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Manuel Acuña

 

 

 

 

MANUEL ACUÑA

México, Saltillo, Coahuila (1849-1873)

A LA PATRIA 

Composición recitada por una niña en Tacubaya de los Mártires, el 11 de septiembre de 1873. 

Ante el recuerdo bendito 
de aquella noche sagrada 
en que la patria alherrojada 
rompió al fin su esclavitud; 
ante la dulce memoria 
de aquella hora y de aquel día, 
yo siento que en el alma mía 
canta algo como un laúd. 

Yo siento que brota en flores 
el huerto de mi ternura, 
que tiembla entre su espesura 
la estrofa de una canción; 
y al sonoroso y ardiente 
murmurar de cada nota, 
siendo algo grande que brota 
dentro de mi corazón. 

¡Bendita noche de gloria 
que así mi espíritu agitas, 
bendita entre benditas 
noche de la libertad! 
Hora del triunfo en que el pueblo 
vio al fin en su omnipotencia, 
al sol de la independencia 
rompiendo la oscuridad. 

Yo te amo... y al acercarme 
ante este altar de victoria 
donde la patria y la historia 
contemplan nuestro placer, 
yo vengo a unir al tributo 
que en darte el pueblo se afana 
mi canto de mexicana, 
mi corazón de mujer. 
 

 
NOCTURNO 

A Rosario 

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro, 
decirte que te quiero con todo el corazón; 
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, 
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro, 
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión. 

Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días 
estoy enfermo y pálido de tanto no dormir; 
que están mis noches negras, tan negras y sombrías, 
que ya se han muerto todas las esperanzas mías, 
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir. 

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada 
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver, 
camino mucho, mucho, y al fin de la jornada, 
las formas de mi madre se pierden en la nada, 
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer. 

Comprendo que tus besos jamás han de ser míos, 
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás; 
y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos, 
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos, 
y en vez de amarte menos te quiero mucho más. 

A veces pienso en darte mi eterna despedida, 
borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión; 
mas si es en vano todo y el alma no te olvida, 
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida, 
qué quieres tú que yo haga con este corazón? 

Y luego que ya estaba concluido el santuario, 
tu lámpara encendida, tu velo en el altar, 
el sol de la mañana detrás del campanario, 
chispeando las antorchas, humeando el incensario, 
y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar... 

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo, 
los dos unidos siempre y amándonos los dos; 
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, 
los dos una sola alma, los dos un solo pecho, 
y en medio de nosotros mi madre como un Dios! 

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida! 
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así! 
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida; 
y al delirar en eso con alma estremecida, 
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti. 

Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño, 
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer; 
¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño, 
sino en amarte mucho en el hogar risueño 
que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer! 

Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores 
se opone el hondo abismo que existe entre los dos, 
¡adiós por la vez última, amor de mis amores; 
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores; 
mi lira de poeta,mi juventud, adiós! 


A UN ARROYO 

A mi hermano Juan de Dios Peza. 

Cuando todo era flores tu camino, 
cuando todo era pájaros tu ambiente, 
cediendo de tu curso a la pendiente 
todo era en ti fugaz y repentino. 

Vino el invierno con sus nieblas, vino 
el hielo que hoy estanca tu corriente, 
y en situación tan triste y diferente 
ni aún un pálido sol te da el destino. 

Y así en la vida el incesante vuelo 
mientras que todo es ilusión, avanza 
en sólo una hora cuanto mide un cielo. 

Y cuando el duelo asoma en lontananza 
entonces como tú cambiada en hielo 
no puede reflejar ni la esperanza. 
 

 
ODA 

Leída en la sesión que el Liceo Hidalgo celebró en honor de Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda. 

De los tres cielos que recorre el hombre 
de la existencia en la medida impía, 
cuando la gloria me enseñó tu nombre 
yo estaba en el primero todavía. 
La pena que del pecho 
hasta el abismo lóbrego desciende, 
y del cadáver de un amor deshecho 
finge flotando en derredor del lecho 
la aparición bellísima de un duende; 
la sombra a cuyo peso aborrecido 
muere el placer y el alma se acobarda, 
tratando de evocar en el olvido 
el recuerdo dulcísimo y querido 
de los besos del ángel de la guarda; 
todo eso que en la frente 
deja un sello de luto y desconsuelo, 
cuando en el alma pálida y doliente 
no queda ni la fe. que es del creyente 
la última golondrina que alza el vuelo, 
todo eso que de noche 
baja hasta el corazón como una sombra, 
y que terrible y sin piedad ninguna, 
sus ilusiones todas despedaza, 
aún no era sobre el cielo de mi cuna, 
ni la pálida nube que importuna 
se levanta enseñando la amenaza. 

Dichoso con la dulce indiferencia 
del que al amor de su callado asilo 
ha vivido a la luz de la inocencia, 
acostumbrado a ver en la existencia 
la imagen de un azul siempre tranquilo, 
yo entonces ignoraba 
que, más allá de aquel humilde techo 
que sus caricias y su amor me daba, 
clamando al cielo y suspirando en vano 
desde el rincón sin luz de la vigilia, 
hubiera en otro hogar una familia 
de la que yo también era un hermano... 

Mi amor no sospechaba que existiera 
más ilusión, ni cariñoso exceso, 
que la mirada dulce y hechicera 
de la santa mujer que la primera 
nos anuncia a la vida con un beso... 
Y hasta que al ducle y mágico sonido 
del arpa que temblaba entre tus manos, 
dejé mi rama, abandoné mi nido 
y te segué hasta ese árbol bendecido, 
donde todos los nidos son hermanos, 
fue cuando despertando de la calma 
en que flotaba la existencia mía, 
sentí asomar en lo íntimo de mi alma 
algo como la luz de un nuevo día. 

Tu voz fue la primera 
que me habló en la dulzura de ese idioma 
que canta como canta la paloma 
y gime como gime la palmera... 
las cuerdas de tu lira, 
como la voz de la primera alondra 
que llama a las demás y las despierta, 
fueron las que al arrullo de tu acento 
sonaron sobre mi alma estremecida, 
como si siendo un pájaro la vida 
quisieran despertarlo al sentimiento... 

Tu nombre va ligado en mi cariño 
con los recuerdos santos y amorosos 
de mis tiempos de niño, 
con los placeres dulces y sabrosos 
de esa época sonriente, 
en la que es cada instante una promesa 
y en la que el ángel de la fe aún no besa 
las primeras arrugas de la frente; 
tu nombre es la memoria 
del pueblo y del hogar adonde un día 
fue a estremecerse el eco de tu gloria 
y el trino arrullador de tu poesía; 
la evocación de todo lo más santo 
en medio de mis noches desmayadas, 
que aún tiemblan a las dulces campanadas, 
de aquellas horas en que amaba tanto... 

Y así, cuando yo supe 
que abandonada a tu dolor morías, 
y que en tu muda y lánguida tristeza 
renunciabas a ver junto a tu lecho, 
quien, al rodar sin vida tu cabeza, 
recogiera el laurel de tu grandeza 
y el último sollozo de tu pecho; 
cuando yo supe que en la huesa insana 
te inclinabas por fin pálida y sola, 
sin que el adiós de tu alma soberana 
se enlutara la cítara cubana, 
ni gimiera la cítara española; 
al darte mis adioses, los adioses 
de la eterna y postrera despedida, 
sentí que algo de triste sollozaba 
de mi dolor en el oscuro abismo, 
y que tu sombra que flotaba arriba, 
al extinguirse y al borrarse se iba 
llevándose un pedazo de sí mismo, 
y entonces al poder de los recuerdos, 
borrando la distancia, 
tendí mis alas hacia el nido blando 
de los primeros sueños de la infancia; 
llegué al rincón modesto 
donde tus dulces páginas leía, 
a la fe y al amor siempre dispuesto, 
y allí de pie frente a la blanca cuna 
donde en sus flores me envolvió el destino, 
busqué en su fondo alguna 
que aún no cerrara su oloroso broche, 
y en él hallé dormida, 
esta con la que el alma agradecida 
viene a aromar las sombras de la noche. 

Deuda en mi cariño 
contraje desde niño con tu nombre, 
esa flor es el cántico del niño 
mezclada con las lágrimas del hombre; 
esta flor es el fruto de aquel germen 
que derramaste en mi niñez dichosa, 
y que al rodar sobre la humilde fosa 
donde tus restos duermen, 
entre sus piedras ásperas se arraiga 
recogiendo su jugo en tus cenizas, 
y esperando en su cáliz a que caiga 
la gota de los cielos que le traiga 
la esencia y el amor de tus sonrisas.


 

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