14 de diciembre de 1974
Creo que se tocaron las manos. Y un brazo o el hombro tal
vez. Suelo imaginar más que lo que veo.
Se deben de haber dicho, no obstante, esas cosas comunes y triviales de todos: Hola,
Borges; Qué dice, Sabato...
Mi obligación de testigo es registrar las palabras exactas. Pero ese momento cualquiera
puede haberlo soñado siempre (cualquier escritor, cualquier artista) y es mejor hacer
compartir las sensaciones, no las palabras.
Sé que venían por el pasillo de la casa, tomados del brazo, lentamente. El bastón era
un péndulo en las manos de Borges.
Entreví dos sombras y detrás a dos hombres y, dentro de las sombras y los hombres,
entreví el amor y la muerte, la lucha y el arte, es decir: la vida.
No me importó que apenas me saludaran (puedo soportar la idea de que por ese rato, de
haberme ido, no se hubiesen dado cuenta).
La cinta empezó a girar.
Capítulo 1
Borges: ¿Cuándo nos conocimos? A ver... Yo he perdido la cuenta
de los años. Pero creo que fue en casa de Bioy Casares, en la época de Uno y el
Universo.
Sábato: No, Borges. Ese libro salió en 1945. Nos conocimos en lo
de Bioy, pero unos años antes, creo que hacia 1940.
Borges: (Pensativo) Sí, aquellas reuniones... Podíamos estar
toda la noche hablando sobre literatura o filosofía... Era un mundo diferente... Ahora me
dicen, sé, que se habla mucho de política. En mi opinión les interesan los políticos.
La política abstracta, no. A nosotros nos preocupaban otras cosas.
Sábato: Yo diría, más bien, que en aquellas reuniones
hablábamos de lo que nos apasionaba en común a usted, a Bioy, a Silvina, a mí. Es
decir, de la literatura, de la música. No porque no nos preocupara la política. A mí,
al menos.
Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia
a las noticias cotidianas, fugaces.
Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La
noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario,
y lo más viejo, al día siguiente.
Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está
escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el
olvido.
Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada
siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colon
acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.
Borges: (Sonriendo) Sí... creo que sí.
Sábato: ¿Cómo puede haber hechos transcendentes cada día?
Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La
crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he
leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.
Sábato: ¿Quién?
Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.
Barone: Si me permiten... aquel tiempo en que se encontraban en lo
de Bioy...
Borges: Caramba, usted se refiere a aquel tiempo como si fueran
épocas muy lejanas. (Pareciera evocarlas). Sí, claro, cronológicamente son lejanas. Sin
embargo siento, pienso en aquello como si fuera contemporáneo. Además, nos reuníamos
pocas veces.
Sábato: El tiempo no existe, ¿no?
Borges: Quiero decir... Como yo sigo mentalmente en esa época...
y además la ceguera me ayuda.
Se produce una larga pausa.
Borges: Recuerdo la polémica Boedo-Florida, por ejemplo, tan
célebre hoy. Y sin embargo fue una broma tramada por Roberto Mariani y Ernesto Palacio.
Sábato: Bueno, Borges, pero aquel tiempo no fue el mío.
Lo dice con sarcasmo.
Borges: Sí, lo sé, pero recordaba esa broma de Florida y Boedo.
A mí me situaron en Florida, aunque yo habría preferido estar en Boedo. Pero me dijeron
que ya estaba hecha la distribución (Sábato se divierte) y yo, desde luego, no pude
hacer nada, me resigné. Hubo otros, como Roberto Arlt o Nicolás Olivari, que
pertenecieron a ambos grupos. Todos sabíamos que era una broma. Ahora hay profesores
universitarios que estudian eso en serio. Si todo fue un invento para justificar la
polémica. Ernesto Palacio argumentaba que en Francia había grupos literarios y entonces,
para no ser menos, acá había que hacer lo mismo. Una broma que se convirtió en programa
de la literatura argentina.
Sábato: ¿Recuerda, Borges, que, aparte de la literatura y la
filosofía, usted y Bioy sentían una gran curiosidad por las matemáticas? La cuarta
dimensión, el tiempo... aquellas discusiones sobre Dunne y el Universo Serial...
Borges: (Aprieta el bastón con las dos manos, se yergue un tanto,
casi con entusiasmo) ¡Caramba! Claro... los números transfinitos, Kantor...
Sábato: El Eterno Retorno, Nietzsche, Blanqui...
Borges: Y, siglos antes, ¡los pitagóricos, o los estoicos!
Sábato: Las aporías, Aquiles y la tortuga... Nos divertíamos
mucho, sí. Recuerdo cuando Bioy leía los cuentos de Bustos Domecq recién salidos del
horno. Pero a Silvina no le gustaban, permanecía muy seria.
Borges: Bueno, Silvina solía leer esos textos con indulgencia y
gesto maternal. A mí, sin embargo, los cuentos de Bustos Domecq me causaban gracia.
Sábato: Recuerdo que también hablábamos mucho de Stevenson, de
sus silencios. Lo que calla, a veces más significativo que lo que expresa.
Borges: Claro, los silencios de Stevenson... y también
Chesterton, Henry James... no, creo que de James se hablaba menos.
Sábato: Al que le interesaba mucho era a Pepe Bianco.
Borges: Sí, él había traducido The Turn of the Screw. Mejoró
el título, es cierto. Otra vuelta de tuerca es superior a La vuelta de tuerca ¿no?
Sábato: Representa con más claridad la idea de la obra. Al
revés que con ese libro de Saint-Exupéry llamado Terre des Homme que aparece traducido
como Tierra de hombres. Como quien dice "Tierra de machos". Si hasta parece un
título para Quiroga o Jack London. Cuando lo que en realidad quiere significar (además
lo dice literalmente) es Tierra de los Hombres, la tierra de estos pobres diablos que
viven en este planeta. No sólo ese traductor no sabe francés sino que no entendió nada
de Saint-Exupéry ni de su obra entera. Pero a propósito, Borges, recuerdo algo que me
llamó la atención hace un tiempo en su traducción del Orlando, de Virginia Woolf...
Borges: (Melancólico) Bueno, la hizo mi madre... yo la ayudé.
Sábato: Pero está su nombre. Además, lo que quiero decirle es
que encontré dos frases que me hicieron gracia porque eran borgeanas, o así me
parecieron. Una cuando dice, más o menos, que el padre de Orlando había cercenado la
cabeza de los hombres de "un vasto infiel". Y la otra, cuando aquel escritor que
volvió hacia Orlando y "le infirió un borrador". Me sonaba tanto a Borges que
busqué el original y vi que decía, si no recuerdo mal, algo así como presented her a
rough draft.
Borges: (Riéndose) Bueno, sí, caramba...
Sábato: No tiene nada de malo. Sólo muestra que casi es
preferible que un autor sea traducido por un escritor medio borroso e impersonal ¿no?
Recuerdo que hace mucho tiempo vi una representación de Macbeth. La traducción era tan
mala como los actores y la pintarrajeada escenografía. Pero salí a la calle deshecho de
pasión trágica. Shakespeare había logrado vencer a su traductor.
Borges: Es que hay ciertas traducciones espantosas... Hay un film
inglés cuyo título original The Imperfect Lady lo tradujeron aquí como La cortesana o
La ramera. Perdió toda la gracia. Precisamente alterar de esa forma el título, que es
donde más ha trabajado el autor. Cuando eligió uno es porque lo ha pensado mucho. Nadie,
ni el traductor, debe creerse con derecho a cambiarlo.
Sábato: ¿Y acaso el título no es la metáfora esencial del
libro? Del título podría decirse lo que se ha afirmado de los sistemas filosóficos, que
casi siempre son desarrollo de una metáfora central: El Río de Heráclito, La Esfera de
Parménides...
Borges: Claro, suponiendo que los títulos no sean casuales.
Bueno, y que los libros tampoco ¿no?
Borges parece buscar algo en el pasado. Sábato debe intuir esa
búsqueda de la evocación y también el inminente monólogo. Quedan muchas horas, mucho
tiempo delante.
Borges: Hablando de libros, los primeros que se ocuparon aquí de
"promover" sus libros fueron José Hernández y Enrique Larreta. Después,
Girondo. De él todos recuerdan cuando se publicó El espantapájaros y desfiló en un
coche con uno de esos muñecos por la calle Florida... En cambio, en un tiempo anterior,
el de Lugones y de Groussac, cuando editaban sus libros sólo trascendían en el ámbito
de las librerías. Mi propia experiencia no fue distinta. Con trescientos pesos que me dio
mi padre hice imprimir trescientos ejemplares de mi primer libro. ¿Qué otra cosa pude
hacer que repartirlos y regalarlos a los amigos? ¿A quién le importaba alguien que
escribía poemas y se llamaba Borges?
Sábato: El editor le publica al escritor que todos se disputan.
Eso hace difícil cualquier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve ahora los estantes
de las librerías y es como una invasión de títulos. Debe haber más autores que
lectores. Y otro fenómeno: el de los kioscos. Antes, por el año 35, solamente Arlt se
vendía en la calle.
Borges: (Lleno de asombro) ¿Libros en los kioscos?
Sábato: (Sonriendo) Sí, también los suyos: El Aleph, Ficciones
y los clásicos.
Borges alza aún más la cabeza como para asombrarse de cerca,
inquiere más con un gesto.
Sábato: Sí, y me parece bien que sus libros estén allí en la
calle, al paso de cada lector.
Borges: Pero... es que antes no era así, claro...
Sábato: Sin embargo, hubo un tiempo en que en los almacenes de
campo, cuando hacían sus pedidos a Buenos Aires, junto a las bolsas de yerba y aperos,
pedían ejemplares del Martín Fierro.
Borges: Esa noticia ha sido divulgada o imaginada por el propio
Hernández. La población rural era analfabeta.
Hay un silencio apenas fastidiado por el ruido de los vasos. Hace
calor, pero creo que todos lo hemos olvidado. Queda flotando la última palabra.
Borges: Martín Fierro... Un personaje que no es un ejemplo. Es
admirable el poema como arte, pero no el personaje.
Los ojos de Sábato, ahora escudriñan el rostro de Borges. Se le
nota la ansiedad por hablar, pero espera.
Borges: Fierro es un desertor que paradójicamente deleita a los
militares. Pero si usted le dice eso a un hombre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas
en la Historia de la Literatura Argentina lo defiende con argumentos inexistentes. Alega
que en el libro se ve la conquista del desierto, la fundación de ciudades. Francamente
nadie ha leído una sola palabra de eso.
Sábato: Creo que Fierro es un iracundo, un rebelde ante el
tratamiento de frontera, y ante muchas de las injusticias de su tiempo.
Borges cierra y abre los ojos, se mueve un poco sin perder esa
posición arrogante, pero no agresiva.
Borges: No, no pienso así, Martín Fierro no fue un rebelde.
Desertó porque no le pagaban sus haberes y se pasó al enemigo, no sin esperanza de
participar fructuosamente en algún malón. Pero tampoco el autor fue rebelde. José
Hernández Pueyrredón pertenecía a la alta clase de los estancieros, era pariente de los
Lynch y los Udaondo. Si le hubieran dicho "gaucho" se habría indignado. Un
gaucho era algo común, pero Martín Fierro es una excepción en la llanura. Porque un
matrero lo es y por eso recordamos a unos pocos: Hormiga Negra, que murió por 1905 tal
vez. Es que el gaucho matrero es una excepción como lo es el guapo entre los compadritos.
Mi abuela en el 72 ó 73 vio a los soldados en el cepo. Hernández no conoció nada de
eso. Se documentó, se basó mucho en el libro de su amigo Mansilla. Y por eso no acepto
que Martín Fierro sea un mensaje de protesta social; es más bien un alegato contra el
Ministerio de la Guerra como le llamaban entonces. No creo que Hernández ansiara un nuevo
orden social, Sábato.
Sábato: Que Hernández perteneciera a la clase alta, no es un
argumento. También fueron aristócratas o burgueses Saint-Simon, Marx, Owen, Kropotkin.
No sabía que Hernández era pariente de los Lynch. Lo mismo que Guevara. En cuanto al
Martín Fierro, pienso que describe el exilio de los gauchos en su propia patria. Es un
canto para los pobres. No sé cual habrá sido el propósito deliberado de Hernández al
escribirlo y eso no importa. Usted sabe que los propósitos siempre son superados por la
obra, cuando se trata del arte. Quién recuerda en qué acceso de patriotismo Dostoievsky
se propuso escribir un librito titulado Los borrachos, contra el abuso del alcohol en
Rusia: le salió Crimen y castigo.
Borges: Claro, si el Quijote fuera simplemente una sátira contra
los libros de caballería no sería el Quijote. Si al final, cuando termina la obra, el
autor piensa que hizo lo que se propuso, la obra no vale nada.
Sábato: Tal vez los propósitos sirvan como trampolín para
lanzarse después a aguas más profundas. Allí empiezan a trabajar otras fuerzas
inconscientes, poderosas y más sabias que las conscientes. Las que en definitiva revelan
las grandes verdades. Pero volviendo al Martín Fierro, lo que usted dijo antes lo
comparto en algo: no se lo debe valorar como testimonio de protesta. O diría, mejor, por
el solo hecho de ser un libro de protesta. Porque en este caso, cualesquiera fueran sus
valores morales, no alcanzaría a ser una obra de arte. Pienso que si Martín Fierro vale
es porque a partir de esa rebeldía accede a esos altos niveles y expresa los grandes
problemas espirituales del hombre, de cualquier hombre y en cualquier época: la soledad y
la muerte, la injusticia, la esperanza y el tiempo.
Borges: (Que ha escuchado con atención. La cara orientada hacia
el exacto lugar donde está Sábato.) Reconozco que Fierro es un personaje viviente, que
como pasa con las personas reales puede ser juzgado muy diversamente, según se lo mire.
Sábato: De allí las muchas interpretaciones que permite:
sociológicas, políticas, metafísicas.
Borges: (Como disculpándose) Pero yo no he dicho una sola palabra
en contra de la obra...
Sábato: Es que ha habido reportajes donde usted aparece diciendo
ciertas cosas... Me parece útil que se aclare.
Borges: He dicho, sí, que proponer a Martín Fierro como
personaje ejemplar es un error. Es como si se propusiera a Macbeth como buen modelo de
ciudadano británico ¿no? Como tragedia me parece admirable, como personaje de valores
morales, no lo es.
Sábato: Lo que prueba que un gran escritor no tiene por qué
crear buenas personas. Ni Raskolnikov ni Julien Sorel, por citar algunos, pueden juzgarse
como buenas personas. Casi nadie en la gran literatura.
Borges: Qué extraño. Ahora recuerdo que Macedonio Fernández
tenía una teoría que yo creo errónea. él decía que todo personaje de novela tenía
que ser moralmente perfecto. Desde esa perspectiva, sin conflictos, resultaría difícil
escribir algo... él se basaba en el concepto: "El arquetipo ideal de la
épica".
Sábato: Parecería un chiste.
Borges: No. Era en serio. Bueno, sería como anular la novela
¿no?
Sábato: Basta considerar los grandes protagonistas de novelas.
Siempre marginados, tipos casi siempre fuera de la ley outsiders.
Borges: Hay una frase de Kipling que escribió al final de su
vida: "A un escritor puede estarle permitido inventar una fábula pero no la
moraleja". El ejemplo que eligió para sostener su teoría fue el de Swift, que
intentó un alegato contra el género humano y ahora ha quedado Gulliver, un libro para
chicos. Es decir: el libro vivió, pero no con el propósito del autor.
Sábato: Es lo bastante complejo para ser un espantoso alegato y a
la vez un libro de aventuras para chicos. Esa ambigedad es frecuente en la novela.
Borges: Se me ocurre algo. Supongamos que Esopo existió y que
escribió sus fábulas. Pero posiblemente le divertía más la idea de animales que hablan
como hombrecitos que las moralejas. Esas moralejas se agregaron después.
Sábato: Es que ninguna obra de arte es moralizadora en el sentido
edificante de la palabra. Si sirven al hombre es en un sentido más profundo, como sirven
los sueños, que casi siempre son terribles. O las tragedias. Usted habló de Macbeth: es
espantoso, pero sirve. Y no sé si lo justo no sería suprimir ese "pero", o en
su lugar poner "y por eso mismo.
Borges: Sin duda. Uno de los libros que leí es Le Feu, de
Barbusse. Lo escribió contra la guerra y el resultado es casi una exaltación de la
guerra.
Sábato: Sarmiento se propuso escribir un libro contra la barbarie
y la conclusión fue un libro bárbaro. Porque Facundo expresa lo que hay en el fondo del
corazón de Sarmiento: un bárbaro. El álter ego del Sarmiento de jacket.
Borges: Sí, es... el libro más montonero de nuestra literatura,
según Groussac.
Sábato: Lo admirable del Facundo es la fuerza de sus pasiones.
Está lleno de defectos sociológicos e históricos, es un libro mentiroso, pero es una
gran novela.
Borges: Solamente cuando una obra no vale es cuando cumple los
propósitos del autor...
Sábato: En tiempos de la revolución francesa había libros que
se llamaban cosas como Virgen y republicana, con moraleja desde el título. Ya podemos
imaginar lo que valdrían. Pero todas las revoluciones son moralistas y puritanas. En
Rusia se han escrito obras de teatro con títulos como La tractorista ejemplar... Las
revoluciones son conservadoras en el arte. La revolución francesa no tomó como paradigma
a Delacroix, el de la pintura pasional y rebelde, sino el académico David, el de los
pompiers.
Borges: Cuando Bernard Shaw estuvo en Rusia les aconsejó que
cerraran el museo de la Revolución. Claro, no había que influir con el mal ejemplo...
Sábato: Es que el artista es por excelencia un rebelde. Por eso
en las revoluciones nunca les va bien.
Borges: Recuerdo que en Rusia hicieron dos films sobre Iván el
Terrible: uno, al comienzo (el bueno) contra el zarismo; el otro, cuando Stalin se había
convertido en un nuevo zar, en favor del zarismo...
Sábato: Sabemos que sólo puede hacerse arte grande en absoluta
libertad. Lo otro es sometimiento, arte convencional y por lo tanto falso. Y por lo tanto
no sirve al hombre. Los sueños son útiles porque son libres
Barone: A propósito de esa libertad... ¿Es un obstáculo la
fama? ¿La entorpece? Me refiero al caso de un escritor reconocido por sus
contemporáneos. . . Pienso que Van Gogh y Kafka, que no fueron famosos, pudieron hacer su
obra en total libertad... Ustedes son famosos.
Borges: Lugones y Darío fueron famosos...
Sábato: Si un artista tiene algo importante que decir, lo dirá
igual. No lo va a atrapar nada. Ni la fama, ni la policía secreta, ni el Estado. Además
la historia lo prueba: Dostoievsky era muy famoso cuando escribió Los Karamazov y nadie
se atrevería a decir que con ese libro está coartado. Y también fueron famosos Tolstoi,
Chejov, Hemingway, Faulkner..
Borges: Y Mark Twain, y Bernard Shaw.
Sábato: Y el caso inverso: gente que jamás logró trascendencia
sin que por eso su obra necesariamente deba ser importante.
Borges: Conozco a alguien que se consuela pensando que también
fueron ignorados los artistas A, B y C, que ahora son famosos. No piensa que también
fueron ignorado escritores pésimos.
Sábato: Kafka no fue conocido por la simple razón de que no
quiso publicar. Tomemos el caso de Borges que es un escritor bastante hermético, y sin
embargo es famoso.
Borges: (Tímidamente) ¿Yo?.
Sábato: (Irónico) Vamos, Borges. Piense también en la fama que
tuvieron artistas tan herméticos como Mallarmé y Rimbaud. Para no hablar de Joyce.
Borges: Y Víctor Hugo y Byron...
Sábato: Byron quizá debió su fama a la vida que hizo.
Borges: Sí, Byron dejó un personaje vivido por él... ¡Ah! y
famosos también fueron los filósofos franceses: Voltaire y Rousseau.
Sábato: A propósito, ¿conoce la traducción alemana del Neveu
de Rameau? Borges niega con la cabeza.
Sábato: Usted sabe que lo tradujo Goethe, ¿no?
Borges: Sí, sí, claro.
Sábato: Pero, ¿sabía que la versión francesa es traducción de
esa traducción alemana?
Borges: (Con profunda sorpresa) ¿Cómo? No, no lo sabía
realmente. . .
Sábato: Sí, creo que la versión original se perdió y no sé si
luego se recuperó. Pero durante mucho tiempo, al menos, la versión francesa que circuló
fue la retraducida desde el alemán. Dicho sea de paso, esa obra de Diderot es otro
ejemplo de lo que decíamos antes, sobre la pluralidad de las interpretaciones. Lo
admiraron a la vez Goethe y Marx, aunque no por los mismos motivos.
Borges: El siglo XVIII francés tuvo la mejor prosa de la historia
de la literatura de Francia. Voltaire es admirable.
Sábato: Tenían una gran precisión.
Borges: Y también una gran pasión. Es un siglo estupendo. Yo
ahora estoy leyendo bastante literatura francesa de esa época: los cuentos de Voltaire
por ejemplo. Leí con entusiasmo Carlos XII, un libro épico.
Sábato: Es curioso lo que pasa con esos enciclopedistas. De nuevo
la duplicidad del escritor, entre lo que se proponen y lo que les sale. Diderot, nada
menos. Sus obras de ficción son terribles. Es decir, que los demonios, esos demonios que
la ilustración proscribe o ridiculiza aparecen en las novelas como una especie de
venganza inconsciente de las furias. Cuando más racional se volvía el pensamiento, más
se cobraban venganza.
Borges: Ahí está, sin ir más lejos, la Revolución Francesa.
Sábato: Sí. Decapitan a media Francia en nombre de la Razón.
Cada vez que los teóricos invocan al hombre con H mayúscula hay que ponerse a temblar: o
guillotinan a miles de hombres con minúscula o los torturan en campos de concentración.
Borges: No sé qué escritor dijo: Les idées naissent douces et
vieillisent féroces. "Las ideas nacen dulces y envejecen feroces."
Sábato: Hermosa frase! Además son siempre los pensadores los que
mueven la historia.
Borges: Pienso que toda la historia de la Humanidad puede haber
comenzado en forma intranscendente, en charlas de café, en cosas así ¿no?
Sábato: Perdone pero me quedé tocado por esa frase que usted
citó. Recordemos las cosas feroces que se hicieron en nombre del Evangelio. Y las
atrocidades que hizo Stalin en nombre del Manifiesto Comunista.
Borges: ¡Qué extraño! Nada de eso ha ocurrido con el Budismo.
Sábato: (Con tono escéptico) Pero dígame, Borges, ¿a usted le
interesa el budismo en serio? Quiero decir como religión. ¿0 sólo le importa como
fenómeno literario?
Borges: Me parece ligeramente menos imposible que el cristianismo
(ríen). Bueno, quizá crea en el Karma. Ahora, que haya cielo e infierno, eso no.
Sábato: En todo caso, si existen, deben ser dos establecimientos
con una población muy inesperada. Por un instante las risas se confunden con las
palabras. Los dos se divierten.
Barone: ¿Y que opina de Dios, Borges?
Borges: (Solemnemente irónico) ¿Es la máxima creación de la
literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo
que imaginó la teología. La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es
realmente fantástica.
Sábato: Sí, pero podría ser un Dios imperfecto. Un Dios que no
pueda manejar bien el asunto, que no haya podido impedir los terremotos. O un Dios que se
duerme y tiene pesadillas o accesos de locura: serían las pestes, las catástrofes..
Borges: O nosotros. (Se ríen.) No sé si fue Bernard Shaw que
dijo: God is in the making, es decir: "Dios está haciéndose".
Sábato: Es un poco la idea de Strindberg, la idea de un Dios
histórico. De todas maneras las cosas malas no prueban la inexistencia de Dios, ni
siquiera la de un Dios perfecto. Usted acaba de insinuar que cree más bien en los
budistas. Si un niño muere, de modo aparentemente injusto, puede ser que esté pagando la
culpa de una vida anterior. También es posible que no entendamos los designios divinos,
(que pertenecen a un mundo transfinito), mediante nuestra mentalidad hecha para un
universo finito.
Borges: Eso coincide con los últimos capítulos del libro de Job.
Sábato: Pero dígame, Borges, si no cree en Dios ¿por qué
escribe tantas historias teológicas?
Borges: Es que creo en la teología como literatura fantástica.
Es la perfección del género.
Sábato: Entonces, suponiendo que fuera el Gran Bibliotecario
Universal, ese bibliotecario que toda la vida soñó ser, Borges pondría en el primer
lugar la Biblia ¿no?
Borges: Y sobre todo un libro como la Summa Teologica. Es una obra
fantástica muy superior a las de Wells. (Sonríe.)
Sábato: Claro, Wells es demasiado mecanizado. Un poco la
literatura fantástica de la Revolución Industrial.
Borges: Sí, tengo discusiones con Bioy Casares sobre eso. Yo le
digo que es más fácil creer en talismanes que en máquinas.
Sábato: Tiene razón. La invención de Morel es una obra
magnífica Pero personalmente la habría preferido sin maquinarias ni explicaciones.
Borges: Habría sido mejor que eso ocurriera. Uno acepta un
talismán, digamos un anillo que hace invisibles a los hombres; en cambio Wells tiene que
recurrir a experimentos químicos, y eso es menos creíble. El anillo sólo exige un acto
de fe, lo otro, todo un proceso.
Sábato: Por otra parte la ciencia progresa. Einstein es superior
a Newton, de algún modo refuta a Newton. Un talismán siempre es el mismo, siempre sigue
valiendo. Wells era en el fondo un positivista de la literatura fantástica. Suena el
teléfono. Alguien pregunta por Sábato. Hay una breve pausa y retomamos la charla.
Barone: Les voy a proponer saltar a otro tema, si el salto no les
molesta.
Borges: He venido saltando desde hace setenta y cinco años.
Sábato: Todos. ¿Qué le parece como salto eso del despertar cada
mañana? "Recuérdenme a las nueve". Así se decía antes, en el campo, cuando
yo era chico. "Recordarlo", como quien se ha olvidado de la existencia. Cuando
dormimos el alma viaja fuera del espacio y del tiempo. Borges se ha quedado pensativo.
Inmóvil, parece evocar algo. Hay un silencio en Sábato, esperando.
Borges: Todas las mañanas cuando me despierto, pienso: "Soy
Borges, estoy viviendo en la calle Maipú, mi madre está en la pieza contigua, muy
enferma, y vuelvo..."
Sábato: De los dos Borges, seguramente el que sueña es el más
auténtico. Porque lo que escribe debe representar más ese mundo de la noche. Además,
recuerdo que usted comenzó a escribir los cuentos fantásticos después de ese golpe en
la cabeza... La mano de Borges señala en la cabeza un rastro. Me hace que lo toque para
que compruebe que existe. Explica que fue contra una persiana de "fierro".
Borges: Recuerdo que en el sanatorio no podía dormir, porque si
lo hacía tenía alucinaciones. Cuando estuve mejor y me dijeron que había estado a punto
de morir, me puse a llorar. Todo esto fue allá por 1945 creo. O antes. Estaba empleado en
la Biblioteca de Almagro.
Sábato: Sí, antes de que lo ascendieran a inspector de gallinas.
Borges: Fíjese que me dieron ese puesto para humillarme y
renuncié el mismo día. Recuerdo que a un amigo mío le pregunté, por qué habiendo
cuarenta empleados en la Biblioteca me echaban a mí, que era escritor. Me preguntó si yo
no había estado con los aliados durante la guerra. Le respondí que sí. Y entonces
¿qué quiere?, me dijo. Me di cuenta de que esa lógica era irrefutable.
Barone: Creo que hay un tema que les interesa a los dos. El del
lenguaje. Usted, Sábato, dijo en una oportunidad que uno de los grandes peligros que
corremos nosotros, los escritores de lengua castellana, es el verbalismo. Y citó a Borges
en favor de su tesis.
Sábato: Sí, dije que cierta pompa estilística, que fue
combatida por hombres como Borges, parecía entrar ahora en algunas formas de la
vanguardia. Siempre recuerdo aquella parte tan graciosa de Machado. Juan de Mairena hace
pasar al pizarrón al mejor alumno y le hace escribir: "Los eventos consuetudinarios
que acontecen en la rúa". Luego le pide que ponga eso en forma poética, el chico
piensa un momento y luego escribe: "Las cosas que pasan en la calle." Mairena lo
felicitó. Claro, se podrá decir que una frase como "Las cosas que pasan en la
calle" no es poesía. Pero la otra variante tampoco es poética: sólo es abominable.
Borges: La otra es vanidad. El error de Lugones.
Sábato: ¿No le parece que La guerra gaucha es absolutamente
ilegible?
Borges: Desde luego. Pienso que lo hizo un poco para probar que
él también podía jugar a ese juego.
Sábato: Yo pienso que lo hizo de veras, quizá movido por un
oscuro sentimiento de inferioridad. El deseo de probar que el podía escribir como ciertos
clásicos. Y aun peor. Pero claro, Lugones tiene también versos hermosos y austeros.
Borges: Aunque a veces le ocurren cosas espantosas, como aquel
soneto que termina así: Poblóse de murciélagos el combo cielo, a manera de chinescos
biombos... Su voz parece deleitarse en la repetición irónica grandilocuente de estos
versos. Poblóse de murciélagos el combo cielo, a manera de chinescos biombos...
Sábato: Parece una letra de tango de la época modernista. Pero
Lugones tiene poemas muy lindos. ¿tPor qué no recita alguno, usted que tiene tanta
memoria?
Borges: (No titubea, se abstrae un momento y luego recita) Nuestra
tierra quiera salvarnos del olvido por estos cuatro siglos que en ella hemos servido Y
este otro: Yo que soy montañés sé lo que vale la amistad de la piedra para el alma Y
también éste: Al promediar la tarde de aquel día, cuando iba mi habitual adiós a
darte, fue una vaga congoja de dejarte... lo que me hizo saber que te quería. La voz de
Borges, la mirada vaga, los poemas, me han emocionado. Veo que Sábato quiere acompañar
ese silencio con un poco de whisky Borges se ha quedado callado.
Barone: Sábato, usted acaba de decir que los vanguardistas
entraban por la ventana con su verbalismo. ¿Por qué no lo explica?
Sábato: Dije "ciertas" formas de vanguardismo. Por el
momento sólo quiero recordar que en aquellas reuniones de que hablábamos al comienzo,
uno de los temas que nos apasionaban era ese del lenguaje. La necesidad de un lenguaje
preciso. Bioy Casares era partidario de un idioma desnudo, que él maneja admirablemente
bien.
Borges: Adolfo decía que yo soy propenso a lo sentencioso. Lo
cual es cierto.
Sábato: No sé qué alcance le quiere dar a esa calificación.
Quizá se refiera más bien a frases pretenciosas. Porque los aforismos son sentenciosos y
tienen una enorme fuerza, reúnen eficacia y belleza. Creo, no confío demasiado en mi
memoria, que Wilde dijo algo como: "Todos los hombres nacen reyes y mueren en el
destierro". Extraordinaria frase.
Borges: Es que Wilde era ciertamente ingenioso, pero no todos
nacen reyes.
Sábato: O esa frase de La Rochefoucauld: "Todos tenemos
bastante fuerza para soportar los males ajenos". Ese assez de force es lo más
perversamente exacto de todo ¿no? Por eso no se puede rechazar lo sentencioso en si: hay
que negarlo cuando es malo. Y porque es malo, no porque sea sentencioso.
Borges: (Asintiendo) Una vez le pregunté a Henríquez Ureña si
le gustaban las fábulas. Y me contestó: "No soy enemigo de los géneros". Fue
una respuesta muy sabia. Algo marcha mal en el grabador. Nunca confié en el mecanismo. En
este momento reniego. Sábato y Borges siguen conversando indiferentes a mis denodados
esfuerzos por reparar lo que no entiendo. Al fin un golpe seco lo hace andar. Han pasado
tres o cuatro minutos. Retomo la charla sobre la voz de Borges, quien parece haber
percibido mi combate mecánico.
Borges: Enrique Amorim, que era oriental, cuando algo andaba mal
decía: "Uruguayo y basta". Y aquí cuando chico se solía decir: "Más
criollo que el olor feo". Ahora no se diría eso ¿no? En aquel tiempo parece que el
país era más sensato... Había un negocio en la Avenida de Mayo con un cartelito que
aseguraba: "Argentino, pero bueno". (Sonríe)
Barone: Cuando estaba preocupado por el grabador alcancé a oír
algo sobre el lenguaje francés y las traducciones. Escuché un nombre: Federico el
Grande.
Sábato: Le estuve diciendo a Borges que el prestigio de Francia
en los siglos XVII y XVIII fue tan grande que Federico II leyó la metafísica de
Christian Wolff en francés, no en alemán, su lengua de origen.
Borges: Es que Federico II tenía un conocimiento rudimentario del
alemán. Lo consideraba una lengua bárbara.
Sábato: Sí, el alemán no tenía aún suficiente prestigio como
lengua culta. Pero hubo algo más impresionante todavía. El romanticismo alemán se
impuso gracias al impulso desde Francia y sin embargo es un movimiento esencialmente
germánico. Es la dialéctica de ciertos procesos espirituales: nos conocemos a través de
otros. Aquí Echeverría introdujo los románticos europeos y así Alberdi pudo darse
cuenta de la belleza del ceibo. Nada menos.
Barone: Disculpen, me perdí esa parte cuando hablaban de
Baudelaire y Poe.
Borges: Decía que si Baudelaire no traduce a Poe, quizá mucha
gente en América no habría leído sus poesías.
Sábato: Hay que reconocer que lo mejoró.
Borges: Sí, es cierto, El cuervo es sencillamente espantoso.
Borges: Parece extraño, Borges, pero ¿por qué, entonces, ese
poema pasó a ser tan conocido?
Borges: Poe dice que quiso hacer un poema que fuera popular.
Explica que se propuso cierto número de líneas... también debe haber influido el hecho
de que el cuervo es un animal prestigioso... Con un loro no habría podido, ¿no? De todas
maneras sé que en Estados Unidos lo consideran un mal poeta. Los cuentos en cambio son
muy buenos. Tampoco Omar Kahyyam es considerado buen poeta en Persia, pero su traductor
inglés lo hizo famoso.
Barone: Siempre me pregunté como será eso de traducir a otros
idiomas como el chino por ejemplo.
Sábato: Eso nunca se podrá comprobar (risas). Si ya con lenguas
indoeuropeas es imposible la traducción, podemos suponer lo que será el pasar a lenguas
como el chino. En rigor, cualquier traducción es falsa, no hay equivalentes exactos.
Borges: Eso es culpa de los diccionarios, que han hecho creer que
hay equivalentes y no los hay. Y también de los traductores que no comprenden que no es
lo mismo traducir una obra de la que han transcurrido centenares de años y otra
contemporánea. Cuando Poe o Lawrence tradujeron La Odisea pudieron recrearla con plena
libertad porque era una lengua muerta. En cambio cuando se trata de un idioma
contemporáneo, como por ejemplo el de Whitman, no veo otra posibilidad que la de una
versión como la mía, un tanto personal y a la vez con un rigor resignado.
Sábato: "Amar" en castellano no es lo mismo que en
francés. En francés "se ama" un bife o el arroz. Creo, Borges, que ni siquiera
podría decirse que se puede pasar del castellano al castellano: desde el momento en que
el primer conquistador pisó América la palabra "llanura" tuvo otro significado
que en España.
Borges: Por supuesto, es lo mismo que pasa con el inglés y el
americano.
Sábato: Bernard Shaw dijo: "Una lengua común nos
separa". Un aforismo casi hegeliano.
Ahora reímos. Es el final de la charla. Ha llegado Anneliese a
buscar a Borges. Y Renée Noetinger, la dueña de casa, insiste en la última vuelta de
whisky, que Sábato y yo aceptamos. Borges, contento, recuerda que en la escuela había
aprendido algunas nociones de "lunfardo básico". ¿Cuáles? pregunta Sábato.
"Biaba" y "Biaba con caldo" cuando venia con sangre contesta Borges
levantándose lentamente. Se han ido por el pasillo. Me quedo un momento solo en la sala.
Solo no. En mi mano, la cinta grabada es un símbolo.