Julián Cardona
El lugar de los girasoles

Son ya años de una situación cada vez más insostenible. Ciudad Juárez se ha vuelto el ejemplo extremo de la violencia contra las mujeres. Las víctimas no cesan, los asesinatos han enlutado a gran cantidad de familias, y la solución no se vislumbra a corto plazo. Jóvenes, empleadas de maquiladoras, migrantes: las muertas de Juárez son más que una estadística. Tienen nombres, caras e historias que muchas veces no son tomadas en cuenta...

EL CAMINO QUE CONDUCE hasta Paula Flores está lleno de polvo y de oscuridad. El polvo de Lomas de Poleo que se tiñe color naranja con las luces que vigilan la frontera, y la noche que se eternizó para ella desde que su hija desapareció, afuera de la maquiladora en la que trabajaba.

Seis pares de ojos se vuelven hacia los suyos mientras el silencio se hace. Ven televisión en la sala, y se cubren de frío con cobijas. Son sus cuatro hijas, su marido y su yerno. Juntos recorrieron el desierto y las calles en busca de la hija, y cuando ésta apareció, sin vida, la búsqueda no se detuvo. La suerte de Sagrario González se convirtió en la de muchas otras, era ella otro eslabón de una cadena que es aún interminable.

“Nada ha cambiado, ¿verdad?”, dice Paula.

Es noche de viernes, y la rutina familiar se siente diferente. El tiempo de esperar el sol tempranero parece lejano. Ya no hay por qué caminar cada domingo en el desierto, o al menos ellos ya no encuentran el motivo: “No logramos nada”, dice Guillermina. Dos días antes, ocho mujeres fueron encontradas en Ciudad Juárez, en un mismo sitio, asesinadas. Claudia Ivette es el nombre de una de ellas.

UNA VÍCTIMA MÁS

Ojos café, 1.62 de estatura, piel blanca, cabello largo castaño claro. Vestía pantalón de mezclilla de pechera color beige, blusa de tirantes blanca y tenis azules de marca Guess, y traía arracadas de varios tamaños cuando fue vista la última ocasión, junto a la entrada de la planta maquiladora Lear 173. Ahí, desde hace cuatro años, trabajaba haciendo el alambrado eléctrico para automóviles, por 400 pesos por semana.

Era la tercera en su familia. Josefina, su madre, llegó desde Torreón de tres años de edad, hace 44 a Juárez, de la mano de su padre. Sus cuatro hijos nacieron allí: Jesús tiene ahora 29, Mayela 24 y Gema Iris, 19. El 3 de febrero de hace 20 años nació Claudia Ivette.

Las calles de su colonia tienen nombres de los héroes de la Reforma. El 368 de la Pascual Jaramillo está sobre una pared rojo óxido profundo, junto a una puerta de metal. En la sala un par de sofás, juguetes, la televisión, dos aparatos de sonido y una cama se ven rodeados por fotografías que desplieguen la historia familiar. Un cuadro de madera enmarca un collage donde se ven imágenes del abuelo y su esposa, el hermano mayor en su ceremonia de graduación, el tío con uniforme militar de cuando estuvo en la guerra de Vietnam, o de miembros de la familia celebrando alguna fiesta con copas en la mano, mientras que cada pared amarilla de la pequeña sala sostiene las fotografías de los hermanos cuando eran niños. El cuadro donde aparece Claudia la retrata de dos años de edad.

Son las siete de la tarde y los parientes empiezan a llegar. Los primos que vienen desde El Paso, Texas, llevan listones color rosa con el nombre de Claudia Ivette escrito con tinta negra. Coincidentemente son los colores con lo que Paula, Guillermina y el resto de las mujeres del grupo Voces sin Eco pintaron miles de postes en la ciudad con cruces negras sobre fondo rosa, en señal de protesta por los asesinatos de sus hijas.

Unas catorce personas ocupan la sala y otras tantas la cocina. Están de pie y hablan. Un hombre bebe cerveza de una caguama, mientras abraza a una mujer, y su conversación se diluye entre la gente. Casi nadie llora. Las caras están endurecidas por el dolor, y sólo Karla, la hija de seis años de Mayela, rompe la gruesa atmósfera con su inocencia. Sólo hay un cuarto vacío. Un diploma negro concedido a Mayela por haber trabajado durante cuatro años para Delphi Corporation haciendo partes para la General Motors corona su entrada. Era su recámara.

Son 30, quizá 40 los muñecos de peluche que Claudia Ivette contemplaba desde su cama de madera, donde dormía con su sobrina Karla. Están encima del ropero, y es una colección hecha por años junto con Mayela. La almohada tiene estampada la estrella azul de los Dallas Cowboys, no es el único objeto con ese motivo. Era una fanática de los Vaqueros. Hay un cuadro en su cabecera con el famoso casco, un vaso sobre el sistema de sonido, y el plan de comprar un televisor con su aguinaldo para ver allí los juegos de su equipo favorito.

El Santo Niño le fue regalado por su abuela. Un Sagrado Corazón y dos Vírgenes de Guadalupe la acompañaban en las paredes, mientras escuchaba la música de los Backstreet Boys. No iba a fiestas, no tenía novio.

ESPERA INTERMINABLE

El miércoles 10 de octubre, como cada día, salió de su universo de amores familiares, touchdowns e imágenes religiosas para dirigirse a su trabajo. Desde los 14 años trabajaba como obrera de la industria maquiladora. No traía dinero consigo, y se lo pidió discretamente a una amiga, quien tampoco tuvo. Abordó el autobús gratuito hacia su trabajo y llegó tarde. Dos minutos después de la tolerancia de 10 minutos. Eran la 15:42 horas. “Cuando no volvió, pensamos que se había quedado a trabajar horas extras”, dice Mayela.

“Siempre avisaba cuando lo hacía, y antes de esa noche nunca faltó a casa”:

Claudia esperó —no se sabe cuánto tiempo—, la autorización para entrar la planta, frente a la caseta de seguridad. Es lo último que con certeza se sabe de ella. No tenía en su bolsillo los tres pesos con 50 centavos para volver a casa en el autobús de transporte público.

Al siguiente día, cuando Josefina llegó a la planta a preguntar por su hija, un guardia le dijo haberla visto abordar el autobús, pero el mismo guardia negó su versión después.

Cinco cámaras de video vigilan el edificio de Lear Furukawa 173, de Reforma y Niños Héroes. Una registra directamente lo que sucede frente a la caseta de seguridad, justo en el lugar en que Claudia esperó el permiso para ingresar. Al cruzar la avenida, una mujer prepara comida rápida, y dice no haberla visto ese día, y que Claudia nunca comió en su negocio. Josefina dice que su hija comió dos veces allí. La zona de visión desde el puesto de comida da directamente hacia la entrada de la maquiladora. En ese lugar altamente transitado nadie vio nada. Claudia se desvaneció para siempre. Cuando la mujer descansa, su hermano se hace cargo del negocio, pero ambos afirman que la policía nunca se presentó con ellos para investigar. “Sólo recuerdo que vino la mamá a pegar el volante”, dice el hombre.

Durante un mes Mayela había organizado caminatas en el desierto con sus conocidos, pegado carteles con el rostro de Claudia y hablado con la policía. Lo mismo que las mujeres de Voces sin Eco hicieron por años. Los agentes de la Policía Judicial del Estado le dijeron que “su hermana era una loca, era una vaga”. Hace una hora Mayela identificó los restos. Son las seis de la tarde del 9 de noviembre, casi un mes después de su desaparición. Dos ligas blancas con las que se hacía colitas en el cabello, y unas protuberancias en los dedos meñiques de cada mano le dieron certeza.

MIRADAS VACÍAS

En una oficina de la Subprocuraduría de Justicia, tres hombres esperan que la selección de futbol de México califique al mundial. Ven el partido contra Honduras. En la estancia contigua, de 12 metros cuadrados, la doctora Irma Rodríguez trabaja en su computadora usando técnicas de identificación forense. A su alrededor, hay cráneos y rostros reconstruidos en plastilina rojiza, que con miradas perdidas ven hacia todas partes. O hacia ninguna. Retratos a color contienen los rostros aún con vida de mujeres desaparecidas. Se mezclan sobre el teclado con las impresiones láser donde sobre estos rostros han sobrepuesto las fotografías de los últimos restos encontrados.

Son las facciones descompuestas que llegaron de entre copos a punto de cosechar de un campo de algodón, desde la acequia donde florecen los girasoles. Del lugar del hallazgo. De donde cientos de automóviles circulan cada hora, y de donde los headquarters de la Asociación de Maquiladoras y alguna de las residencias del cártel de Juárez hacen permanente acto de presencia, apenas a unos cientos de metros de distancia.

Conforme Irma avanza en su trabajo, la lista de identidades crece: Claudia Ivette, Esmeralda, Juliana. Pero Irma no está sólo del lado de las investigaciones; ella es una víctima más. En julio de este año perdió a casi toda su familia. Mientras asistía a un congreso de su especialidad en la Ciudad de México, su hija y su marido fueron acribillados en Rincones de San Marcos, el fraccionamiento en el que Irma reside, “donde cada casa tiene su historia. Allí lo que se oye es que hace años ejecutaron a éste, ejecutaron a aquel. Las casas más modestas son de profesionistas las otras son unas mansiones”, dice.

“Por eso estoy aquí, trabajando aunque sea domingo, porque si me quedo en la casa me voy a volver loca”, dice. Las cinco décadas de su entrecana cabellera sirven de marco a la tristeza que destila su mirada. “Con la importancia de lo que me ha sucedido, que fue un infortunio, con esa impotencia comprendo lo que esas madres estás sufriendo”. E Irma se sumerge en su tarea diaria para olvidar en la cranoemetría, en la dactiloscopía, en la radiología odontológica forense. Pero no puede. “Mi hija tenía 17 años, era de la misma edad de éstas”, dice.

DIOS NUNCA MUERE

Los parientes se han ido de casa de Josefina. Algunos de ellos regresaron a El Paso, Texas, otros fueron a alguna colonia cercana. Las reuniones familiares por venir no contarán ya con Claudia y su presencia. Nadie sabe aún del próximo domingo 3 de febrero. De qué manera será su cumpleaños 21. Seguramente Karla seguirá esperando a su tía para dormir con ella, y los Dallas Cowboys que perdieron este domingo 13-20 contra los Falcons de Atlanta, necesitarán de su ferviente cheerleader para salvar la temporada.

En el puente Santa Fe las filas de automóviles hacia Estados Unidos son largas. Es por los ataques terroristas de septiembre. Por otros puentes cruzan las mercancías producidas en las maquiladoras: partes para automóviles, televisores, computadoras, electrodomésticos, entre otros. Son para algunas de las más grandes trasnacionales estadounidenses.

En la banqueta poniente de la avenida Juárez, un viejo ciego sentado sobre una silla metálica toca la mandolina. Unos metros frente a él, la pintura de una de las cruces pintada por Voces sin Eco se desprende. Las cuerdas de su compañera cantan “Dios nunca muere”, una melodía cargada de tristeza y esperanza. El hombre toca el tema una y otra vez, interminablemente, mientras los transeúntes que cruzan la banqueta le dejan caer alguna moneda, de vez en cuando.

En los últimos ocho años ha habido muchas Claudia Ivette en Ciudad Juárez. O Sagrarios, o como se llamen de acuerdo con los nuevos nombres que van apareciendo en los diarios locales. Cada historia parece ser la misma historia, multiplicada 200 veces o más. O menos.

La misma historia de negligencia policiaca, de marchas, de protestas, de presuntos responsables, de falta de recursos para investigar, de dudas y de incertidumbres. De que muchas de ellas llegaron del sur del país y trabajaban en maquiladoras. Sus vidas revelan el lado más lóbrego de la globalización.

Los números de la estadística varían, de acuerdo con una u otra fuente, pero las huellas en sus familias quedan con la misma profundidad, con la misma negrura. Una historia interminable. Como la melodía repetida hasta el cansancio por el viejo músico y su mandolina, cuyas notas parecieran dedicadas a cada una de ellas: Dios nunca muere.

CUENTAS SIN COBRAR

De 1993 a la fecha, se han cometido en Ciudad Juárez 258 homicidios de mujeres, conforme a datos oficiales durante los gobiernos de Francisco Barrio Terrazas y Patricio Martínez García. De acuerdo con Robert Ressler, ex criminólogo del FBI, estos hechos podrían clasificarse dentro de tres categorías: homicidios comunes, en los que la víctima fue asesinada por un perpetrador; asesinatos relacionados con pandillas y crímenes seriales.

El 9 de agosto de 1995 se encontró a Elizabeth Castro en el kilómetro 5 de la carretera a Casas Grandes; su cuerpo fue el primero de 14 restos localizados ese año en Lote Bravo y zonas aledañas.

El 3 de octubre de ese mismo año fue detenido el egipcio Adel Latif Sharif, a quien la Procuraduría de Justicia del Estado consideró como el responsable material de algunos de esos homicidios. Luego de varios procesos judiciales, Sharif recibió una condena de 30 años como responsable del asesinato de Elizabeth Castro.

El 14 de abril de 1996 fue capturado un grupo de hombres conocido como Los Rebeldes, como presuntos responsables de una serie de asesinatos, ahora víctimas encontradas en Lomas de Poleo, al poniente de la ciudad.

De acuerdo con las autoridades, Los Rebeldes fueron contratados por Sharif para que, al aparecer más cadáveres, se demostrara su inocencia. De ellos, Sergio Armendáriz El Diablo y cuatro hombres más se encuentran en prisión.

Ya con los Rebeldes en el CERESO, las muertes siguieron sucediendo. En marzo de 1999, Nancy Villalba González, una obrera de 14 años que laboraba en el segundo turno de una maquiladora, fue violada, golpeada y abandonada en una zona desierta de la ciudad. Se capturó a Jesús Manuel Guardado Márquez el Tolteca, chofer de transporte colectivo, como presunto responsable del hecho. Ocho choferes fueron implicados en 12 homicidios, y de nuevo, según las autoridades, el autor intelectual fue Abdel Latif Sharif. Por esto, el 5 de abril de 1999 fue trasladado del CERESO de Ciudad Juárez a una prisión de máxima seguridad en Chihuahua.

Entre el 6 y 7 de noviembre de este año, ocho mujeres fueron halladas en un área no mayor a una hectárea, en una zona de alto flujo vehicular. Los choferes Víctor Javier García El Cerillo y Gustavo González La foca fueron detenidos dos días después del hallazgo. Sus esposas y abogados sostienen que éstos fueron torturados. A pesar de esto, dos mujeres más fueron encontradas muertas los días siguientes, y en El Paso, Texas una niña de cinco años desapareció de un supermercado, y fue hallada asesinada dos días después.

* Artículo publicado en la revista Día Siete, en diciembre de 2001.


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