Hierven
bajo las túnicas de la ira;
hierven
los números y los ácidos
depositados
en su espíritu.
Veo
el mercurio en las pupilas, líquidos
negros,
la fertilidad
de
los cuchillos y las sombras; veo
los
agujeros y los párpados.
Siento
la herida musical, el llanto
multiplicado
por el viento, el sol
en
la pared de los agonizantes.
Ésta
es la soledad de mil cabezas,
la
gárgola que aúlla, la gallina
desesperada.
Al
fin, surten las fuentes
sangre,
vértigo, luz, acero, lágrimas.
El
miedo entra en la blancura; aún
sus
alas hienden la serenidad
y
disciernen la sal y la ceniza.
Lívidas
hélices y, en el espesor,
lentitud
de los pájaros, augurios
en
las venas azules de las aguas.
Ah
pétalos temibles, semejantes
a
las escamas puras de la cólera.
Ah
pena corporal, amor herido,
animal
de la luz, pueblo abrasado.
Salen
los cuerpos del abismo, ascienden
como
azufre solar; su resplandor
atraviesa
las aguas.
Hay
profecías incesantes. Ved
la
transparencia de los signos
y
las palomas torturadas.
Éste
es el día en que los caballos aprendieron a llorar,
el
día horrible y natural de España.
El
animal de sombra
enloquece
en las pértigas del alba.
INCANDESCENCIA
Y RUINAS
I
Yo
invoco la cabeza
más
sagrada que exista
debajo
de la nieve.
Mi
corazón azul
canta
purificado por el silencio.
II
Vándalo
de pureza,
hostígame.
Si hablas,
yo
bajaré mis labios
hasta
el agua salvaje.
De
aquella gruta donde
abrasa
la frescura,
ha
de surgir un rey
sucio
de profecías.
Oh
corazón que ves
en
toda oscuridad,
cuándo
estaremos ciegos
en
luz, cuándo hablarás,
habitante
del fuego.
III
Un
perro milagroso
come
en mi corazón.
Ceremonia
salvaje:
mi
dolor se incorpora
al
perro enamorado.
IV
En
la cavidad que sabes,
suena
una voz. Lengua fría,
tú,
que silbas en la noche,
metal
vivo de palabras,
dime,
loco ruiseñor
del
invierno, dime, tú,
que
quizá participas
de
una materia luminosa,
a
quién anuncias ya
además
de a la muerte.
V
Anticanto
de amor,
quién
te beberá, quién
pondrá
la boca en esta
espuma
prohibida.
Quién,
qué dios, qué
enloquecidas
alas
podrán
venir, amar
aquí.
Donde
no hay nada.
PROPONGO
MI CABEZA ATORMENTADA
Propongo
mi cabeza atormentada
por
la sed y la tumba. Yo quería
despedir
un sonido de alegría;
quizá
sueno a materia desollada.
Me
justifico en el dolor. No hay nada;
yo
no encuentro en mis huesos cobardía.
En
mi canto se invierte la agonía;
es
un caso de luz incorporada.
Propongo
mi cabeza por si hubiera
necesidad
de soportar un rayo.
No
hablo por mí solo. Digo, juro
que
la belleza es necesaria. Muera
lo
que deba morir; lo que me callo.
No
toques, Dios, mi corazón impuro.