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Homero

 

 

 

HOMERO

Grecia (S. IX a.C. - S. VIII a.C)

Fragmento de la Iliada. 

Canto III. 
Iris, por otro lado, a Helena 
de blancos brazos, llegó mensajera, 
a una de sus cuñadas parecida, 
la que Helicaon, el hijo de Anténor, 
tenía por esposa, Laodica, 
por su semblante la más distinguida 
de las hijas que Príamo tenía. 
Hallóla en su palacio, donde ella 
un gran lienzo de púrpura tejía, 
un doble manto en el que bordaba 
numerosos trabajos de troyanos, 
domadores de potros, y de aqueos 
de broncíneas corazas pertrechados, 
los que por causa de ella iban sufriendo 
bajo las palmas de las manos de Ares. 
Y plantándose cerca, 
díjole Iris, la de pies ligeros: 
«Ven aquí, mi querida jovencita, 
para que hazañas veas portentosas, 
de troyanos, de potros domadores, 
y de aqueos de broncíneas cotas, 
que antes iban unos contra los otros 
por la llanura conduciendo a Ares, 
de lágrimas cuantiosas responsable, 
la malhadada guerra anhelando; 
ahora ya en silencio se están quietos, 
pues la guerra ha cesado, 
en sus propios escudos reclinados, 
y en la tierra hincadas junto a ellos 
están sus largas picas. 
Mas luego, sin embargo, Alejandro 
y Menelao, caro a Ares, 
empuñando largas picas, por ti habrán de batirse, 
y de aquel que consiga la victoria 
vas a ser tú llamada cara esposa.» 
Así dijo la diosa 
y en su pecho infundió dulce deseo 
de su primer esposo, 
su ciudad y sus padres; 
y tocada de finos velos blancos, 
al punto se salía de la estancia 
deprisa, tierna lágrima virtiendo 
no sola, que con ella también iban 
dos servidoras, Etra 
la hija de Piteo, 
y Clímena, la de ojos de novilla. 
Y prontamente luego 
se iban acercando 
a donde estaban las puertas Esceas. 
Y a ambos lados de Príamo, Pántoo, 
Timetes, Lampo, Clitio e Icetaon 
el compañeroo de Ares, 
Ucalegon y Anténor, 
muy discretos entrambos, 
sentados se encontraban 
los ancianos del pueblo todos ellos, 
de las puertas Esceas por encima, 
por vejez de la guerra retirados, 
mas bravos oradores semejantes 
a las cigarras que en medio del bosque, 
en un árbol posadas, 
emiten una voz que es como un lirio; 
tales los jefes eran, justamente, 
de los troyanos, que estaban sentados 
en la torre adosada a la muralla. 
Y éstos, pues, cuando vieron 
a Helena encaminándose a la torre, 
hablábanse los unos a los otros, 
con aladas palabras, quedamente: 
«Cosa no es que indignación suscite 
que vengan padeciendo tanto tiempo 
dolores los troyanos 
y los aqueos de grebas hermosas 
por mujer cual es ésa 
pues que tremendamente se parece, 
al mirarla de frente, 
a diosas inmortales; 
pero aun así y siendo tal cual digo, 
en las naves se vuelva y no se quede 
para mal nuestro y de nuestros hijos 
en el tiempo futuro.» 
Así decían ellos, justamente; 
mas Príamo en voz alta llamó a Helena: 
«Ven aquí, amada hija 
y de mí por delante toma asiento, 
para que a tu primer marido veas 
y a sus parientes y a sus amigos; 
(no eres tú para mí en nada culpable, 
pues para mí culpables son los dioses, 
que esta guerra de aqueos lacrimosa 
contra mí han impulsado); 
dime, asimismo, el nombre 
de este varón enorme, de este aqueo, 
quién es este guerrero noble y alto. 
En verdad otros hay aún más altos 
que le aventajan en una cabeza, 
pero varón tan bello yo hasta ahora 
jamás he contemplado con mis ojos, 
ni tan majestuoso, 
pues a un rey se parece.» 
Y a él Helena, divina entre mujeres, 
con palabras, así le respondía: 
«Me inspiras reverencia, suegro amado, 
y, al mismo tiempo, espanto. 
¡Ojalá la cruel muerte 
me hubiera sido grata 
cuando hasta aquí seguía yo a tu hijo, 
habiendo abandonado 
mi habitación nupcial y a mis parientes 
y a mi hija querida tiernamente 
y al amable grupo 
de las amigas de mi misma edad! 
Pero eso exactamente 
no fue lo que ocurrió, 
por lo cual yo ahora 
me consumo llorando. 
Pero eso he de decirte 
por lo que me preguntas y que inquieres: 
Ese es el Atrida 
Agamenón de dilatado imperio, 
rey noble al mismo tiempo 
que esforzado lancero; 
en otro tiempo él era mi cuñado 
(de mí, ¡cara de perra!), 
si es que otro tiempo hubo en que lo era.»

 

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