-La
última palabra, la última suerte, la última muerte, la última solución.
-Sí.
Algo así.
Limpias las hojas de la
piscina. El cielo, plateado, vientre de un gran pez. El césped, todavía húmedo de
la reciente lluvia. Llevas con indolencia la camisa y la corbata que tanto te
subyugaron en aquella foto de Mapplethorpe. Tus manos finas se encallecen
contra el mango de madera.
Has adelgazado tanto...
Sin embargo, te sientes mucho mejor desde aquella mañana que te despertaste y
el espejo te dio una sorpresa digna de Virginia Woolf. Una mariposa negra
(crisálida poco antes) volaba en derredor.
Pasas lista a tus
debilidades pretéritas. A tu vida como oruga. A lo pródiga que fue la gente
contigo: en putadas, redondas, acabadas, pulidas como joyas. Pero tan cicatera
en gestos empáticos...: siempre grises, descoloridos, deslavazados, sin asomo
de riesgo ni de entrega. Siempre te vieron como una patata caliente en la que
no valía la pena invertir, sin red, ni capital ni afecto ni principios... La
gente contigo siempre nadó (poco) y (sobre todo) guardó la ropa.
Ahora es diferente. Trina
te legó la casa grande y el jardín secreto. Y una pequeña fortuna con la que
jugar el Gran Juego (ella siempre te hablaba del Gran Juego, algo que le había
enseñado una hermosa bruja escocesa y que apenas un puñado de escogidos en todo
el planeta saben interpretar). Tu melena corta y fosca se agita al compás de tu
risa sobre un cuello de ave zancuda. Repasas los labios tintos de caoba con tu
lengua filosa, reptiliana.
Una rana muerta aparece
entre las hojas recogidas. Su tripa hinchada te hace pensar en la pechuga de
Trina... Aquel absurdo anuncio de travesuras sexuales en el «Parejas &
Contactos», mira tú qué bien, se convirtió en un empleo fijo, con cama y
comida. La cosa acabó por funcionar al permitirte cumplir tu sueño frustrado de
adolescencia (cuando, viendo por enésima vez «Atlantic city», te derretías de
envidia y deseo por el personaje de Burt Lancaster; si no ibas a ser nada en la
vida, como te machacaba tu familia, te gustaría no serlo así, impecable en tu
pequeñez impostora de anónimo truhán con aire de algo más): bibelot de viejas
ricas, aunque ya oteando tu próstata el climaterio y abandonando el plural por
una sola vieja, no ostentosamente millonaria, pero con lo suficiente para tu
gusto (la casa, el jardín...).
Reviviste,
atenuado, el enterrado infierno de la infancia: juguete involuntario para la
autora de tus días (expresión tan ominosa si la entendemos como ironía
freudiana...), zarandeado entre la sobreprotección y la tortura, propiedad («es
mío: yo lo he parido») a la que acunar o machacar al socaire del cambiante
humor, de aquella montaña rusa maníacodepresiva. Por eso, al apuntar tu
sexualidad un poco más allá de la perversión polimorfa, hubieses querido
continuar el juego del bibelot, pero esta vez controlando tú la situación. Las
riendas del pánico y los besos, en tus manos.
Tardarías
treinta años en realizar tu sueño. Trina te preparaba congrio, sopa de arroz
con codillo, ragout... Todos los sabores que dieron un poco de brillo a tus
primeros años y que, después, no volverían por un largo paréntesis. Y te
obligaba a sumergirte en sus carnes ajadas, proceso que tú vivías (a medida que
la rutina horizontal fue restando goce mórbido al acto) en un estado
semiausente, con la atención puesta en los infinitos recovecos de la casa
(pasadizos, buhardillas, mansardas, sótanos, cobertizos, cuartos cerrados
durante lustros, suelos crujientes de madera, esquinas donde azorinianas
arañitas hacían su voraz carrera...). La piel manchada de Trina (pecas de
juventud oceladas por la edad) se fundía con las imposibles formas que la
humedad imprimía en las paredes.
Tu
plan inicial, cuando contestaste el anuncio, había sido disfrutar de bastante
tiempo para ti, para escribir, entre revolcón y revolcón, sin el agobio de los
alquileres, las habitaciones diminutas, las expectativas de trabajo siempre
escamoteadas, las presiones de un entorno que pretendía emascular una por una
todas tus aristas... Trina, que parecía muy orgullosa de mantener a un artista
fracasado, no defraudó tus expectativas. «Los artistas fracasados sois los
más hijos de puta: recuerda la Historia...», te repetía siempre con
venenosa ternura. Ella también había fracasado.
Salvo
por su oportuna boda y rápida viudez con el original propietario de la casa y
bienes que hoy habían acabado por corresponderte, su historia hubiese devenido
prácticamente idéntica a la de cierta canción maldita de José Mª Guzmán («soñaba
con hacer teatro y no encontró ni siquiera un papel»). Estaba llena de odio
y de deseos de revancha pero se sabía impotente, por sí misma, para darse una
satisfacción. Sin embargo, sí podía proyectarse en la mala leche de otra
criatura más joven y con más posibilidades de realizarse. Te buscó rápidamente
la medida.
De
alguna manera, te amaba. Amaba tu oscuridad, modelada día a día en una vida
difícil, rica sólo en frustraciones, hecha de la materia de la que se hacen los
malos sueños celinianos, como podía amar un espejo mágico. La ex-cabaretera de
escaso background cultural, al escucharte o al leer las planas vomitadas por la
impresora, se sentía como la Reina de «Blancanieves». Muchas veces, ni siquiera
tenías que tocarla: se apañaba sola, oyéndote teclear en el ordenador o
saboreando con una copa de absenta el poso de tus anécdotas, como la ocasión
(tú tendrías doce años, aunque, por lo enclenque, aparentabas menos) en que la
autora de tus días te ató a una silla con los pulpos de la baca del coche y,
tras media hora de terror psicológico («¿no te gustan las películas de miedo?:
pues toma miedo») se limitó a darte una bofetada. «¡He encontrado el hijo de
puta perfecto, el auténtico Angel Negro del Apocalipsis!», gritaba Trina...
y, acto seguido, se corría sola, mientras tú trasteabas en el desván.
-Señorita,
hoy no hay nada para usted.
El cartero mofletudo no
reparó en tu metamorfosis. Es algo que no te acabas de explicar... En el buzón,
junto a la verja, sustituyendo al de la antigua propietaria («Trina Ortiz de
Guevara») un nombre («Unfaith Blackwood») que hasta hace poco ni
soñabas podría corresponderte. Recuerdas tu vida anterior pero cada día que pasa
te resulta más difícil retener cómo te llamabas antes de conocer a Trina: ella,
por cierto, nunca te llamó por tu nombre sino con apelativos acres como «hijo
de puta», «artista» o, si se sentía particularmente amable, «Beltenebros».
-Yo
te regalaré la última risa... Pero debes aplicarte a ello.
Trina te habló con
frecuencia de su finado esposo, Luis Carlos Guevara, un señorito tarambana y
enfermizo, descendiente de antiquísima familia de nigromantes. Su hermano
mayor, Mateo, vivía en Escocia y, con su compañera Eleanor, dirigía una
comunidad esotérica. Luis Carlos, tras una vida disipada intentando con
pequeños y banales placeres huir de su destino y de sus múltiples y variados
talentos (lógico fruto de una sangre que, desde el medievo, aportaba con generosidad
guerreros, diplomáticos, historiadores, metafísicos, místicos heterodoxos,
brujos de toda laya), había terminado haciendo añicos su ya frágil salud física
y psíquica por un uso kamikaze de licores de altísima graduación y polvos de
bajísima pureza, y, sabedor de su cercana muerte, casó con una sosias de Lola
Espejo Oscuro, no por amor ni deseo (que ninguna de tales cosas le había
inspirado jamás mujer alguna) sino por la conveniencia de contar con una
enfermera de noche que se ocupase de él en el sprint final a la nada (la nada
no existe salvo para quienes se la ganan a pulso).
En ese tiempo de
convivencia, Luis Carlos había regresado a una segunda infancia, rememorando
las incipientes iniciaciones que su hermano Mateo y su padre le habían procurado
inculcar. Los patinados libros, los matraces y redomas, los arcanos
jeroglíficos en las paredes de las habitaciones menos transitadas, todo fue
examinado de nuevo en compañía de su flamante esposa, a quien ya que, por
razones de imposibilidad física y de carácter, no podía dejar un heredero,
deseaba al menos legar un status de «Guevara honoraria».
Así, Trina, durante el
año y medio que pasaron juntos en la casa grande, se había ido impregnando de
conocimientos que muy pocos mortales se hallan capacitados para disfrutar.
Finalmente, una noche de abril (ya saben, ese mes tan nazi y walpúrgico), Luis
Carlos no pudo remontar otro cocktail más de ajenjo y jaco y, con la grimosa
sonrisa de un Rigaut o un Crevel, hizo mutis sin mediar la treintena.
Con
su ausencia, la viuda, a la sazón todavía en posesión de algún resto de
lozanía, se hundió en la más absoluta decrepitud, sola en aquel caserón. Le
había cogido gusto a su rol de enfermera de noche de una vida desahuciada.
Pasados
unos años de misantropía forzosa viviendo su particular gotic movie en la casa
grande (años atemperados solamente con un par de viajes a lugares iniciáticos
señalados por su difunto esposo: un balneario en la Provenza y un instituto
científico junto al lago Ness), no se le ocurrió otra cosa que anunciarse en
las columnas de contactos buscando alguien que supliese al desaparecido
(añadiendo un poco de sexo al lote, a poder ser). Hasta tu llegada, habían
pasado previamente por su cama unos ocho frikis y frikesas entre los diecisiete
y los cuarenta y cinco años de solera reservada: algunos habían muerto en sus
brazos, otros habían escapado con dinero o alhajas, nadie había conseguido
superar el listón mínimo (de motivación o de carisma) para compartir su saber
oculto. Hasta tu llegada.
-Me
gustan tus manos.
Era una frase ya manida.
Desde la autora de tus días a Trina, pasando por las fugaces aventuras de tu
ralo currículum sentimental, las manos habían sido tu principal activo de
seducción. Más de una vez, viajando en transporte público, al agarrarte a la
barra con ese ademán especial (como si sostuvieses el asta de una bandera),
habías sorprendido a alguien, no importa su sexo, observando con fascinación tu
mano, de contextura longilínea y venas prominentes, sólo mellada en la punta del
pulgar por tu manía compulsiva de arrancarte padrastros.
Ahora, tras el vuelo de
la mariposa negra junto al espejo, tus manos han ganado en encanto y misterio.
La fragilidad engañosa, la palidez huraña de todo end of the saga (Trina
asociaba tus manos a las del difunto Guevara), las llamas vivas que emanan de
tus muñecas hoy marcan todo tu físico. Parafraseando, con un toque a lo Luis
Marsans, aquel slogan publicitario, «toda tú eres una mano».
Tus
manos y tus ojos recorrían el cuerpo de Trina (incansablemente en los primeros
tiempos, de modo más espaciado a medida que tu libido fue se trasladando de la
carne vetusta a la no menos añosa piedra y maderamen del inmenso caserón). Su
residual orgullo de vedette se esponjaba ante tu expresión de voyeur y sus
roncos gemidos agradecían las caricias de tus dedos, traviesos penes
tentaculares que emergían de los océanos de libido oliendo a almizcle y a
cantiles cubiertos de bálanos.
Pero
no quería ser testigo de tu inevitable pérdida de interés por ella en el
aspecto físico. No le merecía la pena vivir sin el goce carnal y era
perfectamente consciente de que la casa grande iba agigantándose más y más como
su rival.
-Mátame
amándome y tus sueños se cumplirán.
Y así lo hiciste. Tu mano
diestra (con la que eras incapaz de escribir pero que te resultaba
imprescindible en menesteres eróticos) penetró más a fondo que nunca
(recordabas, al hacerlo, una bizarra escena de Apollinaire). Agarraste masas de
tejido globuloso y consistencia fecal. Trina gritaba, como recuperando la muy
lejanísima tesitura de su desvirgamiento, entre el placer y el dolor. Tiraste
hacia afuera de lo que habías asido.
-Mírame
a los ojos. Quiero que mi muerte quede reflejada en los tuyos cuando llegue el
momento.
El último grito. No viste
nada porque, estallando en su paroxismo de amor y muerte, Trina reventó con los
ojos fuertemente cerrados. Mierda y mondongos en tus manos, como había descrito
Apollinaire. Y la culminación, en muy breve tiempo, del training mágiko en que
aquella mujer, ahora cadáver hediondo, te había instruido durante meses. En
algún lugar de la casa, una crisálida a punto de abrirse.
-Sí,
algo así.