| Rodrigo Rey Rosa nació en Guatemala en 1958 y allí cursó sus estudios. Se trasladó luego a vivir a nueva York y, traspermanecer varios años en Marruecos, reside hoy nuevamente en su país. Su obra narrativa ha sido traducida al inglés (Por Paul Bowles), francés y alemán; se ha reunido en los volúmenes Cárcel de árboles, El Salvador de Buques y El cuchillo del mendigo y El agua quieta. Sus títulos más recientes son: Lo que soñó Sebastián, El cojo bueno y Que me maten si...., obra que como todas las anteriores, fue recibida por la crítica de un modo muy favorable. l Chef, el cuento que publicamos hoy, ha sido extraído de su volumen Ningún lugar sagrado, publicado en Colombia por Editorial Planeta y constituye, en este territorio lúdico de los Cronopios, que con exclusividad | ![]() Foto: Mujer / Jaime de la
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se dedica a divulgar Cuentos y cuentistas colombianos, un acto de excepción en homenaje a los escritores centroamericanos que nos visitan con ocasión de la XIV Feria Internacional del libro, de Bogotá.
El Chef Durante tres años vivió debajo del Manhattan Bridge, en una covacha al borde del terraplén sobre el río, y solía pasar buena parte de sus noches mirando por un ventanuco la telaraña de luces del vasto y ruidoso puente tendido sobre el East River, los faros de los automóviles que iban y venían. Cuando estaba decaído o perezoso, se alimentaba con los desperdicios de comida que encontraba en los basureros de los restaurantes de Chinatown y Little Italy, por donde deambulaba por las tardes y al amanecer. Cuando se sentía más emprendedor, atrapaba mirlos o una especie de codorniz que a veces, durante el invierno, venían a refugiarse en los parques de la ciudad. Los mirlos eran fáciles de atrapar, con cebo de miga y cuerda de pescar. También los cazaba con una cerbatana de aluminio, que él mismo fabricó con los restos de una vieja antena de televisión, armada de dardos hechos con agujas hipodérmicas, las que solía cargar con pequeñas dosis de veneno o sedantes obtenidos en los vertederos del Beth Israel o el Bellevue, los grandes hospitales. Las codornices requerían más paciencia e ingenio. Para ellas construía trampas con cajas de plástico, elásticos usados y varillas de madera o de metal. Sea como fuere, si tenía un poco de suerte, volvía a su covacha bajo el puente con sus presas y hacía una pequeña fogata para cocinar. Le llamaban el Chef porque sabía preparar varias salsas, y era enormemente popular por los pequeños banquetes que celebraba. Entre sus visitantes se encontraban las chicas vagabundas más atractivas, y uno que otro chico, dispuestos a todo por un buen manjar. Celoso porque su compañera iba a cenar con el Chef muy a menudo, un malhumorado vagabundo a quien llamaban Kentucky Matt, le partió el cráneo al Chef con un madero una mañana mientras dormía. (Dormía cobijado con cartones, porque era pleno invierno, y parece que, para ahogar los ruidos del tránsito del puente, se había acostado con su walkman y escuchaba, cuando fue muerto, una fuga de Bach.) La chica denunció el crimen, pero Kentucky Matt no fue capturado. Huyó de la ciudad -dicen- como polizón en un vagón de ferrocarril.
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