Esta semana se publica "España en los diarios de mi vejez".
En estas crónicas de viaje aparecen las reflexiones,las observaciones y los miedos de un
Sabato íntimo. Viva ofrece un anticipo del texto.
Jueves (en Madrid)
Me siento a escribir lo que me va saliendo, para asirme a algo, como uno pudiera tomarse
de un tronco en la crecida de un gran río, o como si lo escrito pudieran ser mojones que
me recordarán el camino cuando esté perdido; como frecuentemente me sucede en estos
años cuando a cada paso enfrento un precipicio.
(...) Le voy dictando a Elvirita (N. de la R.: su constante compañía), y busco en
algún fondo inhallable de mí, las escenas o los momentos, que quiero contar. A veces
aparecen borrosas, a veces se muestran y luego se van, es casi una cacería. La vida me ha
ido quitando posibilidades que antes fueron mías, y a cambio me estuviera dejando el
escribir como un último don. Cuando las pérdidas parecen cubrirme los ojos, escribir y
pintar me renacen.
Escribir como lo último que me va quedando.
También los afectos. Siempre.
Visita al museo del Prado
Caminando despacio hemos ido hasta el correo de Cibeles.
Me detengo a mirar esa zona en que Madrid se ensancha, donde grandes y antiguos paseos
trepan hacia la Puerta de Alcalá, por un lado, y por el otro, hacia la Puerta del Sol.
Pero prefiero la sombra, entonces apurados salimos de las avenidas y nos vamos lentamente
bajo los árboles del Paseo del Prado, hacia el Museo. Nunca miro más que a un pintor, lo
contrario hasta me parece una falta de respeto. Esta vez sólo algún cuadro de Goya. El
Goya oscuro, el feroz, el desgarrador Goya me sigue deslumbrando. Y también El Bosco.
Cuánta incomprensión habrán sufrido estos creadores geniales en su época. Uno, por
advertir los monstruos terribles que ocultaba en su vientre la diosa razón, con sus toros
y aquelarres. El otro, con sus seres híbridos y deformes, anunciando las desgracias de un
mundo que se mueve compulsivamente tras la riqueza y los bajos placeres. Reyes a caballo
junto a fieras mitad humanos, junto a minúsculas escenas de matanzas y sacrificios.
Aquellos símbolos habrán sido considerados esquivos y desafiantes en su tiempo. Hoy se
nos aparecen con toda lucidez, como trágico acabamiento de un modo de vivir y concebir la
existencia.
Como autómata, como cuando de chico me levantaba sonámbulo, me dirijo hacia Goya.
Y elijo un cuadro, un solo cuadro y me detengo.
El pintor de los monstruos; el que pintó magistralmente con humo y sangre. El Dos de
Mayo. Lo miro de a poco, como si lo tanteara y me sumergiera en él. Fue en 1814 cuando
Goya en su taller pintaba la batalla. Sí, están ahí, son hombres fuertes peleando por
su tierra; peleando por Madrid.
(...)
De pie frente al cuadro de pronto comprendo que estoy, en este mismo momento, por el
misterio de lo imaginario, en mi propio taller sintiendo entre los dedos la ansiedad del
pincel.
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Jueves en el café de la vuelta
Ayer por la tarde, después de volver a corregir una de las conferencias, caminamos unas
cuadras y ya con frío entramos a un bar del viejo Madrid. No más pasar la puerta me
ensordece el alegre griterío, el humo y las risas que rebalsan el local; con dificultad
avanzo hasta sentarnos contra una pared como para tener donde atrincherarme. Es un café
típico, quiero decir típico de antes, de cuando lo moderno aún no había hecho estragos
en España.
Este es un reducto anticuado, con mesas de madera y sillas tipo Viena, percheros de hierro
y lámparas que parecen de opalina. A un lado, la barra repleta de parroquianos que
vociferan a los gritos sus preferencias en el fútbol. Después de una breve pero ardua
lucha con mi carácter molesto, impaciente, nervioso, intolerante, rescaté mi lado
observador y me dispuse a gozar de los madrileños en su caldo. Lo primero que sorprende
es ver en las mesas a familias enteras, algo impensable en Buenos Aires. Hay abuelos,
hijos jóvenes, nietos, sin problemas generacionales ni historias. Todos hablan a la vez y
a los gritos.
Los miro y más me doy cuenta que están todos de fiesta, que la vida es para ellos una
fiesta, podrían decirme vea tío, mejore la cara, pues, aquí se viene a
celebrar. Y me río al pensarlo, tan distintos de mí, ¡tan distintos de mi
educación severa! ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a hablar y reír sin reparos
delante de nuestro padre?
Hay marcas que son estigmas. Durante mi infancia era sonámbulo y tenía permanentes
pesadillas; con los años, con vergüenza y dolor, reconocí que la pesadilla consistía
en verme sentado, a solas, con mi padre. ¿Quién hubiera osado reírse de él, o tocarle
un papel, o aunque más no fuera a hacerle una pregunta personal? Así me crié hace
muchos años.
Sábado
Ayer temprano en la tarde llamaron de la editorial para decir que de ninguna manera
podíamos ir al Bernabeu. Estaban agitados y no parecieron escuchar razones: la ETA había
hecho estallar una bomba enfrente mismo del estadio. Ni pensarlo, fuimos igual.
(...) Fue un partidazo.
Quiero agradecerle a Valdano esta oportunidad de volver a ser joven, nuevamente como en
aquellos partidos entre Estudiantes de La Plata y Gimnasia y Esgrima. En perpetua y feroz
rivalidad. Yo era rompecanillas, así me decían, muy violento; me apasionaba, pero tuve
que dejar porque tenía la mollera débil. Salimos de la cancha antes de que terminara el
partido y así y todo, la salida fue brava porque yo insistí en bajar a la calle. Estos
riesgos me rejuvenecieron. Y dentro de un rato salimos lo más bien para Santiago de
Compostela. Los riesgos rejuvenecen, claro, si uno sale vivo.
Otra tarde
Estoy alejándome de la vida de esta vida,
La miro con emoción como si ya estuviera fuera de mí.
O, más bien, como sentado en esas mesas de café que están en las veredas desde donde
uno puede ver pasar la gente, y oírlos hablar. A veces nítidamente veo el caminar de
hombres y mujeres. De pronto me sonríen.
Pero otras veces, confusamente, como detrás de una nube, o de mis lágrimas.
Soy injusto, siempre hay alguien conmigo.
Pero la vida se aleja.
12 de junio (en Santos Lugares)
Ayer sucedió algo que me obliga a interrumpir la cronología de los hechos. El príncipe
de Asturias venía a la Argentina y quiso venir a visitarme. Su gesto me produjo una gran
alegría.
Vino directo del aeropuerto. El barrio nunca había visto tanto despliegue que precedió a
su llegada ni oído tanta sirena. Pero en cambio, cuando llegó se comportó con una
sencillez, una llaneza como sólo lo sabe hacer un rey. Y en ese clima transcurrieron las
dos horas en que estuvo en casa. Hablamos de literatura, miró mis cuadros y recorrió
esta vieja casa, con su mirada limpia y sensible. Dada su alegría, Elvira a la salida me
dijo por lo bajo parece estar enamorado. Creo que lo oyó y que ha de ser
cierto porque se dio vuelta y sonrió.
29 de junio
Me he quedado mirando mi biblioteca.
¡Cuántos libros he leído que no volveré a abrir!
Es triste.
Miro a esos escritores que fueron verdaderos compañeros de camino. Toco los libros como
si por tocarlos me fueran a escuchar. (...) Hace años que no puedo leer, ya he olvidado
todo aquello que había aprendido; y lo que es más fuerte aún, ya no tengo aquella ansia
de saber. Sin embargo sigo gozando cuando me leen.
Madrid
He estado afirmando la reencarnación.
Elvirita no entra en la discusión, ni argumenta, lo que me irrita. Dice que ni cree ni
descree, sólo que no le gusta esa idea de volver, como actores en otra obra, pero sin
experiencia, siempre empezando de nuevo, no sabe, no le gusta.
Le insisto con mi sensación. Hombres geniales han creído en la reencarnación; es esa
conocida sensación que tienen ciertas personas de que ya han estado en ese lugar; o
quienes aseguran que ya vivieron eso mismo que les acontece. A mí me pasa.
Ella me escucha, pero distraídamente. Insisto (...). No quedan dudas, la reencarnación
es un hecho demostrable. Existe.
Elvira con calma, como si también lo suyo fuese un hecho, y esta vez inapelable, dice:
Cuando te reencarnes, vas a ser mujer.
Yo di un grito desesperado, no lo pude contener.
Sonríe victoriosa, ¿ves? ésta es tu verdadera posición frente a la mujer, ya que si
fuese verdad que te parecieran superiores y admirables, hubieras reaccionado con alegría.
Inútil fue argumentar que mi sobresalto se debía al sacrificio y abnegación que le
atribuyo a las mujeres.
Terminamos riéndonos con unas copas de vino.
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