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Ángel González

  

 

 

ÁNGEL GONZÁLEZ

España, Oviedo (1925)

CAMPOSANTO EN COLLIOURE

Aquí paz, 
y después gloria. 

Aquí, 
a orillas de Francia, 
en donde Cataluña no muere todavía 
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret» 
y de «Flamenco's Show» 
esa curiosa España de las ganaderías 
de reses bravas y de juergas sórdidas, 
reposa un español bajo una losa: 
paz 
y después gloria. 

Dramático destino, 
triste suerte 
morir aquí 
—paz 
y después...— 
perdido, 
abandonado 
y liberado a un tiempo 
(ya sin tiempo) 
de una patria sombría e inclemente. 

Sí; después gloria. 

Al final del verano, 
por las proximidades 
pasan trenes nocturnos, subrepticios, 
rebosantes de humana mercancía: 
manos de obra barata, ejército 
vencido por el hambre 
—paz...—, 
otra vez desbandada de españoles 
cruzando la frontera, derrotados 
—...sin gloria. 

Se paga con la muerte 
o con la vida, 
pero se paga siempre una derrota. 

¿Qué precio es el peor? 
Me lo pregunto 
y no sé qué pensar 
ante esta tumba, 
ante esta paz 
—«Casino 
de Canet: spanish gipsy dancers», 
rumor de trenes, hojas...—, 
ante la gloria ésta 
—...de reseco laurel— 
que yace aquí, abatida 
bajo el ciprés erguido, 
igual que una bandera al pie de un mástil. 

Quisiera, 
a veces, 
que borrase el tiempo 
los nombres y los hechos de esta historia 
como borrará un día mis palabras 
que la repiten siempre tercas, roncas.


CIUDAD CERO

Una revolución. 
Luego una guerra. 
En aquellos dos años —que eran 
la quinta parte de toda mi vida—, 
ya había experimentado sensaciones distintas. 
Imaginé más tarde 
lo que es la lucha en calidad de hombre. 
Pero como tal niño, 
la guerra, para mí, era tan sólo: 
suspensión de las clases escolares, 
Isabelita en bragas en el sótano, 
cementerios de coches, pisos 
abandonados, hambre indefinible, 
sangre descubierta 
en la tierra o las losas de la calle, 
un terror que duraba 
lo que el frágil rumor de los cristales 
después de la explosión, 
y el casi incomprensible 
dolor de los adultos, 
sus lágrimas, su miedo, 
su ira sofocada, 
que, por algún resquicio, 
entraban en mi alma 
para desvanecerse luego, pronto, 
ante uno de los muchos 
prodigios cotidianos: el hallazgo 
de una bala aún caliente, 
el incendio 
de un edificio próximo, 
los restos de un saqueo 
—papeles y retratos 
en medio de la calle... 
Todo pasó, 
todo es borroso ahora, todo 
menos eso que apenas percibía 
en aquel tiempo 
y que, años más tarde, 
resurgió en mi interior, ya para siempre: 
este miedo difuso, 
esta ira repentina, 
estas imprevisibles 
y verdaderas ganas de llorar.


INMORTALIDAD DE LA NADA

Todo lo consumado en el amor 
no será nunca gesta de gusanos. 

Los despojos del mar roen apenas 
los ojos que jamás 
—porque te vieron—, 
jamás 
se comerá la tierra al fin del todo. 

Yo he devorado tú 
me has devorado 
en un único incendio. 

Abandona cuidados: 
lo que ha ardido 
ya nada tiene que temer del tiempo.


YA NADA AHORA

Largo es el arte; la vida en cambio corta 
como un cuchillo 
Pero nada ya ahora 

—ni siquiera la muerte, por su parte 
inmensa— 

podrá evitarlo: 
exento, libre, 

como la niebla que al romper el día 
los hondos valles del invierno exhalan, 

creciente en un espacio sin fronteras, 

este amor ya sin mí te amará siempre.

 

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