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Dicen que el sentido común es el menos común de todos. Cuando nos encontramos en nuestra vida con una de esas dificultades que tenemos que resolver solemos dejarlo por ahí aparcado en algún sitio y empeñarnos en aplicar mayor cantidad de las mismas soluciones ineficaces que tampoco nos han funcionado en ocasiones anteriores, o en pensar de la forma que más dificulta que podamos afrontarlas con eficacia. Cuando se trata de algo que no podemos modificar, nos empeñamos en hacerlo; cuando podemos hacer algo nos quedamos de brazos cruzados aceptando que aquello es inmutable. Vamos, que somos un auténtico prodigio de adaptación al medio.
Solemos cacarear y pavonearnos afirmando que somos animales racionales. Albert Ellis, uno de los psicólogos más influyentes en el campo de la psicoterapia, afirma que el ser humano piensa de una forma irracional en múltiples ocasiones, que la irracionalidad es más la norma que la excepción y que hasta los individuos más preparados caen en ella con una elevada frecuencia. Una buena parte de las psicoterapias cognitivas de corte racional se basan en este principio.
Parece cierto: No es necesario que otras personas nos amarguen la vida. Lo hacemos nosotros mismos pensando y comportándonos de forma irracional. Y además nos resulta mucho más fácil. Veamos cómo lo hacemos casi sin darnos cuenta.
Fecha de publicación de la Revisión nº 1: 13 de enero de 2002
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