

-¿A quién quieres más, enigmático? Dime: ¿a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
-No tengo padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.
-¿A tus amigos?
-Utiliza usted una palabra cuyo sentido desconozco hasta ahora.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud se encuentra.
-¿A la belleza?
-La amaría con gusto, diosa e inmortal.
-¿Al oro?
-Lo odio como usted odia a Dios.
-¿Pues qué amas entonces, raro extranjero?
-Amo las nubes... las nubes que pasan... allá arriba... allá arriba, ¡las maravillosas nubes!
El perro y el frasco
"Perrito mono, perrito bueno, perrito mío, ven aquí y aspira este excelente perfume que he comprado en la mejor perfumería de la ciudad."
Y el perro, moviendo el rabo, lo que, según tengo entendido, en estos pobres seres equivale a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone, curioso, su húmedo hocico sobre el frasco destapado; luego retrocediendo de pronto asustado, empieza a ladrarme a modo de reproche.
-"¡Ay, miserable perro!; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos lo habrías olfateado con deleite y quizás devorado. En eso, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público a quien no hay que ofrecer nunca perfumes delicados que le exasperan, sino basuras cuidadosamente escogidas."
Embriagaos
Hay que estar siempre ebrio. Nada más; esta es toda la cuestión. Para no sentir el peso horrible del tiempo, que os quiebra la espalda y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin parar.
¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio, en la verde hierba de una zanja, en la soledad sombría de vuestro cuarto, os despertáis, porque ha disminuido o ha desaparecido vuestra embriaguez, preguntad al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, las olas, las estrellas, los pájaros, el reloj, os contestarán: "¡Es la hora de embriagarse!" Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriagaos; embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud, como queráis.
Las ventanas
Quien mira desde fuera a través de una ventana abierta, no ve nunca tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una candela. Lo que se puede ver a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que se pasa detrás de un cristal. En ese agujero oscuro o luminoso vive la vida, sufre la vida.
Más allá de la oleada de tejados, entreveo a una mujer madura, ya con arrugas, pobre, siempre inclinada sobre algo, y que nunca sale a la calle. Con su rostro, con su ropa, con su gesto , con casi nada, he reconstruido la historia de esa mujer, o más bien su leyenda, y a veces me la cuento, llorando, a mí mismo.
Si se hubiera tratado de un hombre viejo y pobre, habría reconstruido la suya con la misma facilidad.
Puede que me digáis: "¿Estás seguro de que es verdad esa leyenda?" ¿Qué importa lo que pueda ser la realidad que hay fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que existo y lo que soy?
La sopa y las nubes
Mi amada insensata me estaba poniendo la cena, mientras yo contemplaba por la ventana abierta del comedor las diversas arquitecturas que hace Dios con los gases, las maravillosas construcciones de lo impalpable. Y, en medio de mi contemplación, me decía: "Todas esas fantasmagorías son casi tan bellas como los ojos de la hermosa a quien amo, mi monstruosa insensata de ojos verdes."
Y de pronto recibí un violento puñetazo en la espalda y oí una voz poco sonora y encantadora, una voz histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi querida y pequeña bienamada, que me decía: "¿Vas a tomarte la sopa de una vez, hijo de tal, traficante de nubes?"
La habitación desdoblada
Una habitación que parece de sueño, una habitación verdaderamente espiritual, cuya atmósfera estancada está ligeramente teñida de rosa y de azul.
El alma toma en ella un baño de pereza, aromatizado de pesar y de deseo. Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño delicioso durante un eclipse.
Los muebles tienen formas alargadas, postradas, languidecientes. Los muebles parece que sueñan; se diría que están dotados de una vida de sonámbulo, como el vegetal y el animal. Las telas hablan un lenguaje mudo, como las flores, como los cielos, como las puestas de sol.
Ninguna abominación artística en las paredes. En relación al puro sueño, a la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Todo tiene aquí la claridad suficiente y la deliciosa oscuridad de la armonía.
Un aroma infinitesimal, exquisitamente escogido, al que se mezcla una ligerísima humedad, flota en esta atmósfera, donde el espíritu somnoliento es mecido por sensaciones de cálido invernadero.
Cae copiosa la muselina por las ventanas y por el lecho; se esparce en cascadas de nieve. En ese lecho está tendida la idolatrada, la soberana de los sueños. Pero ¿cómo está aquí? ¿Quién la ha traído? ¿Qué mágico poder la ha instalado en este trono de ensueño y de deleite? ¡Qué importa! ¡Aquí está!; la reconozco.
¡Aquí están esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles espejuelos, devoran la mirada del imprudente que los contempla.
A menudo he estudiado estas estrellas negras que imponen suriosidad y admiración.
¿A qué demonio benévolo le debo el estar así rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? ¡Qué beatitud! Lo que solemos llamar la vida, incluso en expresión más feliz, no tiene nada en común con esta vida suprema que ahora conozco y saboreo minuto a minuto, segundo a segundo.
¡No!, ¡ya no hay minutos, ya no hay segundos! El tiempo ha desaparecido; quien reina es la eternidad, ¡una eternidad de delicias!
Pero un golpe terrible, pesado, ha resonado en la puerta, y, como en los sueños infernales, me ha parecido recibir un golpe con un pico en el estómago.
Y luego ha entrado un espectro. Es un alguacil que viene a torturarme en nombre de la ley; una concubina infame que viene a quejarse de su miseria y a añadir las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o el botones del director de un periódico que me reclama la continuación de un manuscrito.
La habitación paradisíaca, la idolatrada, la soberana de los sueños, la Sílfide, como decía el gran René, toda esa magia ha desaparecido con el golpe brutal que ha dado el espectro.
¡Qué horror! Ya me acuerdo, ya me acuerdo. ¡Sí!, este cuchitril, esta morada del tedio eterno no es otra que la mía. Aquí están los muebles estúpidos, polvorientos, desmochados; la chimenea sin fuego ni brasas, sucia de escupitajos; las tristes ventanas donde la lluvia ha trazado surcos en el polvo; los manuscritos tachados o fechas siniestras.
Y ese perfume de otro mundo, del que me embriagaba con una sensibilidad refinada, ha sido sustituido, ¡ay!, por un fétido olor a tabaco mezclado con no sé qué nauseabundo moho. Ahora se respira aquí la ranciedad de la desolación.
En este mundo estrecho, aunque tan lleno de hastío, sólo me sonríe un objeto conocido; la botellita de láudano; una amante antigua y terrible; como todas las amantes, ¡ay!, fecunda en caricias y en traiciones.
¡Oh, sí!; ha reaparecido el tiempo; el tiempo reina ahora soberano; y con el horrible viejo ha vuelto todo su demoníaco cortejo de recuerdos, pesares, espasmos, miedos, angustias, pesadillas, cóleras y neurosis.
Os aseguro que ahora los segundos son fuerte y solemnemente acentuados, y cada uno de ellos, al brotar del reloj, dice; "Soy la vida, la insoportable, la implacable vida!"
Sólo hay un segundo en la vida humana que tiene la misión de anunciar una buena nueva, la buena nueva que provoca en todos un miedo inexplicable.
¡Sí!, reina el tiempo; ha recuperado su brutal dictadura. Y me hostiga, como si fuese un buey, con su doble aguijón. -"¡Arre, borrico! ¡Suda, esclavo! ¡Vive, condenado!"
Epílogo
Alegre el corazón, he subido hasta el monte
desde donde se observa la ciudad por entero:
hospital, purgatorio, celda, infierno, prostíbulo;
Donde todo lo atroz como una flor florece.
Tú bien sabes, Satán, patrón de mis angustias,
que no subí allá arriba para llorar en vano.zbr
Mas cual viejo lascivo con una vieja amante,
embriagarme quería de esa enorme ramera
que me rejuvenece con su encanto infernal.
Ya duermas todavía en los lienzos del alba,
pesada, oscura, enferma, o ya te pavonees
con los velos nocturnos bordados de oro fino,
¡te quiero, ciudad infame! Cortesanas,
bandidos, también brindáis placeres
que el profano ordinario no llega a comprender.
