Informe Especial:

“Adaptógenos”: una farsa “natural” (Primera parte)

Javier Garrido
Médico

La naturomanía sigue en alza. Y continúa funcionando como una de las coartadas preferidas de la variopinta turba de traficantes de inutilidades “alternativas”, a la hora de afrontar a un público ansioso de soluciones fáciles. El penúltimo alarido de esta moda, que medra amparada en el analfabetismo científico del público, la constituyen los adaptógenos.

Quizá resulte pertinente conocer algo sobre los antecedentes de esos polícromos envases que hoy inundan los estantes de farmacias y supermercados. El término “adaptógeno” fue acuñado en los años cincuenta del siglo pasado por el investigador soviético Israel Brekhman, considerado “el padre de la medicina herbaria” en Rusia. Básicamente, se refiere a sustancias de origen botánico que (teóricamente) ostentan las características de ser inocuas y capaces de mantener o restituir las funciones normales del organismo frente a agresiones (fundamentalmente el stress), mediante un mecanismo de acción inespecífico. Buena parte de las ideas de Brekhman derivaron del estudio de la farmacopea tradicional del extremo oriente, en especial de la china.

Considerado desde el punto de vista científico, el concepto de “adaptógeno” peca de una vaguedad esencial, atribuible en general a los precarios conocimientos que se tenían para la época sobre farmacología y los complejos fenómenos fisiológicos ligados al stress. Por lo pronto, el criterio del mecanismo de acción “inespecífico” ha demostrado ser falso en la medida en que se conocen mejor los efectos farmacológicos de los componentes activos de las plantas. Resulta aleccionador constatar que la palabra “adaptógeno” ni siquiera está incluida en la nomenclatura médica normalizada, como por ejemplo en el Medical Subject Headings (MeSH).

La publicidad comercial de los “adaptógenos” les suele atribuir el éxito de los atletas olímpicos de la antigua Unión Soviética, a pesar de que a otros países tampoco les fue mal sin ellos. Esta es una afirmación que debe ser tomada con pinzas, pues ese mismo “éxito” le ha sido adjudicado a tratamientos con máquinas generadoras de iones y cosas por el estilo. También se suele oír que su tardío “descubrimiento” por Occidente se debe al secretismo soviético durante la guerra fría, pero esto se contradice con el hecho de que muchos de los estudios realizados por Brekhman aparecen indexados en la literatura médica occidental al menos desde 1965.

A estas alturas, es conveniente recordar que por alguna curiosa aberración mental la estadounidense Food and Drug Administration (FDA) clasifica a los suplementos herbarios como alimentos y no como drogas. En consecuencia, no se exige a sus fabricantes que demuestren su eficacia y seguridad. Los supuestos “adaptógenos” están en ese caso.

  Los “adaptógenos” llegan a Venezuela

  La moda “adaptogénica” hizo su entrada triunfal a Venezuela en 1997, de la mano de José Olalde, un ingeniero “especialista en satélites artificiales” que ha hecho fortuna en el submundo de las seudomedicinas. Desde el principio, el fenómeno resulta idiosincrásico: Olalde ha inscrito como marcas registradas los vocablos “adaptógeno” y “adaptogénico”; si estos fueran en realidad términos científicos, eso sería algo tan extravagante como que alguien intentara registrar la palabra “antibiótico”. La empresa de Olalde, Representaciones No Hagas Dietas Olalde C.A. (una denominación ciertamente demagógica) en realidad se dedica a distribuir los productos del laboratorio Nulab Inc. de Los Angeles, California. Por otro lado, bajo la etiqueta “adaptógeno” este ingeniero ha colocado en el mercado una serie  de productos que no figuran como tales en ninguna otra parte, incluyendo algunos que ni siquiera son de origen herbario (ya veremos algunos ejemplos).

Entre los defectos del ingeniero Olalde no se encuentra precisamente la modestia: se autoproclama “investigador en fitoterapia” y suele vanagloriarse se dictarle seminarios “a médicos”. Además, no tiene reparos en comparar su “gesta” adaptogénica con las de Einstein, Galileo y Roger Bacon. También califica a su “Noticiero Adaptogénico” (una gacetilla de una hoja escasa) como “el más importante instrumento de divulgación de medicina complementaria del país”. Se atribuye los descubrimientos, jamás registrados ni en la más mediocre publicación científica, de La Primera Regla de Oro de la Medicina Herbaria, la Teoría de Systemics, y La Tercera Ley de los Sistemas. Sin poseer credenciales en medicina o nutrición, ha publicado tres libros sobre estos temas (pero, curiosamente, ninguno sobre satélites artificiales). A su alrededor ha congregado una variopinta trouppe de profesionales de las ciencias de la salud, en la que se incluyen desde farmacólogos hasta acupuntores y otros “especialistas” en medicinas alternativas. El miembro más conspicuo y ruidoso de esta corte de los milagros es el pediatra Meyer Magarici, compañero inseparable de Olalde a la hora de dar la cara ante los medios de comunicación.  

Olalde ostenta su propio monopolio de prejuicios y opiniones discutibles: este abnegado defensor de la fitoterapia ha calificado a los comercios en los que tradicionalmente se venden los productos herbarios como “oscuras yerbaterías”, y supone que las intoxicaciones por vitaminas “son conceptos de libro”. Pondera los “enormes recursos y esfuerzos a la investigación y diseminación de los conocimientos sobre Fitoterapia” que hace su empresa, y no desdeña apelar al manoseado recurso del victimismo y de los intereses oscuros de “los laboratorios fabricantes de fármacos sintéticos internacionales” (ignorando, muy convenientemente, que más de uno ya se ha sumado a la ola “natural”, como Boehringer Ingelheim y Leti). En la segunda parte de este artículo discutiremos un vívido ejemplo de esos ímprobos “esfuerzos de investigación”.

¿Efectivos? ¿Inocuos?

  Antes que nada, destaquemos el hecho de que si bien los “adaptógenos” se consideran desde el punto de vista “oficial” suplementos herbarios o nutricionales, en la práctica son promocionados siempre y sin el menor rubor como medicamentos. Desde el aborto a repetición hasta el varicocele, pasando por el SIDA, la soriasis y la eyaculación precoz, al parecer sirven para todo. La punta de lanza de la publicidad de los “adaptógenos” es definirlos como sustancias a la vez efectivas, inocuas y más económicas que las terapias convencionales. Obviaremos el aspecto económico, y nos centraremos en su efectividad y seguridad. ¿Qué hay de claro al respecto?

Extrañamente, en la literatura biomédica la información sobre los “adaptógenos” ralea. En una entrevista aparecida en el diario El Universal (4 de agosto de 2002), José Olalde proclamó la existencia de “50.000 estudios serios” sobre los “adaptógenos” en la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Para el público general, cabe explicar que los estudios clínicos se publican en revistas científicas. Y las revistas se indexan en bases de datos como el Medline, que es la de ¡oh sorpresa! la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Una revisión en Medline utilizando como criterio de búsqueda “adaptogen OR adaptogenic OR adaptogens” proporciona un lánguido total de 178 estudios indexados. Bastante lejos de 50.000. De estos 178, apenas 10 son propiamente ensayos clínicos en humanos.

Por supuesto que se pueden ubicar otros estudios si la búsqueda se realiza por los compuestos herbarios individuales (por ejemplo, Echinacea, Astragalus, Leuzea, etc.) y si se obvia el requisito de que dichos compuestos hayan sido estudiados en cuanto a sus propiedades como “adaptógenos”. Aún así, los resultados son decepcionantes.

Tomemos, por ejemplo, la muy ensalzada Leuzea carthamoides, comercializada como “Russ-Olympic”, y a la que se atribuyen toda suerte de propiedades milagrosas, desde aumentar la masa muscular y mejorar la circulación sanguínea
cerebral hasta fortalecer el sistema inmune e incrementar el interés sexual.  Este prodigio solo tiene en su haber cuatro estudios clínicos en humanos (dicho sea de paso, ninguno de estos se enfoca en el interés sexual, o en la circulación sanguínea cerebral). Otro de los “adaptógenos originales”, el “ginseng siberiano” (
Eleutherococcus senticosus), de supuestas propiedades ergogénicas, viene respaldado por 10 ensayos clínicos,  y de estos, en los dos mejor diseñados no se encontró ningún efecto positivo. Otro tanto ocurre con la celebérrima Echinacea, el “adaptógeno” estrella en la prevención del resfriado común.  Solo existen 17 estudios en humanos, de los que 13 fueron al azar y controlados. De los siete estudios específicamente centrados en el resfriado común, en tres no se encontró el menor efecto terapéutico o profiláctico (adicionalmente, la Echinacea también fracasa en el tratamiento del herpes genital). Quizá no estemos muy descaminados ni seamos excesivamente injustos si calificamos la eficacia de todas estas maravillas de “dudosa”, por decir lo menos.

Para “demostrar” la eficacia de sus productos, Olalde también suele apelar al consabido recurso de la evidencia anecdótica. Una y otra vez se refiere machaconamente al “pie diabético curado” y a los “4000 pacientes” que ha salvado a pesar de estar desahuciados por la medicina convencional. Pues bien, es en verdad una lástima que sus médicos “adaptogénicos” no hayan encontrado tiempo para redactar un informe científico de todos estos portentos. Y en verdad que son portentosos, pues ni siquiera en los ensayos clínicos más optimistas sobre los “adaptógenos” aparecen milagros semejantes. Olalde parece considerar que el público está en la obligación de confiar ciegamente en su palabra; yo, por mi parte, no comparto esa opinión, e invito al lector interesado a comprobar mis datos en el acceso a Medline en la web, PubMed, en http://www.ncbi.nlm.nih.gov/PubMed/

Otro tanto cabe decir respecto a la inocuidad de los “adaptógenos”. Siendo estrictos, más que de inocuidad deberíamos hablar de la seguridad. A pesar de su amplio uso, los estudios a gran escala sobre la toxicidad de los medicamentos herbarios son escasos. Ciertamente, algunas de estas sustancias parecen ser muy poco tóxicas, a pesar de lo cual han estado implicadas en reacciones alérgicas y otros efectos colaterales. En The Special Nutritionals Adverse Event Monitoring System (SN/AEMS) de la FDA figuran, hasta 1999, 64 reportes de efectos colaterales del Astragalus, 52 para la  Echinacea, 105 de la centella asiática, 5 del ginseng coreano y 126 del Ginkgo biloba. En la medida en que se ha incrementado su uso, también los informes de efectos colaterales, en especial en los últimos diez años.

En muchos casos, el riesgo de interacciones con otros fármacos está bien documentado (algo preocupante si se considera que la gente que ingiere estos compuestos suele estar enferma, y casi con seguridad está recibiendo medicamentos). La hierba de San Juan o “St. John´s Wort” (Hypericum perforatum), la kava, el Ginkgo biloba, y la valeriana interfieren con la actividad del citocromo P450, fundamental en el metabolismo de diversas drogas. El Ginkgo biloba, el Dong quai y el ginseng coreano tienen actividad antiplaquetaria y anticoagulante. En otros casos, simplemente la información de sus posibles efectos a largo plazo no existe (por ejemplo, en el caso de la Echinacea). Existen reportes de nefrotoxicidad de la valeriana, y de síndrome de Stevens-Johnson y cambios en el estado mental con el ginseng coreano. El famoso Gingko biloba tiene toda una constelación de efectos colaterales reportados, entre ellos trastornos psíquicos, convulsiones y sangrados espontáneos.

Todos estos datos suelen ser cuidadosamente minimizados en la promoción de los “adaptógenos”. Por ejemplo, en la monografía sobre el Ginseng siberiano en la página de Adaptógenos Internacionales encontramos esta cauta advertencia, puesta como de paso: “Aparentemente incrementa los niveles séricos de digoxina”. Dado que se trata de un problema potencialmente mortal, cualquiera diría que ameritaría una advertencia algo más contundente.

La absurda fama de “inocuidad” de los medicamentos herbarios tiene a veces consecuencias trágicas. Un caso reciente lo demuestra. La kava (Piper methysticum) ha sido publicitada como promotora de la relajación, y para atenuar los trastornos posmenopáusicos. Un informe reciente de la FDA la involucra en 25 casos de hepatotoxicidad severa, 4 de los cuales requirieron trasplante.

Concluyamos señalando la opinión emitida por Ernst en una revisión reciente sobre la eficacia y seguridad de diversos medicamentos herbarios (Ann Intern Med 2002 Jan 1;136(1):42-53): “Ninguna de estas hierbas está libre de efectos adversos. Debido a que la evidencia es incompleta, las evaluaciones riesgo-beneficio no son completamente confiables”.

 

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Texto publicado en Lúcido N° 6, Octubre de 2002

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