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José Manuel Caballero Bonald

 

 

 

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

España, Jerez de la frontera, Cádiz (1926)

Poemarios: Las adivinaciones 1952 Memorias de poco tiempo. 1954 Anteo. 1956 Las horas muertas. 1959 Pliegos de cordel. 1963 Descrédito del héroe. 1977 Laberinto de Fortuna.1984 Doce poemas 1991 Descrédito del héroe y Laberinto de Fortuna 1993 Diario de Argónida.1997

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LA VUELTA


Por el camino se me van cayendo
frutas podridas de la mano
y voy dejando manchas de tristeza en el polvo
donde quiera que piso;
un pájaro amanece ante mis ojos
y en seguida anochece entre sus alas;
la asamblea de hormigas se disuelve
cuando en mí la tormenta se aproxima;
el sol calienta al mar en unas lágrimas
que en el camino enciende mi presencia;
la desnudez del campo va vistiéndose
según van mis miradas acosándole
y el viento hace estallar
una guerra civil entre las hierbas.
Noticia triste de mi cuerpo dictan
las verdes amapolas en capullo,
la codorniz se espanta
y asusta al macho con historias mías.
Vengo desnudo de la hermosa clámide
que solía vestirme cuando entonces:
clámide con las voces de los pájaros,
el graznido del cuervo, la carrera veloz de la raposa
–a la que llaman zorra mis parientes,
del arroyo que un día se llevaba mis pasos
y de olores de jara y de romero
hace tanto tejida.
Días de mi ascensión, cuando el lagarto
solía conocer mis intenciones,
cuando solía la retama
pedirme venia para echar raíces,
cuando algún cazador me confundió
con una piedra viva entre las piedras.
Pero yo te conozco, campo mío,
yo recuerdo haber puesto entre tus brazos
aquel cuerpo caliente que tenía,
haber dejado sangre entre los surcos
que abrían los caballos de mi padre.
Yo te conozco y noto que tus senos
empiezan a ascender hacia mis labios.

 

 

 

TORPEMENTE...

Torpemente
venía cada tarde con su humildad cansada,
con sus manos heroicas de obediencia,
rebuscando una última sobra de compasión,
un residuo de hambre que ya no nos sirviese.
Sonreía a los pájaros y era nuestra su furtiva
bondad, se nos hacía nuestra su costumbre
de no tener amor, su terrible paciencia extenuada
de ir restaurando a trechos un muñón de vestido,
una leña de vida, un ademán de abyecta caridad.
Inquilino de cada humano corazón,
qué precio, y no regalo, el que iba pidiendo
en un pecho dichoso, en una puerta de madera alegre,
ahorrándonos la lástima con la que se ayudaba
al alquiler inconsolable de su vida.

Pasó durante muchos días frente a nuestra miseria
y él la iba mostrando, la iba haciendo de todos,
la cambiaba por cuencos de esperanza vacíos,
por un pan para nunca (perdone usted por Dios),
por una nada que tuviésemos que darle
para hermanar lo pobre con lo pobre.
Y volvía, cada tarde volvía
como si fuese una llaga que se acerca para doler,
que viene andando mientras muda de cuerpo,
y volvía a pesar de nuestra igualdad de desvalidos,
a pesar de que teníamos un mismo préstamo para vivir,
de que éramos casi tributarios de su humana intemperie.

Hasta que al fin, de pronto, no volvió más.
Su terco cuerpo ultrajado, su inclemencia de despojo,
su bocanada de rotura comunal,
se fueron no sé dónde. Era el otoño
y no venía a pedirnos
la renta de nuestro poco de prójimos inútiles.
Quizá alguien no supo
restañar su indigencia (no hay nada, hermano,
vuelva otro día) y ya no quiso volver más,
ya no quiso enfrentarse más con esa nada ajena,
dando tumbos de gratitud mezquina entre las sombras,
rodando desde su inválida hermandad.

Pero aquí se ha quedado la pobreza que somos,
haciéndose mayor, envileciéndose de verse solitaria
como un dolor que hubiera menester de otro dolor,
y ese pan que apenas si nos sobra,
que apenas si nos vale para partir en dos lo único,
nos emplaza en la vida como reclusos perpetuos,
como condenados a padecer de algún hambre diaria,
y puede ser que el vaho de su miga anhelante
reduzca a servidumbre la escasez de consuelo
para que sí podamos compartir nuestra miseria.

 

CASA JUNTO AL MAR

Azulada por el nocturno oleaje,
entre el ocio lunar y la arena indolente,
la casa está viviendo decorada de cenizas votivas,
hecha clamor de memorables días dichosos
o palabra más bien, que ahora escribo en la sombra,
apoyando mi sueño en sus muros de solícitos brazos.

La casa está en el Sur; es lo mismo que un cuerpo
armonioso, registro de certeza embriagada
donde aprendí a vivir, orillas de un emblema marino,
resonante de alegres impaciencias
o de ilusorias lágrimas que otros ojos cegaban.
Sus ventanas a veces están dando a mi nombre,
porque son todas ellas como labios que acunan,
como manos que cantan bajo el sucinto pétalo del cielo,
aberturas que el mar vuelve sonoras
y en cuyo fondo habitan verdades como pechos,
palabras semejantes a bocas que se juntan
o acaso esa tristeza que hay detrás del amor.

Recuerdo sus paredes, sus puertas de madera imborrable,
la verídica cal en cuyas vetas
se estaba acumulando toda la luz de aquella casa
sin poder ocultar cosa alguna por dentro de sus lienzos,
sin poder ser distinta a un cristal desnudado,
a un renglón transparente de tiempo sin edad.
Recuerdo también sus rincones más libres y ocultos,
su apremiante trayecto de concordia,
la distribución de sus sueños con fervor infalible.
Todo allí se contagia de una idéntica vida
y es para siempre su estación humana,
los ciclos de su afán, raíz de cuanto soy,
de todo lo que ordena mi palabra y sus márgenes:
las dudas donde deja sus rastros la verdad,
los recuerdos que a veces son lo mismo que llagas,
el olvido, ese moho que corroe el rostro de la historia,
lo que está sin remedio convirtiéndose
en una misma forma de aprender a volver,
el miedo al desamor que intercepta el deseo.

Sí, la casa es un cuerpo; mi corazón la mira,
la habita mi memoria, sé que está restaurándose
como la abdicación del mar en las arenas,
como las germinales herencias del verano,
y quizá sea posible que esta casa no pueda nunca envejecer,
no pueda cumplir nunca más tiempo que el de entonces,
porque sus habitantes son lo mismo que estatuas,
frágiles al aliento de la grieta más tenue,
y ellos están haciendo que las paredes vivan,
que los peldaños latan como olas,
que en cada habitación se junten y perduren
los irreparables y anónimos hechos de cada día.

Casa sin tiempo junto al mar, cumbre
sonora entre los astros, libre pasión con muros,
criatura en donde acaban mis fronteras,
soy menos si me faltas,
tu fe rige mi vida y la hace invulnerable,
justifica mi espera tu paciencia,
bogas, persistes, amas como un ave en la noche,
acaso ya recibas el nombre de José.

 

TODA LA DICHA CABE EN UNA LÁGRIMA

Fortalecido en la traición, el cuerpo
contempla un día la frustrada huella
de la felicidad, fuego engendrado
en cautelosa nieve, donde sólo
perviven ya rescoldos, momentáneos
delirios, rebeldías, simulacros
de desnuda agresión. Estéril
ya el olvido, toda la dicha cabe
en una lágrima, toda la culpa
en un recuerdo.
                             Así la carne yergue
su gastada mentira frente al rostro
fugaz de la verdad, emblema despiadado
de lo que no se puede poseer,
pasión que muere cuando está naciendo.

 

HIJA SERÁS DE NADIE
(La soleá)

Me fui acercando hasta la lúgubre
frontera de la llama, todavía
reciente el maleficio. Dioses
en vez de hombres arrancaban
a la terrestre boca sus rescoldos
de mísera epopeya. Ebria
mejor que loca era la sed,
mientras las jadeantes llaves
del amor, la roja flor del vino,
el nudoso gemir de la madera,
recorrían la vida de un estéril
fragor de insurrección.
                                         Nunca fue
la omnipotencia concebida
con más proscritos fueros
de humildad. Aquí moría el tiempo
retumbando entre las sometidas
deserciones, fugaz la orilla incrédula
del alma, inmortal su corriente.

Pero la mordedura de lo negro,
¿tú también?, repetía. Toca
mis azotados senos infecundos,
abre el furioso horno del relámpago,
ciega a tu casta en la lujuria
de la estación del hambre, en las sangrientas
volutas del recuerdo, por las roncas
angosturas de un grito. Allí verás
cómo se alza en errabunda cólera
tu propia sumisión. Bebe conmigo
el cuenco de la música, la líquida
maraña del lamento, pérfido
amor tendido en la harapienta
majestad de la noche, menguando el clamoroso
martirio de la luz.
                               Pero la mordedura
de lo negro, ¿tú también?, repetía.
Hija serás de nadie, laberinto
de infamantes asedios, tributaria
humillación del llanto, hija
serás de nadie, soleá tan libérrima
que su arma es su yugo, alimentada
de tierra, engendrada en la tierra,
tanto más alta cuanto más
caída, ¿tú también?, como Anteo.

 

TENGO BASTANTE CON VIVIR

No me hace falta más que un poco
de fe, que una mezquina veta
de esperanza, que un resquicio
de caridad, para poder
seguir llamándote
como ahora te llamo: patria impía,
piel aciaga de amor, vida quemada
en cada sueño, palabras repetidas
contra un muro de azar.
                                           Aquí mi sed
se sacia con mi sed. No necesito
nada: tengo bastante con vivir.

 

PRIMERAS LETRAS

Un día lunes, cerca
del mar, sonó la palabra. Era
verano entre las cañas
pacíficas del trigo y nunca
la sucesoria hoguera
de las furias se propagó
con tanta iniquidad.
                                     Vinieron
cargas de odios
en camiones, gritos
y sogas en camiones. Ebrios
de mosto y esperma, bajaron
hasta el mar
adolescentes brunos,
ciegos y reclutados
con los aperos de la tiranía,
niñas de sangres iniciales
con flechas en el seno,
espantos y pancartas
al frente de los himnos.

Entre el despliegue tortuoso, ¿quién
me llevó de la mano
a la frontera fratricida, dónde
me desertaron de ser niño?

Oh qué terribles y primeras
letras hostiles
de la patria. Párvula madre
mía, ¿qué hiciste
de nosotros, los que apenas
pudimos aprender
la tabla de sumar de la esperanza?

 

DOBLE VIDA

Entre dos luces, entre dos
historias, entre
dos filos permanezco,
también entre dos únicas
equivalencias con la vida.

Mi memoria equidista de un espacio
donde no estuve nunca:
ya no me queda sitio sino tiempo.

 

CÁLCULO PLATÓNICO


Cada palabra, cada página
que no hablé,
                         no escribí,
                                            me contradicen
desde un silente fondo
de pueriles informes, controversias,
penosos prontuarios de la infecundidad.

¿Seré entonces mi propio consejero,
el siempre equivocado
mentor de quienes aún me siguen resarciendo
de tantas indolencias matutinas?

Tal vez consiga recobrar así
esa platónica ignorancia en que se funda
el fondo prenatal de la sabiduría.
Tal vez no acabe nunca de hacer este poema.

 

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