El Ojo Breve/ El encierro (lo)cura


En inglés, "bedlam" es confusión o bulla. La palabra tiene un origen preciso: es el nombre popular de la institución de enfermos mentales más antigua del orbe, el hospital psiquiátrico de Bethlehem, fundado en Londres hacia 1247, y que por lo menos desde el Siglo 14 albergó "pacientes distraídos", "lunáticos" y los llamados "idiotas" con el supuesto fin de curarlos. Desde el siglo 17 y hasta el 19, el Bedlam fue también una atracción turística: pagando un penique de entrada, los caballeros y damas ingleses lo visitaban para divertirse mirando a los locos, práctica que William Hoghart inmortalizó en A Rake's Progress (1735). Fue también en ese hospital donde un paciente, el pintor visionario Richard Dadd, hizo sus maravillosos cuadros de hadas, y donde a mediados del Siglo 19, los psiquiatras enseñaban a los pacientes fotografías creyendo que sanarían mirando sus imágenes.
A esa larga historia que une a la institución con la obsesión occidental por someter la locura tanto a la clausura como a la representación (lo que Michel Foucault llamó "el vínculo de una cultura con aquello mismo que ella excluye"), se añade ahora la videoinstalación Soy feliz porque todos me quieren, del artista venezolano Javier Téllez 1969). Partiendo de una colección de casas para pájaros hechas por los internos del Bedlam como parte de su tratamiento, Téllez construyó una enorme pajarera que ocupa el centro de la sala de exhibición. Tellez invita al espectador a entrar en la pajarera y sentarse sobre una banca acolchonada, con sábanas traídas del psiquiátrico de Bethlehem. Desde ahí, uno se ve forzado a mirar a través de una perforación circular la proyección de un video donde un grupo de enfermeros práctica técnicas para someter físicamente a los pacientes que se tornan agresivos o pretenden escapar. La rutina consiste en tomar al sujeto del cuello para tumbarlo sobre el suelo de bruces y con los brazos en cruz, lo que tiene mucho en común con los métodos policiacos de detención. Todo el tiempo, la imagen se acompaña con una de las canciones más melosas de la historia: Nel blu dipinto di blu (1958), de Modugno y Migliacci, mejor conocida como Volare. La ironía no podía ser más fina ni más brutal: mientras que la canción invita a escapar más allá del sol en "el azul del cielo", los enfermeros aprenden cómo inmovilizar a sus pacientes contra el suelo.
Así es como uno se percata del acto fallido de hacer que los internos fabriquen casitas para pájaros: se les induce a fantasear con las aves al tiempo que representan su confinamiento. Curiosa coincidencia: hace 150 años, Charles Dickens visitó el hospital de Bethlehem convencido que los locos vivían nuestros sueños. Un interno le dijo: "Señor, yo vuelo frecuentemente". Dickens comentó: "Me sentí un tanto avergonzado al pensar que yo también a veces volaba -pero de noche."