Ricardo SALAS MORENO
Nadie
deje transcurrir
esta ocasión de aprender,
porque aprender a leer
es aprender a vivir
(De
una canción de Carlos Puebla)
¿Qué es leer? ¿Para qué sirve leer? ¿Se puede enseñar a leer? ¿Se puede aprender a leer? ¿Es posible, acaso, concebir la escuela sin la lectura? ¿Es posible producir conocimiento alguno que pueda trascender prescindiendo de la lectura?
Muchos son los interrogantes que uno, sobre todo como
docente, podría y debería formularse con respecto a ese término de la
cotidianidad que parece no mortificar al transeúnte más desprevenido: leer.
Bastaría con preguntarle a la gente en la calle si la lectura los afecta
positiva o negativamente en su diario vivir, para darse cuenta del estado de
indiferencia que caracteriza, en buena medida, la cultura de los países pobres
frente a éste y a otros fenómenos que han marcado hitos en la historia de la
humanidad. Lo cierto es que la lectura reclama, en el mundo moderno, un lugar de
privilegio en el concierto del desarrollo de la ciencia y la sociedad; por eso
es menester dedicarle una atención especial en el campo de la educación, pues
es allí donde deben forjarse los grandes valores.
No podemos seguir pensando la lectura como una simple técnica
de “decodificación” de significados verbales, como muchos la conciben
cuando se les pide una definición de dicho concepto; tampoco puede pensarse la
lectura como la actividad de verbalización o sonorización fluida de los
grafemas impresos en un papel, como la conciben quienes evalúan la lectura en términos
de la velocidad. En primer lugar,
si reconocemos en la lectura un proceso activo, dinámico, terminaremos por
entender que no existe tal “decodificación” de significados; así lo
demostraremos más adelante. En segundo lugar, la lectura no es una actividad
que se realiza solamente sobre los signos verbales.
Si nos ubicamos dentro de la semiótica contemporánea,
podremos entender la noción de lectura en su sentido amplio, como actividad de
semiotización de toda nuestra experiencia con el mundo natural, social y
cultural. Desde la perspectiva greimasiana, es la enunciación -como proceso
semiótico, verbal y no verbal- la
que da origen a la significación, y ésta, a su vez, permite que haya o no haya
comunicación. Aquí es fundamental
comprender también la noción de texto tal como la presenta Umberto Eco (1979:
73): “El texto es un artificio sintáctico - semántico - pragmático cuya
interpretación está prevista en su propio proyecto generativo”; también lo
define como “una cadena de artificios expresivos que el destinatario debe
actualizar, pues el texto siempre está incompleto, está plagado de elementos
no dichos”. Cuando manifiesto, por ejemplo, que “el curso que más me gusta
es el curso de Español para los estudiantes de Comunicación Social de la
Universidad del Valle”, el lector debe llenar o completar una serie de
espacios en blanco para poder actualizar dicho texto; debe presuponer que hay
otros cursos que también me gustan, aunque no tanto como éste; que
probablemente haya otros cursos de Español, además del que
hay para Comunicación Social de la Universidad del Valle; que
probablemente haya otros cursos de Español para estudiantes de Comunicación
Social de otras universidades, y así sucesivamente en la medida en que aparezca
más información. Este llenado de espacios en blanco es un movimiento
cooperativo con el texto, el cual se presenta ineludiblemente, para citar un
caso, en los actos de habla; en ellos es fundamental el reconocimiento de la
intencionalidad del hablante por parte del destinatario para que el acto se
cumpla.
Entendemos, entonces, que leemos no sólo textos
verbales sino también el mundo, la cotidianidad, el audiovisual, el texto
gestual del mimo o del sordo; igual sucede con las relaciones espaciotemporales
cuando tenemos que calcular la distancia y la velocidad del vehículo que se
aproxima, antes de cruzar la calle; leemos también el guiño del ojo, el ceño
fruncido y todos los aspectos del rostro que se constituyen en la base material
de las significaciones no verbales para la comunicación entre personas. Gracias
a estas lecturas sabemos si el jefe se va a enojar ante nuestra solicitud,
si va a responder afirmativamente, si se va a reír, etc. La lectura
implica, pues, toda una actividad de re-semiotización y de re-significación
tanto de los mundos construidos verbalmente como de los mundos naturales.
De acuerdo con Eco, no existe una comunicación meramente lingüística, sino
una actividad semiótica en sentido amplio, en la que varios sistemas de signos
se complementan entre sí.
Es necesario comprender que la enunciación es un
proceso bidireccional, recíproco y activo por parte de los participantes en
torno a la materia semiótica con la cual establecen la comunicación. Partiendo
de la misma noción de texto que propone Umberto Eco, entendemos que el fenómeno
de interpretación textual requiere de movimientos cooperativos, activos y
conscientes por parte del “lector”, quien es en realidad otro enunciador. Si
concebimos la lectura como una actividad de enunciación, encontraremos que el
lector o destinatario de un texto ya no es el simple receptor pasivo de mensajes
que aparece en el tradicional “esquema de la comunicación” de Roman
Jakobson (1975: 130-135) –y en buena medida en “el circuito de la palabra”
de Ferdinand de Saussure, quien identifica allí una parte activa y una pasiva
(1990: 54-99)-, sino un participante activo que se encarga de actualizar el
texto a través de una serie de competencias, a saber: semántica, sintáctica,
pragmática, enciclopédica y circunstancial, entre otras.
Una comprensión de la relación diferencial entre
materia y forma como la propone Christian Metz (1982: 253) en una relectura de
Hjelmslev, nos permite entender que lo que circula entre A y B en “el circuito
de la palabra” no son los conceptos ni las imágenes acústicas sino,
simplemente, los sonidos, es decir, la manifestación fónica de sonidos
articulados que se procesan y configuran mediante una competencia lingüística
correlativa entre A y B, la cual permite transformar los sonidos en imágenes acústicas
y asociarlas a los conceptos. Esto exige un trabajo de procesamiento y
reenunciación por parte del enunciatario, lo cual lo muestra como participante
activo en el proceso de semiotización de enunciados.
Considera Eco (1979: 73) que una forma de cooperación
en la interpretación del texto escrito es aplicar una estrategia que incluya
las previsiones de los movimientos del otro como parte de su propio mecanismo
generativo. Así,
Eco postula
la creación de un “Lector Modelo” construido durante el acto de
enunciación, procurando un acercamiento entre la instancia generativa y la
instancia interpretativa. En este sentido, un texto no sólo se apoya en una
competencia, sino que también contribuye a crearla en el lector que asume el
rol de destinatario. Por su parte, también el “lector empírico”, como
sujeto concreto de los actos de cooperación, debe fabricarse una hipótesis de
autor, deduciéndola precisamente de los datos de la estrategia textual. Es
necesario precisar que dentro de esta perspectiva la cooperación textual es un
fenómeno que se realiza entre dos estrategias discursivas, no entre dos sujetos
empíricos individuales; por lo tanto, la actualización se hace sobre las
intenciones que el enunciado contiene virtualmente, y dichos roles textuales
presuponen determinadas competencias semióticas (textual, discursiva y semántica).
Entendidos los distintos niveles de cooperación
textual, podemos comprender por qué la lectura es todo un fenómeno activo de
producción de sentido, y no una simple actividad mecánica de decodificación
de significados.
También resulta importante rescatar el aspecto
cognitivo de la lectura, en el sentido psicológico, en el procesamiento de la
información. Para el profesor van Dijk (1983: 184), los aspectos psicológicos
desempeñan un papel importante en la comprensión de los textos, cuya información
se almacena en la memoria y puede ser evocada en otras tareas cognitivas. En
este sentido, la elaboración del texto tampoco es una actividad mecánica,
sino, por el contrario, una compleja
actividad dinámica
que se lleva a cabo a través
de procesos cognitivos que ponen en relación las informaciones del texto con
los conocimientos o informaciones que ya poseemos al asumir su lectura.
El alcance semiótico de la formulación de van Dijk se
pone en evidencia al manifestar que las estructuras y los procesos psicológicos
que desempeñan un papel en la comprensión de textos suelen ser de tipo más
general que los que se llevan a cabo en operaciones cognitivas simples como las
de responder preguntas sobre los textos, describirlos, parafrasearlos,
resumirlos o incluso comentarlos. A esto agrega que también en la comprensión
de escenas (visuales) y episodios reales reproducidos fílmicamente o
representados se emplean con frecuencia las mismas reglas, estrategias y categorías.
Éstas caracterizan la elaboración de la información compleja en general.
Con respecto a la comprensión, en particular de
enunciados lingüísticos, tanto orales como escritos, van Dijk propone una
serie de procesos o principios fundamentales a partir de la percepción (visual
y/o auditiva), los cuales se llevan a cabo a través de operaciones mentales.
Estos principios o procesos son:
1.
La
segmentación en unidades discretas del flujo de la lengua.
2.
La
categorización o abstracción en los niveles fono-morfo-sintáctico.
3.
La
combinación de las unidades en unidades mayores a partir de reglas.
4.
La
interpretación semántica de las unidades del enunciado.
Lo característico de la elaboración cognitiva de la
información es que, además de los conocimientos de las reglas de validez
general, hay también estrategias para una aplicación eficaz de las reglas.
Dichas estrategias operan a manera de hipótesis que se hacen sobre los
principios de elaboración informativa. La memoria constituye uno de los
componentes más importantes en un modelo de elaboración cognitiva de la lengua
en cuanto tiene que ver con el almacenamiento de la información que ha de
utilizarse en la interpretación. En general, se distinguen dos tipos de
memoria: una “a corto plazo”, de carácter fono-morfo-sintáctico, es decir,
a nivel de la estructura superficial, y otra “a largo plazo”, que viene a
ser la memoria semántica o conceptual, más relacionada con la estructura
profunda. Las funciones de la memoria también se realizan en cualquier otra
percepción y elaboración de informaciones distintas a las lingüísticas. Con
la memoria surgen dos operaciones mentales emparentadas, aunque muy distintas
entre sí, a saber: el reconocer (con base en un modelo previo) y el recordar
(traer directamente de la memoria).
Surge, entonces, el concepto de marco como una manera
de explicar el tipo de articulación de las funciones de la memoria. En este
sentido, los marcos son determinadas formas de organización del conocimiento
convencionalmente establecido que poseemos del mundo. Por lo tanto, los marcos
forman parte de nuestra memoria semántica general y sirven para la interpretación
de los más diversos sucesos sociales, para la propia participación adecuada en
estos sucesos y, en general, para la razón de ser de nuestro propio
comportamiento y el de los demás.
Debemos decir que la categorización de los distintos
tipos de memoria tiene grandes implicaciones pedagógicas en el sentido que lo
sugiere la formulación del principio
de elaboración básico de la información, como lo propone el profesor van
Dijk: “La manera en que se almacenan informaciones en la memoria y, por ende,
la manera en que más tarde estas informaciones son asequibles o pueden
reproducirse, depende de la manera en que las informaciones hayan sido
elaboradas al principio”.
Las anteriores son consideraciones teóricas generales
que debemos comprender, independientemente del nivel de escolaridad en el que
estemos ubicados, si queremos estar a tono con los más recientes desarrollos en
la pedagogía del lenguaje. Los
aportes de la psicología, la lingüística y la semiótica contemporáneas
sugieren, con suficiente rigor científico, que resulta más productivo trabajar
sobre la semántica de la textualidad que sobre la gramática de la misma, sin
eludir absolutamente los aspectos formales, es decir, que la gramática sea un
medio y no un fin, partir del discurso como unidad de sentido más que de la
oración simple, aunque en muchos casos una simple oración se puede constituir
en el discurso objeto de análisis.
Esto si entendemos, como lo propone el profesor Luis Angel Baena (1996: 130),
que la función primaria del lenguaje no es simplemente la comunicación sino la
significación, la producción de sentido, y la lectura es, en efecto, una
actividad de producción de sentido.
Es preocupante que en muchas escuelas y colegios
-incluso en programas universitarios que no conducen a licenciaturas en idiomas-
se siga enseñando teoría del lenguaje como si se estuviera formando
especialistas en alguna de las disciplinas afines. Basta con recordar, por
ejemplo, cómo la famosa Gramática Generativa Transformacional de Chomsky formó
parte de los programas del Ministerio de Educación Nacional para la enseñanza
de la lengua materna; quizás aún siga saliendo en muchos textos escolares. Me
pregunto –aunque la respuesta puede resultar evidente- qué es más
significativo para el niño, si saber que la oración está constituida por un
componente nominal y un componente verbal*,
o si poder significar, producir sentido sobre lo que dice el texto para elaborar
así un conocimiento del mundo, o el sentido sobre lo que el niño realmente
quiere expresar para lograr sus propósitos comunicativos, aunque en principio
transgreda las leyes de la gramática, porque los niños no siempre quieren
decir lo que es gramaticalmente correcto; muchas veces les importa es lo que
realmente quieren decir, y en este caso la normatividad no puede determinar la
intencionalidad. Igual sucede cuando, por ejemplo, el maestro hace el énfasis
en que la palabra atmósfera es un
sustantivo, y constituye esto en
objeto de conocimiento y de evaluación, en lugar de trabajar sobre el
significado de la palabra y las relaciones que ésta establece con el mundo.
Otro de los aspectos problemáticos que aún circulan
como parte del sistema de creencias en el sector educativo consiste en que se le
atribuye toda responsabilidad sobre los procesos de producción de sentido (la
lectura y la escritura) al maestro de lengua materna. Si bien podríamos aceptar
que de éste se espera una formación especial en dichos procesos, la cual lo
cualifica para asumir la cátedra de Español, esto no exime a los demás
maestros de la responsabilidad de saber leer y escribir, ni de trabajar la
lectura y la escritura a través de sus respectivas cátedras. En este mismo
sentido, y en muchos casos como consecuencia del desconocimiento anterior, todavía
encontramos maestros que utilizan la lectura como una forma de castigo, pues
envían a la biblioteca a quienes se portan mal en las aulas, para
torturarlos con la lectura de un pesado y aburridor libro, sin sentido para el
muchacho. Es así como termina por convertirse la biblioteca
en la “cárcel” donde purgan sus penas todos los niños que se portan
mal, con el agravante de estigmatizar algo que debe ser un espacio agradable y
apetecido por los niños, sobre todo cuando el castigo es ponerlos a leer.
Si partimos del principio de que el lenguaje es el
punto de intersección de todas las áreas del conocimiento, tenemos que empezar
a desarrollar una conciencia sobre la necesidad de empezar a enseñar cualquier
tema en cualquier área a partir de la lectura. Sobre esta necesidad hace un
aporte inmenso a la educación primaria la pedagogía por proyectos, gracias a
que allí todas las asignaturas, o la mayoría de ellas, las enseña un solo
profesor. Esta innovación pedagógica nos pone en el camino hacia una nueva
concepción de la educación, una concepción holística en la que ya no existirán
parcelas del conocimiento en espacios cerrados con franjas de tiempo
determinadas. Además de acabar con la fragmentación curricular del
conocimiento, la pedagogía por proyectos desplaza el método instruccional y la
autoridad en beneficio del desarrollo de la autonomía. En este proceso la
lectura es fundamental.
Es esta la oportunidad para llamar a la reflexión a
muchos maestros, tanto en el nivel de la escuela primaria como en el
bachillerato y en la universidad.
De un lado, tenemos a quienes aún se ubican
–consciente o inconscientemente- en una perspectiva mecanicista de la lectura.
Aquí encontramos a quienes evalúan lo que suelen llamar “comprensión de
lectura” a través de una serie de preguntas cuyas respuestas se pueden señalar
a dedo o recortarlas y pegarlas, es decir, se trata de un interrogatorio que no
va más allá de la superficie lexemática, en el cual el “lector” debe
apuntar con su mirada al texto –o a las líneas precedentes- para ubicar la
información y señalarla, decir que allí está la respuesta; entonces recibirá
los aplausos. Este es un método facilista, reduccionista, que escasamente
trabaja el aspecto de la percepción visual, la identificación de la información
solicitada, la memoria a corto plazo, aquella que apenas les sirve a los
estudiantes para obtener la máxima nota en la evaluación del día siguiente,
aunque luego no recuerden absolutamente nada de sus exitosas respuestas. Igual
sucede con el tipo de evaluaciones que se aplican en todas las áreas del
conocimiento: el juez, el indagador, espera que el interrogado haga fluir
literalmente –con puntos, comas y hasta los errores de ortografía del texto
original- las líneas cuya información satisface el egocentrismo y la vanidad
del indagador. De este método seguramente
el maestro no tiene toda la culpa, pues lo más probable es que también él
haya sido víctima de dicho método
durante su tortuoso paso por la educación formal.
Lo anterior no quiere decir que no hay un nivel de
comprensión básico que antecede al de la interpretación, aquello que el
maestro Estanislao Zuleta (1980) - parafraseando a Nietzsche- llama
“identificar el código que el texto impone”, pues tampoco se trata de
hacerle una apología al juego divagador de las opiniones. Lo que hay aquí es
una crítica a la vulgar evaluación de la memoria fono-morfo-sintáctica, que
olvida las operaciones del pensamiento, los procesos fundamentales de análisis
y de producción de síntesis, en últimas, la elaboración de una memoria semántica.
De otra parte, tenemos a quienes se ubican en la
perspectiva gramatical. Aquí encontramos a quienes se empeñan en enseñar a
identificar la estructura de la oración y
hacen de las distintas categorías gramaticales el objeto de evaluación; por
eso encontramos todavía a muchos niños y adolescentes preocupados por los
famosos esquemas arbóreos de Chomsky, aun cuando poco o nada se les ha
trabajado la coherencia global y las operaciones del pensamiento a través de la
lectura.
En términos generales, y quizás artesanales, podemos
definir una macroestructura como la “radiografía” del texto, sobre todo
para tratar de hacer más claro el término y susceptible de ser representado.
Una macroestructura cumple, en principio, dos funciones importantes, a saber: la
primera, es aquella en que se utiliza como parte del proceso de generación de
un texto, o proceso de expansión de la información, es decir, en la escritura;
la segunda, ocurre cuando se utiliza como parte del proceso de comprensión del
texto, o proceso de reducción de la información, es decir, en la lectura. En
ambos casos ayuda a organizar la información sobre la base de un criterio jerárquico.
En este sentido, la mocroestructura se recupera como la puesta en funcionamiento
de dos operaciones del pensamiento que caracterizan al ser humano y que, hasta
donde sabemos, lo diferencian cualitativamente del resto de los animales: las
operaciones de analizar y de producir síntesis.
Entendida ahora la elaboración de macroestructuras de
texto como parte del proceso de producción de síntesis, es conveniente señalar
que el término “macro” no es aquí sinónimo de “grande”, sino de
“general”. No obstante, también se habla de microestructuras para referirse
a otros niveles de análisis semántico-discursivo de la información. Por
ahora, pensemos en la relación que existe entre el proceso de producción de síntesis
y el proceso de generalización. En el caso de la lectura, hablamos de la
elaboración de macroestructuras a través de un proceso generalmente inductivo,
es decir, de enunciados e informaciones particulares, a enunciados y
formulaciones generales. En resumen, para tratar de hacerlo más claro, la
elaboración de macroestructuras -entendidas
como proceso de reducción de la información-
consiste en producir síntesis para llegar a generalizaciones sobre la
información analizada.
El profesor van Dijk, en el capítulo VI de su obra La
ciencia del Texto, se pregunta: “¿Qué es realmente aquello que
recordamos de un texto después de haberlo leído u oído?” Para darle
respuesta a dicho interrogante, hace una distinción muy importante entre “memoria
a corto plazo” y “memoria
a largo plazo”. Al respecto, dice que sólo la información fonológica,
morfológica y sintáctica es la que se almacena en la memoria de corto plazo,
es decir, se retienen palabras, frases y partes de la oración para poder
elaborar la información de la segunda parte de la misma oración o de la oración
siguiente, pero dicha información se va olvidando en la medida en que se va
avanzando sobre el texto; prueba de ello es que en esta línea usted ya no
recordará con exactitud la primera línea de este párrafo y menos la del párrafo
anterior o la del primero. Sin embargo, el contenido de una oración, es decir,
su estructura semántica, por lo general deberá quedar disponible durante un
tiempo mucho más largo para, por ejemplo, establecer relaciones de conexión y
coherencia con significados anteriores y posteriores. Es por eso que a la
memoria de largo plazo también se le llama memoria
semántica, porque “almacena” o elabora significados que son producto de
procesos de generalización, no necesariamente de pormenores o de información
trivial.
Todo lo anterior para concluir diciendo que
la elaboración de macroestructuras de texto -y se espera que así sea- deberá conducir a elaborar y conservar el sentido
fundamental de la información en la memoria de largo plazo, con la cual
funciona uno tanto en la vida cotidiana como profesional.
En consonacia con lo anterior, es importante que el
lector se presente a cada sesión de trabajo con la macroestructura del texto
previamente asignado. Dicha macroestructura, entendida también como un esquema
interpretativo de la lectura, en el cual la información se organiza jerárquicamente
por niveles interdependientes que siguen una ruta, es conveniente, en principio,
que se realice individualmente. Esto garantiza, en cierta medida, que el lector
llegue a cada sesión relativamente preparado para participar de manera activa
en las discusiones y, sobre todo, en lo que desde la perspectiva dialógica se
llama negociación del sentido; en el “peor” de los casos, que ya sería
mucha ganancia, el lector podría participar con todas las dudas, preguntas,
inquietudes, traumas y crisis emocionales que el texto le generó, pues esto
reconfirma la perspectiva dialógica en tanto actitud de respuesta. Lo que en últimas
se busca es romper con el viejo esquema de que hay un maestro que siempre le
enseña a sus alumnos, y que hay alumnos que van a que un maestro les cuente
todas las verdades, que no serían más que la comprensión que el propio
maestro ha hecho de los textos por él leídos y analizados. En este proceso
todos debemos ser alumnos y de
alguna manera, cuando hablemos, nos
volveremos momentáneamente maestros.
Una vez garantizada la macroestructura individual, se
hace necesario pasar a un segundo nivel de análisis y discusión del texto a
través de la producción de una nueva macroestructura en grupos de tres o
cuatro personas, con base en la presentación, en el interior de cada pequeño
grupo, de todas y cada una de las macroestructuras individuales. Es decir, se
genera una nueva negociación del sentido y se produce una síntesis (integral)
de los cuatro ejercicios individuales. De ahí que se pierda el objetivo
primario si alguien no presenta la macroestructura individual antes de la
discusión en grupo.
Finalmente, se le puede pedir a un representante de
cada grupo que comparta con todo el curso el esquema interpretativo de la
lectura que hicieron, para lo cual podrá
utilizar el proyector de opacos. Entonces se realizaría una plenaria para
producir, en últimas, una nueva síntesis -no necesariamente escrita-
con la participación de todos los asistentes. Es todo un proceso de
refinación y de aproximación intersubjetiva al texto.
A manera de conclusión, tenemos que ver en la lectura
una forma de abstracción de la realidad a través del lenguaje; una forma de
convertir el mundo natural, social y cultural en sentido; una forma de trasladar
dicha realidad a nuestra mente; una forma de evolucionar cualitativamente el
pensamiento humano. Es a través del lenguaje y de la lectura como aprehendemos
el mundo, como nos aproximamos a una comprensión de los fenómenos, de los
eventos y de los procesos que en él ocurren, y es comprendiendo el mundo,
significándolo, como lo ponemos a nuestro servicio. Esta es otra gran característica
que nos diferencia de los animales, los cuales sólo se adaptan al mundo, o lo
transforman accidentalmente, por lo general en detrimento de su propio
ecosistema; de allí que la mayoría de las especies animales sean nómadas,
porque una vez acaban con lo que encuentran en su camino, tienen que seguir en
busca de nuevas condiciones de supervivencia.
De nuevo, hay que decir que toda la reflexión y la
argumentación teórica hechas anteriormente tienen grandes implicaciones pedagógicas.
En primer lugar, invitan a trabajar desde una concepción que se distancie del
tradicional modelo “maestro enseña a alumno”, en el cual la instrucción y
la reproducción literal del registro que los textos hacen de los fenómenos,
los eventos y los procesos, constituyen el soporte pedagógico de la práctica
educativa. En segundo lugar, nos permiten comprender que el anterior modelo le
atribuye a la lectura un papel secundario por cuanto es utilizada como una técnica
para consumir informaciones y trasladarlas por acto reflejo -de manera
conductista- a la memoria, sin desarrollar sobre ellas un trabajo mentalmente
activo, analítico, crítico y productivo. En tercer lugar, estas reflexiones teóricas
nos permiten postular el verdadero rol del estudiante como participante
mentalmente activo y como protagonista de su propio proceso formativo a través
de la elaboración dialógica –intersubjetiva- del sentido; rol que nada tiene
que ver con la actitud tradicional del reciclador pasivo de las
informaciones literalmente transmitidas por el docente-genio, amo
absoluto del conocimiento a través de sus clases magistrales.
Es necesario, por lo tanto, asignarle a la lectura un
papel central en el proceso educativo, convertirla en el objeto de estudio de
todas las áreas del conocimiento, derribar el paradigma que la ve como un
asunto exclusivo de la cátedra de Español. Tendrá que llegar un día en que
los jóvenes vean en la lectura un premio y no un castigo; que vean en ella una
forma de aprender y de aprehender el mundo, de recrearlo y transformarlo; que
vean en ella quizás la forma por excelencia para el desarrollo de su autonomía.
No podemos seguir asumiendo la lectura como una tarea en la que de por medio sólo
hay identificación de estructuras lingüísticas, conceptos gramaticales,
definiciones y finalmente calificaciones. Como docentes, tenemos que ver en la
lectura un mecanismo semiótico y un instrumento psicológico que nos permiten
acercar a nuestros estudiantes al mundo para que lo comprendan y lo transformen
en beneficio del hombre, de la humanidad. Hay que encontrar en la lectura una
forma de estructurar el pensamiento y, en consecuencia, una forma de reducir las
distancias entre las distintas esferas de la sociedad y entre las naciones del
mundo, porque también las relaciones de poder se establecen por medio del
conocimiento, y la lectura es el mecanismo psicosemiótico para alcanzarlo.
Porque un pueblo culto es un pueblo libre, un pueblo ignorante será siempre un
pueblo esclavo.
*
Está
claro que esto puede resultar una falsedad para el estudiante, dado que
no siempre se explicita el “sujeto” de la oración.
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