OSONIDO SER 23 DE FEBRERO
La CIA sabía que se preparaba el 23-F (La Razón)
Los servicios secretos de Estados Unidos, fundamentalmente la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y la DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa), estuvieron en todo momento informados de todos los detalles de la preparación y el des-arrollo del fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Los responsables de ambos departamentos destacados en Madrid mantuvieron numerosos contactos con los militares implicados en la asonada o con otros que podían facilitarles datos sobre la situación en el Ejército. En el momento del asalto al Congreso, los norteamericanos desplegaron toda su potencia teconológica a bordo de buques o aeronaves para captar las trasmisiones de radio de las unidades militares. Era impensable planear un golpe de Estado sin contar con el apoyo de los americanos o, al menos, con su luz verde. Ésa es la opinión unánime de militares pertenecientes a los servicios de inteligencia cuando se les pregunta, veinte años después, sobre una cara todavía oscura del 23-F: el papel que jugó Estados Unidos en la intentona golpista. Los militares consultados explican que la Península Ibérica, por su insustituible valor estratégico, es clave para los intereses militares estadounidenses y, en consecuencia, que los servicios de inteligencia norteamericanos han mantenido en España una nutrida nómina de agentes desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Pero el interés no se quedaba sólo en enviar espías. En los años cincuenta, a raíz del primer convenio bilateral, los militares españoles comenzaron a recibir cursos de formación en escuelas de inteligencia como Fort Bragg, de tal manera que los incipientes servicios secretos españoles quedaron, poco a poco, colonizados por Estados Unidos. Un ejemplo de hasta dónde llegaba el grado de control del espionaje norteamericano sobre los espías españoles lo relata el ex-coronel del CESID Juan Alberto Perote. En 1979, apenas dos años antes del 23-F, fue destinado como capitán al «Área 3», que se dedicaba a Contrainteligencia para los países del Este. La sede estaba en un inmueble de la calle Menéndez Pelayo de Madrid. Financiación de la CIA «Mi mayor descubrimiento mientras trabajé en Contrainteligencia -relata Perote- fue saber que aunque oficialmente dependíamos del CESID, nuestro patrón era la CIA. Ella era la que sufragaba el inmueble y nuestras gratificaciones en calidad de fondos reservados. Como se dice, el que paga manda, y esta dependencia me pareció siempre una escandalosa colonización que se extendía igualmente a otros ámbitos de la inteligencia. Cuando años después asumí cargos de cierta responsabilidad me empeñé en quitárnoslos de encima». Otro ejemplo del grado de colaboración entre los servicios españoles y norteamericanos en aquellos años previos al 23-F es el de un coronel que desempeñó puestos de responsabilidad en el CESID, y que desea guardar el anonimato en su entrevista con LARAZÓN. «Los oficiales norteamericanos, por poner un ejemplo, entraban y salían a su antojo de los despachos del servicio de inteligencia del Ministerio del Aire cuando aún no se había creado el Ministerio de Defensa». Otros testimonios coinciden en que los oficiales de inteligencia norteamericanos «Tenían acceso a nuestros estados de opinión y se conocían al dedillo los perfiles ideológicos de los jefes de las grandes unidades del Ejército y de los que integraban sus Estados Mayores». Este contacto continuo desembocaba, al poco tiempo, en estrechas relaciones personales. «Les invitábamos a nuestras casa a comer platos típicos que les encantaban y nosotros íbamos a sus barbacoas, pues casi todos alquilaban chalés a las afueras de Madrid», explica el citado coronel. Los almuerzos de la DIA En este ambiente trabajaba el jefe de estación de la DIA, la Agencia de Inteligencia de Defensa dependiente del Pentágono, en los meses previos al 23-F. Se trataba de un comandante, apellidado Mc Donald, que se quedó a vivir en Madrid después de acabar el curso de Diplomado de Estado Mayor que había venido a realizar a España. En el otoño de 1980, en plena preparación del golpe al tiempo que Tejero, Cortina, Milans, Armada, mantenían encuentros discretos en varios pisos de Madrid, Mc Donald almorzaba con sus compañeros de promoción destinados todos ellos en puestos claves del Ejército con el fin de conocer sus opiniones. Los militares entrevistados insisten en que era prácticamente imposible montar un golpe de Estado sin levantar primero las sospechas de los americanos y que después tomaran cartas en el asunto. El ex-comandante Ricardo Pardo Zancada, que en la tarde del 23-F se puso al frente de la columna de vehículos militares de la División Acorazada que llegó hasta las puertas del Congreso, en su libro «23-F, la pieza que faltaba» aporta un elocuente testimonio sobre el grado de conocimiento que la CIA tuvo del golpe. «Cortina expone a Tejero en los días previos -asegura Pardo Zancada- que se han mantenido contactos de índole internacional y habla del apoyo de la Santa Sede y de Estados Unidos. Este país ha dado su conformidad, dice con desparpajo sin límites. Y explica para dar mayor fuerza a sus palabras, que aplicarán en España la denominada doctrina Estrada de no injerencia en asuntos internos de otros países. La operación cuenta, prosigue Cortina sin pararse en barras, con la aprobación del secretario de Estado mister Haig. El comandante exagera sin duda en su afirmación, pero sí son ciertas sus conexiones con la CIA. Tengo testimonios de ello que no puedo revelar». Alexander Haig declaró desde Washington al conocer el asalto al Congreso que era «un asunto interno español». Cuando el golpe fracasó tuvo que rectificar y manifestó que se congratulaba de que en España hubiera triunfado la democracia. El ex coronel Perote, muy alejado de las posiciones ideológicas de Pardo Zancada, afirma en su último libro «23-F: ni Milans ni Tejero» que «Cortina mantenía desde hace algún tiempo una relación bastante fluida con Ronald E. Estes, el jefe de la delegación de la CIAen España. Ambos se habían reunido en numerosas ocasiones en el Hotel Eurobuilding para intercambiar información. El agente norteamericano tenía una vasta experiencia en asuntos europeos y había estado destinado en lugares conflictivos como Chipre, Praga, Beirut y Atenas. En la capital griega había permanecido durante los dos años previos al golpe de Estado que planearon los generales en 1976». José Luis Cortina era el oficial del CESID que desempeñaba la jefatura de la Agrupación de Operaciones y Medios Especiales (AOME) y, a juicio de los militares con los que se ha entrevistado este periódico, el «hombre de campo», en la jerga de los servicios de inteligencia, que se encargó de coordinar el 23-F enmendando la plana a sus propios mentores con brillantes aportaciones personales como, por ejemplo, ser el enlace con la CIA y la DIA, sin cuyo conocimiento no pudo fraguarse la «Operación Armada». Ésta se proponía la formación de un gobierno de «concentración nacional» para reconducir la situación política. De que los servicios secretos norteamericanos conocían el golpe del 23-F, no hay duda. Junto a las reuniones de Cortina con el embajador Terence Todman y el jefe de estación de la CIA, Ronald Estes, los testimonios aportados por los militares de los servicios de inteligencia entrevistados son elocuentes. Las bases de Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza fueron puestas en estado de alerta el jueves 19 de febrero y sus pilotos acuartelados. Desde fechas anteriores, buques de la VI Flota en el Mediterráneo fueron situados cerca del litoral español. La tarde-noche del 23-F en la que Milans sacó los tanques a las calles de Valencia, aviones estadounidenses de inteligencia electrónica del 86 Escuadrón de Comunicaciones desplegados en la base de Ramstein (Alemania) sobrevolaron el centro y sur de la Península interceptando las transmisiones vía radio entre las diferentes unidades del Ejército, las Capitanías y los Cuarteles Generales. En las primeras horas de la noche, TerenceTodman, el hombre que probablemente más sabía del golpe, abandonó la embajada, que también es la residencia del embajador, en su coche oficial con la bandera de los EE UU ondeando en el frontal, fuertemente escoltado. Dónde estuvo aquella noche, veinte años después, es un misterio.