Dios escuchó la oración de la pobre viuda. Varios días después que el
sacerdote se llevó nuestra vaca, ella recibió una carta de cada una de sus dos
hermanas, Genevieve y Catherine.
La primera, casada con Etienne Eschenbach de St.Thomas, le dijo que vendiera
todo y viniera con sus hijos a vivir con ella. Nosotros no tenemos familia,
dijo, y Dios nos ha dado abundancia. Con mucho gusto lo compartiremos con
ustedes.
La segunda, casada en Kamouraska con Don Amable Dionne, escribió: Supimos la
triste noticia de la muerte de tu esposo. Hace poco, nosotros también perdimos
nuestro único hijo. Quisiéramos llenar el vacío con Carlos tu hijo mayor. Lo
criaremos como nuestro propio hijo y pronto él será tu sostén. Mientras tanto,
vende en subasta todo lo que tienes y ve a St. Thomas con los dos
chiquitos.
En pocos días, se vendieron todos nuestros muebles. Desgraciadamente, aunque
había ocultado cuidadosamente a mi querida Biblia, ella desapareció. ¿Habría
renunciado mi madre a ese tesoro, amenazada por un sacerdote? o ¿lo habría
destruido alguno de nuestros familiares, creyendo que eso fuera su deber? No lo
sé, pero sentí profundamente la pérdida.
Al día siguiente, con sollozos y lágrimas amargas, me despedí de mi pobre
madre y mis hermanitos. Ellos se fueron a St. Thomas y yo a Kamouraska.
Mis tíos me recibieron con cariño sincero. Cuando se enteraron que yo deseaba
ser sacerdote, me llevaron a estudiar latín bajo la dirección del Rev. Sr.
Morín, Vicario de Kamouraska.
El era un hombre instruido, entre cuarenta y cincuenta años de edad y había
sido sacerdote en Montreal. Pero, como sucede en la mayoría de los sacerdotes,
su voto de castidad no era suficiente garantía contra los encantos de una de sus
hermosas feligresas. El escándalo le costó el puesto y el Obispo le mandó a
Kamouraska donde era desconocido. El me trató bien y yo le correspondí con
afecto sincero.
Un día, al principio de 1822, él me llamó aparte y me dijo, —El Sr. Varín, el
párroco, acostumbra a hacer una gran fiesta en sus cumpleaños. Ahora, los
principales ciudadanos del pueblo, desean presentarle un ramo de flores. Yo fui
nombrado a escribir un discurso y escoger a alguien para presentarlo delante del
sacerdote y yo te escogí a ti, ¿Que te parece?
—Pero yo soy muy joven, —repliqué.
—Tu juventud sólo lo hará más interesante, —dijo el sacerdote.
—Bueno, no tengo inconveniente, siempre que el pasaje sea corto y tenga
suficiente tiempo para aprenderlo.
Todo se preparó y llegó la hora. Como quince caballeros e igual número de
damas de la alta sociedad de Kamouraska se reunieron en las salas hermosas de la
casa parroquial. El Sr. Varín estaba presente cuando el galán Paschall Tache y
su dama entraron conmigo. Fui colocado en medio de los invitados. Mi cabeza fue
coronada de flores, porque yo debía representar al ángel de la parroquia,
escogido para dar a su pastor la expresión pública de admiración y gratitud.
Cuando el discurso terminó, yo presenté al sacerdote un ramo hermoso.
El Sr. Varín era chaparro, pero fornido; inteligencia y bondad irradiaban de
sus expresivos ojos negros y su sonrisa graciosa. Era un anfitrión encantador y
estaba apasionadamente aficionado a estas fiestas.
Fue conmovido hasta las lágrimas al oír el discurso y expresó su gozo y
gratitud por ser tan altamente apreciado por sus feligreses.
Después que el pastor feliz expresó las gracias, las damas cantaron dos o
tres cantos hermosos. Entonces abrieron las puertas del comedor; delante de
nosotros estaba una mesa larga, repleta de las carnes y los vinos más deliciosos
que Canadá puede ofrecer.
Nunca antes había asistido al banquete de un sacerdote. Además del Sr. Varín
y su vicario, otros tres sacerdotes fueron colocados artísticamente entre las
damas más hermosas de la compañía. Las damas, después de honrarnos con su
presencia cerca de una hora, se retiraron a la sala de recepción.
El Sr. Varín se levantó y dijo: —Caballeros, brindemos a la salud de estas
amables damas cuya presencia ha hecho más agradable la primera parte de nuestra
pequeña fiesta.
Siguiendo al Sr. Varín, cada invitado llenó y vació su copa de vino. Luego,
el galán Tache propuso: —A la salud del sacerdote más venerable y amado de
Canadá, el reverendo señor Varín.
Nuevamente las copas fueron llenadas y vaciadas, excepto la mía, porque yo
estaba sentado al lado de mi tío Dionne quien con su mirada severa me dijo: —Si
tomas otra, te mandaré retirar de la mesa.
Hubiera sido difícil contar cuántos brindis hicieron, porque después de cada
brindis pedían un canto o un cuento, los cuales producían aplausos, gritos de
gusto y risa convulsiva. Cuando llegó mi turno para proponer un brindis, yo
quería que me dispensaran, pero ellos rehusaron eximirme. Levantándome de mi
silla, volteé al Sr. Varín y le dije: —¡Brindemos a la salud de nuestro Santo
Padre, el Papa!
Nadie, hasta entonces, había pensado en el Papa, así que, la mención de su
nombre por un niño, bajo tales circunstancia, parecía tan divertido a los
sacerdotes y sus alegres invitados que prorrumpieron en carcajadas, golpeando el
suelo con sus pies y gritando: ¡Bravo, bravo! ¡A la salud del Papa!
Tantos brindis no podían ser tomados sin tener su efecto natural: la
embriaguez. El primero que sucumbió fue el Padre Noel. Yo había notado que en
lugar de usar su copa, frecuentemente tomaba de un vaso grande. Los síntomas de
su embriaguez se manifestaron cuando intentó llenar su vaso. Su mano tembló
tanto que la botella cayó al suelo y se rompió. Queriendo seguir con alegría,
empezó a cantar un canto Báquico, pero no pudo terminar, y su cabeza cayó en la
mesa. Cuando intentó levantarse, cayó pesadamente en su silla.
Los otros sacerdotes y sus invitados sólo le miraban, riéndose
estrepitosamente. Con un esfuerzo desesperado se levantó, pero después de dar
dos o tres pasos, cayó de cabeza en el suelo. Sus dos vecinos acudieron a
ayudarle, pero no pudieron; los tres rodaron bajo la mesa. Por fin, otro, menos
afectado por el vino, le agarró de los pies y le arrastró a un cuarto contiguo
donde lo dejó.
Esta primera escena me parecía bastante extraña, porque nunca había visto a
un sacerdote borracho. Pero lo que más me asombró era la risa de los demás
sacerdotes ante ese espectáculo.
Cuando los sacerdotes y sus amigos habían cantado, reído y tomado por más de
una hora, el Sr. Varín se levantó y dijo: —Las damas no deben quedarse solas
toda la tarde, ¿No serán doble nuestro gozo y felicidad si ellas los comparten
con nosotros?
Esta proposición fue aplaudida y pasamos a la sala de recepción donde nos
esperaban las damas. Varias piezas de música bien ejecutadas avivaron esta parte
del espectáculo. Este recurso, sin embargo, pronto fue agotado. Además, varias
de las damas notaban claramente que sus esposos estaban medio borrachos y se
sentían avergonzadas.
Lo que más temía el Sr. Varín era una interrupción en las festividades que
frecuentemente ocurrían en su casa parroquial: —Bien, bien, damas y caballeros,
no alberguemos ningún pensamiento oscuro esta noche, la más feliz de mi vida.
Vamos a jugar a la gallina ciega.
—¡Vamos a jugar a la gallina ciega! —repitieron todos.
—¿Pero a quien tapamos los ojos primero? —preguntó el sacerdote. —Los tuyos,
Sr. Varín, —gritaron todas las damas, —Miramos a ti como buen ejemplo y lo
seguiremos.
El Sr. Varín consintió e inmediatamente una de las damas colocó su pañuelo
perfumado sobre los ojos de sus sacerdote y le llevó al centro del cuarto,
empujándolo suavemente y diciendo: —¡Señor ciego! ¡Huyan todos, sálvese quien
pueda!
No hay nada más curioso ni cómico que observar a un hombre embriagado,
especialmente si no quiere que nadie lo note. Tal fue la posición del Sr.
Varín.
Daba un paso hacia adelante y dos hacia atrás y se tambaleaba hacia la
derecha y la izquierda. Todos se reían a carcajadas. Uno tras otro, le
pellizcaba o le tocaba suavemente en la mano, brazo u hombro y pasando rápido,
gritaba: —¡Córrele! De pronto agarró el brazo de una dama que se le acercó
demasiado. Ella luchó en vano para escapar, porque la mano del sacerdote la
detuvo firmemente. Usando la otra mano intentó tocar su cabeza para saber el
nombre de su cautiva bonita. Pero, en ese momento, se debilitaron sus piernas y
se cayó, arrastrando su feligresa hermosa al suelo. Ella se volteó encima de él
para escapar, pero de pronto él se volteó encima de ella para detenerla
mejor.
Aunque este incidente sólo duró un momento, duró lo suficiente para hacer
sonrojar a las damas, quienes cubrían sus caras. Esto terminó el juego. ¡Nunca
en mi vida había visto algo tan vergonzoso!
Solamente las mujeres sintieron vergüenza, porque los hombres estaban
demasiado embriagados para sonrojar. Los sacerdotes o eran demasiado borrachos o
demasiado acostumbrados a esas escenas para avergonzarse.
Al día siguiente, cada uno de estos sacerdotes celebró la misa y comió lo que
llaman el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, como si hubieran
pasado la noche anterior en oración y meditación en las leyes de Dios.
Así, oh pérfida Iglesia de Roma, engañaste a las naciones que te siguen y
estropeaste aun a los sacerdotes a quienes esclavizaste.