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Antonio Gamoneda

 

 

 

ANTONIO GAMONEDA

España, Oviedo (1931)

Hierven bajo las túnicas de la ira;

hierven los números y los ácidos

depositados en su espíritu.

Veo el mercurio en las pupilas, líquidos

negros, la fertilidad

de los cuchillos y las sombras; veo

los agujeros y los párpados.

Siento la herida musical, el llanto

multiplicado por el viento, el sol

en la pared de los agonizantes.

Ésta es la soledad de mil cabezas,

la gárgola que aúlla, la gallina

desesperada.

Al fin, surten las fuentes

sangre, vértigo, luz, acero, lágrimas.

 

 

 

El miedo entra en la blancura; aún

sus alas hienden la serenidad

y disciernen la sal y la ceniza.

Lívidas hélices y, en el espesor,

lentitud de los pájaros, augurios

en las venas azules de las aguas.

Ah pétalos temibles, semejantes

a las escamas puras de la cólera.

Ah pena corporal, amor herido,

animal de la luz, pueblo abrasado.

 

 

 

Salen los cuerpos del abismo, ascienden

como azufre solar; su resplandor

atraviesa las aguas.

Hay profecías incesantes. Ved

la transparencia de los signos

y las palomas torturadas.

Éste es el día en que los caballos aprendieron a llorar,

el día horrible y natural de España.

El animal de sombra

enloquece en las pértigas del alba.

 

 

  

INCANDESCENCIA Y RUINAS

 

I

Yo invoco la cabeza

más sagrada que exista

debajo de la nieve.

Mi corazón azul

canta purificado por el silencio.

 

 

II

Vándalo de pureza,

hostígame. Si hablas,

yo bajaré mis labios

hasta el agua salvaje.

De aquella gruta donde

abrasa la frescura,

ha de surgir un rey

sucio de profecías.

Oh corazón que ves

en toda oscuridad,

cuándo estaremos ciegos

en luz, cuándo hablarás,

habitante del fuego.

 

 

III

Un perro milagroso

come en mi corazón.

Ceremonia salvaje:

mi dolor se incorpora

al perro enamorado.

 

 

IV

En la cavidad que sabes,

suena una voz. Lengua fría,

tú, que silbas en la noche,

metal vivo de palabras,

dime, loco ruiseñor

del invierno, dime, tú,

que quizá participas

de una materia luminosa,

a quién anuncias ya

además de a la muerte.

 

 

V

Anticanto de amor,

quién te beberá, quién

pondrá la boca en esta

espuma prohibida.

Quién, qué dios, qué

enloquecidas alas

podrán venir, amar

aquí.

Donde no hay nada.

 

 

PROPONGO MI CABEZA ATORMENTADA

 

Propongo mi cabeza atormentada

por la sed y la tumba. Yo quería

despedir un sonido de alegría;

quizá sueno a materia desollada.

Me justifico en el dolor. No hay nada;

yo no encuentro en mis huesos cobardía.

En mi canto se invierte la agonía;

es un caso de luz incorporada.

Propongo mi cabeza por si hubiera

necesidad de soportar un rayo.

No hablo por mí solo. Digo, juro

que la belleza es necesaria. Muera

lo que deba morir; lo que me callo.

No toques, Dios, mi corazón impuro.

 

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