Ilustración de Beall Smith Andersen´s Fairy Tales London: The Macmillan Company, 1963
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La
maravillosa cámara de Lai-Lai
Antonio Orlando Rodríguez En África retrató las pirámides de Egipto y las cataratas del lago Victoria; en Europa, la catedral de Notre Dame y los jardines de Catalina la Grande; y en América, la estatua de la Libertad y las ruinas de Machu-Pichu. Pero resultó que, cuando navegaban por en vuelta del mar Caribe, un terrible huracán hizo zozobrar la embarcación y todos los tripulantes perecieron, menos el fótógrafo chino, que tuvo la afortunada idea de encaramarse encima de su cámara. Así, flotando y flotando al compás de las mareas, alimentándose de algas y camaroncitos y bebiendo el agua de lluvia que conseguía recoger en su sombrero, el náufrago navegó durante varias semanas. Hasta que por fin, un amanecer, distinguió a lo lejos un manchón pardusco. Al principio creyó que se trataba de un tiburón gigante y se despidió de la vida; pero luego se percató de que era una isla y empezó a gritar en pequinés: "¡Tierra, tierra!" y a patalear de alegría. De esa manera llegó Lai-Lai, hace muchos, nadie recuerda cuántos años, a la playa de Varadero. Desde entonces, todas las mañanas, no importa que llueva o haga frío, se echa al hombro su anticuada cámara de cajón y sale con ella rumbo a la orilla del mar, a retratar a los vacacionistas. Dondequiera que encuentra a alguien bañándose, Lai-Lai se detiene, coloca su cámara sobre el trípode, mete la cabeza debajo del paño oscuro, cierra un ojo y con el que deja abierto mira por un agujerito, y enseguida está lista la fotografía. Sólo que, desde el chapuzón del naufragio, la cámara de Lai-Lai lo retrata todo distinto. Cuando él aprieta la perilla de disparar, de no se sabe dónde sale una música china muy rara, y en las fotos las cosas aparecen trastocadas, no como son, sino como pudieran ser. Las muchachas bonitas se transforman en corales; los jóvenes, en apuestos hipocampos; las tías gruñonas, en erizos; los gordos, en esponjas; los chiquillos, en caracoles y conchas; y los envidiosos, en medusas. Y lo más extraño es que la gente queda encantada con sus retratos. Parece que les gusta verse convertidos en almejas, pulpos o sargazos. Todos quieren a Lai-Lai, lo llaman cuando viene por la arena dorada, caminando en zig-zag con sus pies que parecen muelas de cangrejo. Lo invitan a tomar cerveza y a comer mamoncillos y le hacen bromas: "¿Quién eres tú, Lai-Lai? ¿Una estrella de mar? ¿Acaso un delfín?" Él sonríe y suspira, a todo dice que sí, pero callado siempre, como si estuviera pensando en otra cosa, en algo que nadie ha logrado adivinar. Una tarde, cuando ya los bañistas se habían retirado y la playa estaba solitaria y tibia, unos niños que correteaban sin rumbo encontraron al fotógrafo chino sentado sobre una roca. Estaba tirándole pescaditos secos a un viejo pelícano y contemplaba, ensimismado, el horizonte, quién sabe si acordándose de cuando comía el arroz con palitos. Los muchachos se acercaron a él sin hacer ruido y se metieron debajo del manto negro de la cámara; apretaron la perilla de disparar, junto a las olas se escuchó por un instante la música rara y, cuando Lai-Lai vino a darse cuenta de la travesura, ya lo habían retratado. Entonces apareció la foto y los niños, que esperaban ver
un delfín o una estrella de mar, un coral o un hipocampo, descubrieron,
asombrados, que Lai-Lai era apenas un montoncito de espuma, sólo
eso. Un puñado de casi nada, una pizca de magia que anda suelta
por ahí, embelleciéndole la vida a la gente.
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