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Rosalía de Castro

  

 

 

 

ROSALÍA DE CASTRO

España, Santiago de Compostela (1837-1885)

Sed de amores tenía, y dejaste
que la apagase en tu boca,
¡Piadosa samaritana!,
y te encontraste sin honra,
ignorando que hay labios que secan
y que manchan cuando tocan.

¡Lo ignorabas, y ahora lo sabes!
Pero sé también pecadora
compasiva, por qué a veces
hay compasiones traidoras,
que si el sediento volviese
a implorar misericordia
su sed de nuevo apagáras,
samaritana piadosa.

No volverá, te lo juro;
desde que una fuente enlodan
con su pico esas aves de paso,
se van a beber a otra.
 

 
HORA TRAS HORA, DÍA TRAS DÍA 

Hora tras hora, día tras día, 
Entre el cielo y la tierra que quedan 
Eternos vigías, 
Como torrente que se despeña 
Pasa la vida. 

Devolvedle a la flor su perfume 
Después de marchita; 
De las ondas que besan la playa 
Y que una tras otra besándola expiran 
Recoged los rumores, las quejas, 
Y en planchas de bronce grabad su armonía. 

Tiempos que fueron, llantos y risas, 
Negros tormentos, dulces mentiras, 
¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron, 
En dónde, alma mía?
 
 
Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, 
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros, 
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso, 
De mí murmuran y exclaman: 
—Ahí va la loca soñando 
Con la eterna primavera de la vida y de los campos, 
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos, 
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado. 

—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha, 
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, 
Con la eterna primavera de la vida que se apaga 
Y la perenne frescura de los campos y las almas, 
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan. 

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños, 
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
 
 
ORILLAS DEL SAR 


A través del follaje perenne 
Que oír deja rumores extraños, 
Y entre un mar de ondulante verdura, 
Amorosa mansión de los pájaros, 
Desde mis ventanas veo 
El templo que quise tanto. 

El templo que tanto quise... 
Pues no sé decir ya si le quiero, 
Que en el rudo vaivén que sin tregua 
Se agitan mis pensamientos, 
Dudo si el rencor adusto 
Vive unido al amor en mi pecho.

 

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