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Jaime Gil de Biedma

 

 

 

JAIME GIL DE BIEDMA

España, Barcelona (1929-1990)

AMOR MÁS PODEROSO QUE LA VIDA

La misma calidad que el sol de tu país, 
saliendo entre las nubes: 
alegre y delicado matiz en unas hojas, 
fulgor de un cristal, modulación 
del apagado brillo de la lluvia. 

La misma calidad que tu ciudad, 
tu ciudad de cristal innumerable 
idéntica y distinta, cambiada por el tiempo: 
calles que desconozco y plaza antigua 
de pájaros poblada, 
la plaza en que una noche nos besamos. 

La misma calidad que tu expresión, 
al cabo de los años, 
esta noche al mirarme: 
la misma calidad que tu expresión 
y la expresión herida de tus labios. 

Amor que tiene calidad de vida, 
amor sin exigencias de futuro, 
presente del pasado, 
amor más poderoso que la vida: 
perdido y encontrado. 
Encontrado, perdido...

 

IDILIO EN EL CAFÉ 

Ahora me pregunto si es que toda la vida 
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo, 
la mano ante los ojos —qué latido 
de la sangre en los párpados— y el vello 
inmenso se confunde, silencioso, 
a la mirada. Pesan las pestañas. 

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son, 
rostros vagos nadando como en un agua pálida, 
éstos aquí sentados, con ojos vivientes? 
La tarde nos empuja a ciertos bares 
o entre cansados hombres en pijama. 

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio 
arriba, más arriba, mucho más que las luces 
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados. 
Queda también silencio entre nosotros, 
silencio 
y este beso igual que un largo túnel.

 
NOCHES DEL MES DE JUNIO 
A Luis Cernuda 

Alguna vez recuerdo 
ciertas noches de junio de aquel año, 
casi borrosas, de mi adolescencia 
(era en mil novecientos me parece 
cuarenta y nueve) 
porque en ese mes 
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña 
lo mismo que el calor que empezaba, 
nada más 
que la especial sonoridad del aire 
y una disposición vagamente afectiva. 

Eran las noches incurables 
y la calentura. 
Las altas horas de estudiante solo 
y el libro intempestivo 
junto al balcón abierto de par en par (la calle 
recién regada desaparecía 
abajo, entre el follaje iluminado) 
sin un alma que llevar a la boca. 

Cuántas veces me acuerdo 
de vosotras, lejanas 
noches del mes de junio, cuántas veces 
me saltaron las lágrimas, las lágrimas 
por ser más que un hombre, cuánto quise 
morir 
o soñé con venderme al diablo, 
que nunca me escuchó. 
Pero también 
la vida nos sujeta porque precisamente 
no es como la esperábamos.

 

DE VITA BEATA 

En un viejo país ineficiente, 
algo así como España entre dos guerras 
civiles, en un pueblo junto al mar, 
poseer una casa y poca hacienda 
y memoria ninguna. No leer, 
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, 
y vivir como un noble arruinado 
entre las ruinas de mi inteligencia.


CONTRA JAIME GIL DE BIEDMA 

De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, 
dejar atrás un sótano más negro 
que mi reputación —y ya es decir—, 
poner visillos blancos 
y tomar criada, 
renunciar a la vida de bohemio, 
si vienes luego tú, pelmazo, 
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, 
zángano de colemena, inútil, cacaseno, 
con tus manos lavadas, 
a comer en mi plato y a ensuciar la casa? 

Te acompañan las barras de los bares 
últimos de la noche, los chulos, las floristas, 
las calles muertas de la madrugada 
y los ascensores de luz amarilla 
cuando llegas, borracho, 
y te paras a verte en el espejo 
la cara destruida, 
con ojos todavía violentos 
que no quieres cerrar. Y si te increpo, 
te ríes, me recuerdas el pasado 
y dices que envejezco. 

Podría recordarte que ya no tienes gracia. 
Que tu estilo casual y que tu desenfado 
resultan truculentos 
cuando se tienen más de treinta años, 
y que tu encantadora 
sonrisa de muchacho soñoliento 
—seguro de gustar— es un resto penoso, 
un intento patético. 
Mientras que tú me miras con tus ojos 
de verdadero huérfano, y me lloras 
y me prometes ya no hacerlo. 

Si no fueses tan puta! 
Y si yo supiese, hace ya tiempo, 
que tú eres fuerte cuando yo soy débil 
y que eres débil cuando me enfurezco... 
De tus regresos guardo una impresión confusa 
de pánico, de pena y descontento, 
y la desesperanza 
y la impaciencia y el resentimiento 
de volver a sufrir, otra vez más, 
la humillación imperdonable 
de la excesiva intimidad. 

A duras penas te llevaré a la cama, 
como quien va al infierno 
para dormir contigo. 
Muriendo a cada paso de impotencia, 
tropezando con muebles 
a tientas, cruzaremos el piso 
torpemente abrazados, vacilando 
de alcohol y de sollozos reprimidos. 
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, 
y la más innoble 
que es amarse a sí mismo!

 

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