Índice de Autores

Virgilio

 

 

 

PUBLIO VIRGILIO MARÓN

Italia, Andes(70-19 a.C.)

FRAGMENTO DE LA ENEIDA 

Libro II. 
Enmudecieron todos, conteniendo 
el habla, ansiosos de escuchar. Eneas 
empieza entonces desde su alto estrado: 
«Espantable dolor es el que mandas, 
oh reina, renovar con esta historia 
del ocaso de Ilión, de cómo el reino, 
que es imposible recordar sin llanto, 
el Griego derribó: ruina misérrima 
que vi y en que arrostré parte tan grande. 
¿Quién, Mirmidón o Dólope o soldado 
del implacable Ulises, referirla 
pudiera sin llorar? Y ya en la altura 
la húmeda noche avanza, y las estrellas 
lentas declinan convidando al sueño. 
Mas si tanto interés tu amor te inspira 
por saber nuestras lástimas, y en suma 
lo que fue Troya en su hora postrimera, 
aunque el solo recuerdo me estremece, 
y esquiva el alma su dolor, empiezo. 
Del Hado rebatidos, tantos años, 
los caudillos de Grecia, hartos de lides, 
con arte digno de la excelsa Palas, 
un caballo edifican -los costados, 
vigas de abeto, un monte de madera-; 
y hacen correr la voz que era el exvoto 
por una vuelta venturosa. Astutos, 
sortean capitanes escogidos 
y en los oscuros flancos los ocultan, 
cueva ingente cargada de guerreros. 
Hay a vista de Ilión una isla célebre 
bajo el troyano cetro rico emporio, 
Ténedos, hoy anclaje mal seguro: 
vanse hasta allí y en su arenal se esconden. 
Los creemos en fuga hacia Micenas, 
y de su largo duelo toda Troya 
se siente libre al fin. Las puertas se abren 
¡qué gozo ir por los dorios campamentos 
y ver vacía la llanura toda 
y desierta la orilla! «Aquí, los Dólopes, 
aquí, las tiendas del cruel Aquiles; 
cubrían las escuadras esta playa; 
las batallas, aquí…» Muchos admiran 
la mole del caballo, don funesto 
a Palas virginal. Lanza Timetes 
la idea de acogerle por los muros 
hasta el alcázar -o traición dolosa, 
u obra tal vez del Hado que ya urgía-. 
Mas Capis, y con él los más juiciosos, 
están porque en el mar se hunda al caballo, 
don insidioso de la astucia griega, 
tras entregarle al fuego, o se taladre 
a que descubra el monstruo su secreto. 
Incierto el vulgo entre los dos vacila. 
De pronto, desde lo alto del alcázar, 
acorre al frente de crecida tropa 
Laoconte enardecido, y desde lejos: 
«¡Oh ciudadanos míseros! -les grita- 
¿qué locura es la vuestra? ¿al enemigo 
imagináis en fuga? ¿o que una dádiva 
pueda, si es griega, carecer de dolo? 
¿no conocéis a Ulises? O es manida 
de Argivos este leño, o es la máquina 
que, salvando los muros, se dispone 
a dominar las casas, y de súbito 
dar sobre Ilión; en todo caso un fraude. 
Mas del caballo no os fiéis, Troyanos: 
yo temo al Griego, aunque presente dones.» 
Dice, y en un alarde de pujanza, 
venablo enorme contra el vientre asesta 
del monstruo y sus igares acombados. 
Prendido el dardo retembló, y al golpe 
respondió en la caverna hondo gemido. 
¡Y a no ser por los Hados, por la insania 
de ceguera fatal, la madriguera 
de esos Griegos hurgara él con la pica, 
y en pie estuvieras, Troya, y sin quebranto os irguierais, alcázares de Príamo! 
En este trance unos pastores teucros 
con grande grita a un joven maniatado 
traían ante el rey. A la captura 
no había resistido: empeño suyo 
era franquear Ilión a los Argivos; 
y resuelto venía a todo extremo, 
o a consumar su engaño, o de la muerte 
a afrontar el rigor. Para mirarle, 
ansiosa en torno de él se arremolina la juventud troyana y le baldona. 
Mas oye la perfidia…, y por un Dánao 
podrás sin falla conocer a todos. 
Porque al verse indefenso entre el concurso, 
todo él turbado, en torno la mirada 
tiende por la dardania muchedumbre, 
y «¡Ay! -suspiró- ¿qué mar, qué tierra amiga 
me podrá recibir? ¿o qué me queda 
cuitado, sin asilo entre los Griegos, 
y reo cuya sangre airados piden 
los Dardanios a una?» Este gemido 
nos conmueve y abate nuestro encono. 
Le alentamos a que hable, que nos diga 
de qué raza es nacido, qué le trae 
y en qué fundó, al rendirse, su esperanza. 
Depuesto el miedo al fin, «Oh rey -prosigue-, 
de cuanto ha sido, fuere lo que fuere, 
la verdad diré yo. Y antes que nada, 
no niego ser argivo: la Fortuna 
pudo hacer a Sinón desventurado 
mas no hablador mendaz y antojadizo. 
Tal vez haya llegado a tus oídos 
un nombre: Palamedes, el Belida, 
rey glorioso, que, al tiempo de una falsa 
alarma de traición, se vio acusado 
-atropello inmoral de un inocente 
sin más delito que objetar la guerra-. 
Lo arrastraron los Griegos al suplicio; 
llóranle hoy, tarde ya. Como, aunque pobres, 
éramos de su sangre, yo desde Argos, 
mandado por mi padre, joven vine 
a iniciarme en las armas a su sombra; 
y mientras el mantuvo su fortuna 
e intacto su prestigio entre los reyes, 
también logró mi nombre algún decoro. 
Mas cuando, al galope del falsario Ulises, 
partióse, como sabes, de esta vida, 
derrocado yo al par, triste y oscura 
arrastraba mi suerte, protestando 
a solas del malogro del amigo. 
Y no callé, loco de mí: venganza 
me atreví a prometer, si con victoria 
volvía yo a mi patria, y duros odios 
con esto concité. Tal fue el principio 
de mi infortunio y del afán de Ulises 
por aterrarme con achaques falsos 
y dichos que esparcía por el vulgo. 
Consciente de su crimen, dase mañas, 
armas buscando contra mí, ni ceja 
hasta lograr que Calcas, su ministro… 
Mas ¿por qué revolver lo que a vosotros 
nada puede importar? ¿a qué alargarme? 
Si ante vuestro rigor los Griegos todos 
son una cosa, y ser yo Griego basta 
para el castigo, tiempo es ya: matadme… 
¿Qué más se quiere Ulises? ¡y a buen precio 
de seguro os lo pagan los Atridas!»

 

1