
duras de oscura cerrazón, las abre
a no sé qué hospitalidad hermosa
y nos desborda y, aunque
nunca nos demos cuenta
de tanta juventud, de lleno en lleno
nos arrasa. Sí, a poco
del sol salido, un viento ya gustoso,
sereno de simiente, sopló en torno
de nuestra sequedad, de la injusticia
de nuestros años, alentó para algo
más hermoso que tanta
desconfianza y tanto desaliento,
más gallardo que nuestro
miedo a su honda rebelión, a su alta
resurrección. Y ahora
yo, que perdí mi libertad por todo,
quiero oír cómo el pobre
ruido de nuestro pulso se va a rastras
tras el cálido son de esta alianza
y ambos hacen la música
arrolladora, sin compás, a sordas,
por la que se llegará algún día,
quizá en medio de enero, en el que todos
sepamos el por qué del nombre: «viento
de primavera».

 

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