Filosofía natural griega
Desde los tiempos de Tales de
Mileto, unos 600 años a.C., los filósofos griegos empezaron a hacer especulaciones
lógicas sobre el mundo físico, en lugar de confiar en los mitos para explicar los
fenómenos. El mismo Tales pensaba que toda la materia procedía del agua, que podía
solidificarse en tierra o evaporarse en aire. Sus sucesores ampliaron esta teoría en la
idea de que el mundo estaba compuesto por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego.
Según Demócrito, esos elementos estaban compuestos por átomos, partículas diminutas
que se movían en el vacío. Otros, especialmente Aristóteles, creían que los elementos
formaban un medio continuo de materia y, por tanto, el vacío no podía existir. La idea
atómica perdió terreno rápidamente, pero nunca fue completamente olvidada. Cuando fue
revisada durante el renacimiento, formó la base de la teoría atómica moderna.
Aristóteles fue el más influyente de los filósofos griegos, y sus ideas dominaron la
filosofía natural durante casi dos milenios después de su muerte, en el 323 a.C. Creía que la materia
poseía cuatro cualidades: calor, frío, humedad y sequedad. Cada uno de los cuatro
elementos estaba compuesto por pares de esas cualidades; por ejemplo, el fuego era
caliente y seco, el agua fría y húmeda, el aire caliente y húmedo, y la tierra fría y
seca. Esos elementos con sus cualidades se combinaban en diferentes proporciones para
formar los componentes del planeta terrestre. Puesto que era posible cambiar las
cantidades de cada cualidad en un elemento, se podía transformar un elemento en otro;
así, se pensaba que era posible cambiar las sustancias materiales formadas por los
elementos, por ejemplo, el plomo en oro.
Alquimia: auge y declive
La teoría de Aristóteles
fue aceptada por los prácticos artesanos, especialmente en Alejandría, Egipto, que
después del 300 a.C. se convirtió en el centro intelectual del mundo antiguo. Ellos pensaban
que los metales de la Tierra tendían a ser cada vez más perfectos y a convertirse
gradualmente en oro, y creían que podían realizar el mismo proceso más rápidamente en
sus talleres, transmutando así de forma artificial los metales comunes en oro. Comenzando
el año 100 de la era cristiana, esta idea dominaba la mente de los filósofos y los
trabajadores del metal, y se escribió un gran número de tratados sobre el arte de la
transmutación que empezaba a conocerse como alquimia. Aunque nadie consiguió hacer oro,
en la búsqueda de la perfección de los metales se descubrieron muchos procesos
químicos.
Casi al mismo tiempo (y probablemente de forma independiente) apareció en China una
alquimia similar. Aquí el objetivo también era fabricar oro, aunque no por el valor
monetario del metal. Los chinos consideraban al oro como una medicina que podía conferir
larga vida o incluso la inmortalidad a cualquiera que la consumiera. Al igual que los
egipcios, los chinos aumentaron sus conocimientos de la química práctica a partir de
teorías incorrectas.
Dispersión del pensamiento griego
Después del declive del
Imperio romano, en la Europa occidental empezaron a estudiarse menos los escritos griegos,
e incluso fueron bastante abandonados en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, en el
siglo VI, un grupo de cristianos
conocidos como los nestorianos, cuyo idioma era el sirio, expandieron su influencia por
Asia Menor. Establecieron una universidad en Edessa, Mesopotamia, y tradujeron al sirio un
gran número de escritos filosóficos y médicos griegos para que pudieran ser utilizados
por los estudiantes.
En los siglos VII y VIII, los
conquistadores árabes expandieron la cultura islámica sobre gran parte de Asia Menor,
norte de África y España. Los califas de Bagdad se convirtieron en mecenas activos de la
ciencia y el saber. La traducción siria de los textos griegos fue traducida de nuevo,
esta vez al árabe, y junto con el resto del saber griego volvieron a florecer las ideas y
la práctica de la alquimia.
Los alquimistas árabes también estaban en contacto con China; así, a la idea del oro
como metal perfecto le añadieron el concepto del oro como medicina. Se concibió un
agente específico para estimular la transmutación, la piedra filosofal, que
se convirtió en el objeto de investigación de los alquimistas. Ahora tenían un nuevo
incentivo para estudiar los procesos químicos, porque podrían conducirlos no sólo a la
riqueza, sino a la salud. En el estudio de los productos y aparatos químicos se hicieron
grandes progresos. Se descubrieron importantes reactivos como los álcalis cáusticos (véase
Metales alcalinos) y las sales de amonio (véase Amoníaco), y se mejoraron los
aparatos de destilación. También se vio rápidamente la necesidad de aplicar más
métodos cuantitativos, pues algunas fórmulas árabes daban instrucciones específicas
sobre las cantidades de reactivos a utilizar.
El final de la edad media
En el siglo XI comenzó en Europa occidental un gran
resurgimiento intelectual, estimulado en parte por los intercambios culturales entre los
estudiantes árabes y cristianos en Sicilia y España. Se crearon escuelas de traductores,
y sus traducciones transmitieron las ideas filosóficas y científicas al resto de los
estudiantes europeos (véase Escuela de traductores de Toledo). Así, el saber de
la ciencia griega pasó por las lenguas intermedias siria y árabe, fue difundido en la
lengua erudita, el latín, y posteriormente se expandió por Europa. Muchos de los
manuscritos leídos con más anhelo estaban relacionados con la alquimia.
Había dos tipos de manuscritos: unos eran puramente prácticos, y otros intentaban
aplicar las teorías de la naturaleza de la materia a los problemas alquímicos. Entre los
temas prácticos discutidos se encontraba la destilación. La fabricación de vidrio
había mejorado considerablemente, sobre todo en Venecia, y fue posible construir aparatos
de destilación mejores que los fabricados por los árabes para condensar los productos
más volátiles de la destilación. Entre los productos más importantes obtenidos así se
encontraban el alcohol y los ácidos minerales: ácido nítrico, agua regia (una mezcla de
ácido nítrico y clorhídrico), ácido sulfúrico y ácido clorhídrico. Utilizando estos
poderosos reactivos podían realizarse muchas reacciones nuevas. El descubrimiento por
parte de los chinos de los nitratos y la pólvora llegó pronto a Occidente a través de
los árabes. Al principio, los chinos utilizaban la pólvora para los fuegos artificiales,
pero en Occidente se convirtió rápidamente en un elemento importante de la guerra. A
finales del siglo XIII ya existía
en Europa una tecnología química bastante eficaz.
El segundo tipo de manuscritos alquímicos transmitidos por los árabes concernía a la
teoría. Muchos de esos escritos revelaban un carácter místico que contribuía poco al
avance de la química, pero otros intentaban explicar la transmutación en términos
físicos. Los árabes basaban sus teorías de la materia en las ideas aristotélicas, pero
su pensamiento tendía a ser más específico, sobre todo en lo referente a la
composición de los metales. Ellos creían que los metales consistían en azufre y
mercurio, no propiamente estas sustancias que conocían muy bien, sino más bien el
principio del mercurio, que confería la propiedad de fluidez a los metales, y el
principio del azufre que convertía en combustibles a las sustancias y corroía a los
metales. Las reacciones químicas se explicaban en términos de cambios en las cantidades
de esos principios dentro de las sustancias materiales.
El renacimiento
Durante los siglos XIII y XIV, la influencia de Aristóteles sobre todas las ramas del pensamiento científico empezó a debilitarse. La observación del comportamiento de la materia arrojó dudas sobre las explicaciones relativamente simples que Aristóteles había proporcionado; estas dudas se expandieron con rapidez después de la invención (en torno al 1450) de la imprenta con tipos móviles. Después del 1500 aparecieron cada vez más trabajos académicos, así como trabajos dedicados a la tecnología. El resultado de este saber creciente se hizo más visible en el siglo XVI.
El nacimiento de los métodos cuantitativos
Entre los libros más influyentes que aparecieron en esa época había trabajos prácticos
sobre minería y metalurgia. Esos
tratados dedicaban mucho espacio a la extracción de los metales valiosos de las menas,
trabajo que requería el uso de una balanza o una escala de laboratorio y el desarrollo de
métodos cuantitativos (véase Análisis químico). Los
especialistas de otras áreas, especialmente de medicina, empezaron a reconocer la
necesidad de una mayor precisión. Los médicos, algunos de los cuales eran alquimistas,
necesitaban saber el peso o volumen exacto de la dosis que administraban. Así, empezaron
a utilizar métodos químicos para preparar medicinas.
Esos métodos fueron promovidos enérgicamente por el excéntrico médico suizo
Theophrastus von Hohenheim, conocido como Paracelso. Al crecer
en una región minera, se había familiarizado con las propiedades de los metales y sus
compuestos, que, según él, eran superiores a los remedios de hierbas utilizados por los
médicos ortodoxos. Paracelso pasó la mayor parte de su vida disputando violentamente con
los médicos de la época, y en el proceso fundó la ciencia de la iatroquímica (uso de
medicinas químicas), precursora de la farmacología. Él y sus
seguidores descubrieron muchos compuestos y reacciones químicas. Modificó la vieja
teoría del mercurio-azufre sobre la composición de los metales, añadiendo un tercer
componente, la sal, la parte terrestre de todas las sustancias. Declaró que cuando la
madera arde "lo que se quema es azufre, lo que se evapora es mercurio y lo que se
convierte en cenizas es sal". Al igual que con la teoría del azufre-mercurio, se
refería a los principios, no a las sustancias materiales que responden a esos nombres. Su
hincapié en el azufre combustible fue importante para el desarrollo posterior de la
química. Los iatroquímicos que seguían a Paracelso modificaron parte de sus ideas más
extravagantes y combinaron las fórmulas de él con las suyas propias para preparar
remedios químicos. A finales del siglo XVI, Andreas Libavius publicó su Alchemia,
que organizaba el saber de los iatroquímicos y que se considera a menudo como el primer
libro de química.
En la primera mitad del siglo XVII empezaron a estudiar experimentalmente las
reacciones químicas, no porque fueran útiles en otras disciplinas, sino más bien por
razones propias. Jan Baptista van Helmont, médico que dejó la
práctica de la medicina para dedicarse al estudio de la química, utilizó la balanza en
un experimento para demostrar que una cantidad definida de arena podía ser fundida con un
exceso de álcali formando vidrio soluble, y cuando este
producto era tratado con ácido, regeneraba la cantidad original de arena (sílice). Ésos
fueron los fundamentos de la ley de conservación de la masa. Van Helmont demostró
también que en ciertas reacciones se liberaba un fluido aéreo. A esta sustancia la
llamó gas. Así se demostró que existía un nuevo tipo de
sustancias con propiedades físicas particulares.
Resurgimiento de la teoría atómica
En el siglo XVI, los experimentos descubrieron cómo crear un vacío, algo que
Aristóteles había declarado imposible. Esto atrajo la atención sobre la antigua teoría
de Demócrito, que había supuesto que los átomos se movían en un vacío. El filósofo y
matemático francés René Descartes y sus seguidores
desarrollaron una visión mecánica de la materia en la que el tamaño, la forma y el
movimiento de las partículas diminutas explicaban todos los fenómenos observados. La
mayoría de los iatroquímicos y filósofos naturales de la época suponían que los gases
no tenían propiedades químicas, de aquí que su atención se centrara en su
comportamiento físico. Comenzó a desarrollarse una teoría cinético-molecular de los
gases. En esta dirección fueron notables los experimentos del químico físico británico
Robert Boyle, cuyos estudios sobre el muelle de aire
(elasticidad) condujeron a lo que se conoce como ley de Boyle, una generalización de la
relación inversa entre la presión y el volumen de los gases.
Flogisto: teoría y experimento
Mientras muchos filósofos
naturales especulaban sobre las leyes matemáticas, los primeros químicos intentaban
utilizar en el laboratorio las teorías químicas para explicar las reacciones reales que
observaban. Los iatroquímicos ponían especial atención en el azufre y en las teorías
de Paracelso. En la segunda mitad del siglo XVII, el médico, economista y químico alemán Johann Joachim Becher
construyó un sistema químico en torno a su principio. Becher anotó que cuando la
materia orgánica ardía, parecía que un material volátil salía de la sustancia. Su
discípulo Georg Ernst Stahl, hizo de éste el punto central de una teoría que
sobrevivió en los círculos químicos durante casi un siglo.
Stahl supuso que cuando algo ardía, su parte combustible era expulsada al aire. A esta
parte la llamó flogisto, de la palabra griega flogistós, inflamable.
La oxidación de los metales era análoga a la combustión y, por tanto, suponía pérdida
de flogisto. Las plantas absorbían el flogisto del aire, por lo que eran ricas en él. Al
calentar las escorias (u óxidos) de los metales con carbón de leña, se les restituía
el flogisto. Así dedujo que la escoria era un elemento y el metal un compuesto. Esta
teoría es casi exactamente la contraria al concepto moderno de oxidación-reducción,
pero implica la transformación cíclica de una sustancia (aunque fuera en sentido
inverso), y podía explicar algunos de los fenómenos observados. Sin embargo, recientes
estudios de la literatura química de la época muestran que la explicación del flogisto
no tuvo mucha influencia entre los químicos hasta que fue recuperada por el químico
Antoine Laurent de Lavoisier, en el último cuarto del siglo XVIII.
El siglo XVIII
En esa época, otra
observación hizo avanzar la comprensión de la química. Al estudiarse cada vez más
productos químicos, los químicos observaron que ciertas sustancias combinaban más
fácilmente o tenían más afinidad por un determinado producto químico que otras. Se
prepararon tablas que mostraban las afinidades relativas al mezclar diferentes productos.
El uso de estas tablas hizo posible predecir muchas reacciones químicas antes de
experimentarlas en el laboratorio.
Todos esos avances condujeron en el siglo XVIII al descubrimiento de nuevos metales y sus compuestos y
reacciones. Comenzaron a desarrollarse métodos analíticos cualitativos y cuantitativos,
dando origen a la química analítica. Sin embargo, mientras existiera la creencia de que
los gases sólo desempeñaban un papel físico, no podía reconocerse todo el alcance de
la química.
El estudio químico de los gases, generalmente llamados aires, empezó a
adquirir importancia después de que el fisiólogo británico Stephen Hales desarrollara
la cubeta o cuba neumática para recoger y medir el volumen de los gases liberados en un
sistema cerrado; los gases eran recogidos sobre el agua tras ser emitidos al calentar
diversos sólidos. La cuba neumática se convirtió en un mecanismo valioso para recoger y
estudiar gases no contaminados por el aire ordinario. El estudio de los gases avanzó
rápidamente y se alcanzó un nuevo nivel de comprensión de los distintos gases.
La interpretación inicial del papel de los gases en la química se produjo en Edimburgo
(Escocia) en 1756, cuando Joseph Black publicó sus estudios sobre las reacciones de los
carbonatos de magnesio y de calcio. Al calentarlos, estos compuestos desprendían un gas y
dejaban un residuo de lo que Black llamaba magnesia calcinada o cal (los óxidos). Esta
última reaccionaba con el álcali (carbonato de sodio) regenerando las sales
originales. Así, el gas dióxido de carbono, que Black denominaba aire fijo, tomaba parte
en las reacciones químicas (estaba "fijo", según sus palabras). La idea de que
un gas no podía entrar en una reacción química fue desechada, y pronto empezaron a
reconocerse nuevos gases como sustancias distintas.
En la década siguiente, el físico británico Henry Cavendish aisló el aire
inflamable (hidrógeno). También introdujo el uso del mercurio en lugar del agua
como el líquido sobre el que se recogían los gases, posibilitando la recogida de los
gases solubles en agua. Esta variante fue utilizada con frecuencia por el químico y
teólogo británico Joseph Priestley, quien recogió y estudió casi una docena de gases
nuevos. El descubrimiento más importante de Priestley fue el oxígeno; pronto se dio
cuenta de que este gas era el componente del aire ordinario responsable de la combustión,
y que hacía posible la respiración animal. Sin embargo, su razonamiento fue que las
sustancias combustibles ardían enérgicamente y los metales formaban escorias con más
facilidad en este gas porque el gas no contenía flogisto. Por tanto, el gas aceptaba el
flogisto presente en el combustible o el metal más fácilmente que el aire ordinario que
ya contenía parte de flogisto. A este nuevo gas lo llamó aire deflogistizado
y defendió su teoría hasta el final de sus días.
Mientras tanto, la química había hecho grandes progresos en Francia, particularmente en
el laboratorio de Lavoisier. A éste le preocupaba el hecho de que los metales ganaban
peso al calentarlos en presencia de aire, cuando se suponía que estaban perdiendo
flogisto.
En 1774, Priestley visitó Francia y le comentó a Lavoisier su descubrimiento del aire
deflogistizado. Lavoisier entendió rápidamente el significado de esta sustancia, y este
hecho abrió el camino para la revolución química que estableció la química moderna.
Lavoisier lo llamó oxígeno, que significa generador de ácidos.
El nacimiento de la química moderna
Lavoisier demostró con una serie de experimentos brillantes que el aire contiene un 20% de oxígeno y que la combustión es debida a la combinación de una sustancia combustible con oxígeno. Al quemar carbono se produce aire fijo (dióxido de carbono). Por tanto, el flogisto no existe. La teoría del flogisto fue sustituida rápidamente por la visión de que el oxígeno del aire combina con los elementos componentes de la sustancia combustible formando los óxidos de dichos elementos. Lavoisier utilizó la balanza de laboratorio para darle apoyo cuantitativo a su trabajo. Definió los elementos como sustancias que no pueden ser descompuestas por medios químicos, preparando el camino para la aceptación de la ley de conservación de la masa. Sustituyó el sistema antiguo de nombres químicos (basado en el uso alquímico) por la nomenclatura química racional utilizada hoy, y ayudó a fundar el primer periódico químico. Después de morir en la guillotina en 1794, sus colegas continuaron su trabajo estableciendo la química moderna. Un poco más tarde, el químico sueco Jöns Jakob, barón de Berzelius propuso representar los símbolos de los átomos de los elementos por la letra o par de letras iniciales de sus nombres.
Los siglos XIX y XX
A principios del siglo XIX, la precisión de la
química analítica había mejorado tanto que los químicos podían demostrar que los
compuestos simples con los que trabajaban contenían cantidades fijas e invariables de sus
elementos constituyentes. Sin embargo, en ciertos casos, con los mismos elementos podía
formarse más de un compuesto. Por esa época, el químico y físico francés Joseph
Gay-Lussac demostró que los volúmenes de los gases reaccionantes están siempre en la
relación de números enteros sencillos, es decir, la ley de las proporciones múltiples
(que implica la interacción de partículas discontinuas o átomos). Un paso importante en
la explicación de estos hechos fue, en 1803, la teoría atómica química del científico
inglés John Dalton.
Dalton supuso que cuando se mezclaban dos elementos, el compuesto resultante contenía un
átomo de cada uno. En su sistema, el agua podría tener una fórmula correspondiente a
HO. Dalton asignó arbitrariamente al hidrógeno la masa atómica 1 y luego calculó la
masa atómica relativa del oxígeno. Aplicando este principio a otros compuestos, calculó
las masas atómicas de los elementos conocidos hasta entonces. Su teoría contenía muchos
errores, pero la idea era correcta y se podía asignar un valor cuantitativo preciso a la
masa de cada átomo.
Teoría molecular
La teoría de Dalton no explicaba por completo la
ley de las proporciones múltiples y no distinguía entre átomos y moléculas. Así, no
podía distinguir entre las posibles fórmulas del agua HO y H2O2, ni podía explicar por
qué la densidad del vapor de agua, suponiendo que su fórmula fuera HO, era menor que la
del oxígeno, suponiendo que su fórmula fuera O. El físico italiano Amedeo Avogadro
encontró la solución a esos problemas en 1811. Sugirió que a una temperatura y presión
dadas, el número de partículas en volúmenes iguales de gases era el mismo, e introdujo
también la distinción entre átomos y moléculas. Cuando el oxígeno se combinaba con
hidrógeno, un átomo doble de oxígeno (molécula en nuestros términos) se dividía, y
luego cada átomo de oxígeno se combinaba con dos átomos de hidrógeno, dando la
fórmula molecular de H2O para el agua y O2 y H2 para las moléculas de oxígeno e
hidrógeno, respectivamente.
Las ideas de Avogadro fueron ignoradas durante casi 50 años, tiempo en el que prevaleció
una gran confusión en los cálculos de los químicos. En 1860 el químico italiano
Stanislao Cannizzaro volvió a introducir la hipótesis de Avogadro. Por esta época, a
los químicos les parecía más conveniente elegir la masa atómica del oxígeno, 16, como
valor de referencia con el que relacionar las masas atómicas de los demás elementos, en
lugar del valor 1 del hidrógeno, como había hecho Dalton. La masa molecular del
oxígeno, 32, se usaba internacionalmente y se llamaba masa molecular del oxígeno
expresada en gramos, o simplemente 1 mol de oxígeno. Los cálculos químicos se
normalizaron y empezaron a escribirse fórmulas fijas.
El antiguo problema de la naturaleza de la afinidad química permanecía sin resolver.
Durante un tiempo pareció que la respuesta podría estar en el campo de la
electroquímica, descubierto recientemente. El descubrimiento en 1800 de la pila voltaica,
la primera pila eléctrica real, proporcionó a los químicos una nueva herramienta que
llevó al descubrimiento de metales como el sodio y el potasio. Berzelius opinaba que las
fuerzas electrostáticas positivas y negativas podían mantener unidos a los elementos, y
al principio sus teorías fueron aceptadas. Cuando los químicos empezaron a preparar y
estudiar nuevos compuestos y reacciones en las que las fuerzas eléctricas parecían no
estar implicadas (compuestos no polares), el problema de la afinidad fue postergado por un
tiempo.