Índice de Autores

José Hierro

 

 

 

JOSÉ HIERRO

España, Madrid (1922-2002)

CABALLERO DE OTOÑO

Viene, se sienta entre nosotros, 
y nadie sabe quién será, 
ni por qué cuando dice nubes 
nos llenamos de eternidad. 

Nos habla con palabras graves 
y se desprenden al hablar 
de su cabeza secas hojas 
que en el viento vienen y van. 

Jugamos con su barba fría. 
Nos deja frutos. Torna a andar 
con pasos lentos y seguros 
como si no tuviera edad. 

Él se despide. ¡Adiós! Nosotros 
sentimos ganas de llorar.


CANTO A ESPAÑA

Oh España, qué vieja y qué seca te veo. 
Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo. 
Clavel encendido de sueños de fuego. 
He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas, 
andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes. 

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos 
que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades? 
¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura? 
¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos? 

Oh España, qué vieja y qué seca te veo. 
Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas, 
arrojar a una hoguera tus viejas hazañas, 
dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora, 
ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina. 

Oh España, qué vieja y qué seca te veo. 
Quisiera asistir a tu sueño completo, 
mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota, 
hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra. 

Qué tristes he visto a tus hombres. 
Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche, 
comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo, 
dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza. 
Les pides que pongan sus almas de fiesta. 
No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento, 
que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras. 

Oh España, qué triste pareces. 
Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo, 
saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito. 

Y sobre la noche marina, borrada tu estela, 
España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días. 
Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino. 
Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena... 

...en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama, 
cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente 
la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio...
 

 
MUNDO DE PIEDRA

Se asomó a aquellas aguas 
de piedra. 
Se vio inmovilizado, 
hecho piedra. Se vio 
rodeado de aquellos 
que fueron carne suya, 
que ya eran piedra yerta. 
Fue como si las horas, 
ya piedra, aún recordaran 
un estremecimiento. 
La piedra no sonaba. 
Nunca más sonaría. 
No podía siquiera 
recordar los sonidos, 
acariciar, guardar, 
consolar... 
Se asomó al borde mudo 
de aquel mundo de piedra. 
Movió sus manos y gritó de espanto. 
Y aquel sueño de piedra 
no palpitó. La voz 
no resonó en aquel 
relámpago de piedra. 
Fue imposible acercarse 
a la espuma de piedra, 
a los cuerpos de piedra 
helada. Fue imposible 
darles calor y amor. 
Reflejado en la piedra 
rozó con sus pestañas 
aquellos otros cuerpos. 
Con sus pestañas, lo único 
vivo entre tanta muerte, 
rozó el mundo de piedra. 
El prodigio debía 
realizarse. La vida 
estallaría ahora, 
libertaría seres, 
aguas, nubes, de piedra. 
Esperó, como un árbol 
su primavera, como 
un corazón su amor. 
Allí sigue esperando.


RÉQUIEM

Manuel del Río, natural 
de España, ha fallecido el sábado 
11 de mayo, a consecuencia 
de un accidente. Su cadáver 
está tendido en D'Agostino 
Funeral Home. Haskell. New Jersey. 
Se dirá una misa cantada 
a las 9,30 en St. Francis. 
Es una historia que comienza 
con sol y piedra, y que termina 
sobre una mesa, en D'Agostino, 
con flores y cirios eléctricos. 
Es una historia que comienza 
en una orilla del Atlántico. 
Continúa en un camarote 
de tercera, sobre las olas 
—sobre las nubes— de las tierras 
sumergidas ante Poseidón. 
Halla en América su término 
con una grúa y una clínica, 
con una esquela y una misa 
cantada, en la iglesia de St. Francis. 

Al fin y al cabo, cualquier sitio 
da lo mismo para morir: 
el que se aroma de romero, 
el tallado en piedra o en nieve, 
el empapado de petróleo. 
Da lo mismo que un cuerpo se haga 
piedra, petróleo, nieve, aroma. 
Lo doloroso no es morir 
acá o allá... 

Requiem aeternam, 
Manuel del Río. Sobre el mármol 
en D'Agostino, pastan toros 
de España, Manuel, y las flores 
(funeral de segunda, caja 
que huele a abetos del invierno) 
cuarenta dólares. Y han puesto 
unas flores artificiales 
entre las otras que arrancaron 
al jardín... Liberanos domine 
de morte aeterna... Cuando mueran 
James o Jacob verán las flores 
que pagaron Giulio o Manuel... 
Ahora descienden a tus cumbres 
garras de águila. Dies irae. 
Lo doloroso no es morir 
dies illa acá o allá; 
sino sin gloria... 

Tus abuelos 
fecundaron la tierra toda, 
la empaparon de la aventura. 
Cuando caía un español 
se mutilaba el Universo. 
Los velaban no en D'Agostino 
Funeral Home, sino entre hogueras, 
entre caballos y armas. Héroes 
para siempre. Estatuas de rostro 
borrado. Vestidos aún 
sus colores de papagayo, 
de poder y de fantasía. 
Él no ha caído así. No ha muerto 
por ninguna locura hermosa. 
(Hace mucho que el español 
muere de anónimo y cordura, 
o en locuras desgarradoras 
entre hermanos: cuando acuchilla 
pellejos de vino derrama 
sangre fraterna). Vino un día 
porque su tierra es pobre. El Mundo, 
Liberanos Domine, es patria. 
Y ha muerto. No fundó ciudades. 
No dio su nombre a un mar. No hizo 
más que morir por diecisiete 
dólares (él los pensaría 
en pesetas). Requiem aeternam. 
Y en D'Agostino lo visitan 
los polacos, los irlandeses, 
los españoles, los que mueren 
en el week-end. 

Requiem aeternam. 
Definitivamente todo 
ha terminado. Su cadáver 
está tendido en D'Agostino 
Funeral Home. Haskell. New Jersey. 
Se dirá una misa cantada 
por su alma. 

Me he limitado 
a reflejar aquí una esquela 
de un periódico de New York. 
Objetivamente. Sin vuelo 
en el verso. Objetivamente. 
Un español como millones 
de españoles. No he dicho a nadie 
que estuve a punto de llorar.
 

 
RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. 
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente. 
Que tú me entendieras a mí sin palabras 
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde. 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte, 
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes. 
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible, 
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes. 

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte. 
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve. 
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma, 
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese. 
Criatura también de alegría quisiera que fueras, 
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte. 

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas 
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil, 
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros, 
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde... 

Si ahora yo te dijera 
que es tu vida esa roca en que rompe la ola, 
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste, 
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha, 
aquel niño que azota la mar con su mano inocente... 

Si yo te dijera estas cosas, amigo, 
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente, 
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos? 
Y ¿cómo saber si me entiendes? 
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos? 
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte? 
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna, 
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste? 

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

1