VIDA Y MUERTE DEL SENTIDO

Sentido común, religión y cultura

 

Jesús Galindo Cáceres

                                     http://www.geocities.com/arewara/arewara.htm

                                              Grupo de Acción en Cultura de Investigación

                                    http://www.geocities.com/diplotecnicas/diplomado.htm

 

 

Encuentro latinoamericano sobre religión

Escuela Nacional de Antropología e Historia

Junio de 1990

México, D. F.

 

 

I.- Sobre un concepto de religión.

 

 

 

El sentido a veces se aleja, algo se ha partido, y no se le extraña hasta que es casi demasiado tarde. De cualquier forma siempre está ahí, en nosotros, en nuestras casas, en nuestros juegos, en nuestras nostalgias, cumpliendo su actuación de unidad y de  lo diverso. Pero la confusión existe,  también la necedad, e incluso la inspiración. El sentido se borda desde afuera en la interioridad. Los individuos se pierden en una exterioridad  extensa y abrumadora, el exterior se ha roto, por tanto el interior padece. Formaciones sociales completas han desaparecido en sus crisis de sentido, el exterior se disgregó llevándose con él a la necesaria solidez interior. Pero la sociedad no ha muerto, el sentido se ha vuelto a cocinar, su tejido ha unido de nuevo lo separado, el interior y el exterior han opuesto en armonía sus fuerzas hacia el orden.

 

En toda formación social hubo un sentido que la condujo, una guía de orden que la mantuvo unida, un campo de tensión que permitió lo diverso en la unidad, lo distinto en la identidad. El sentido esta desde dentro a toda la vida humana, le proporciona un lugar en el espacio, un momento en el tiempo un ser y un devenir. El mundo existe por el sentido, a través de su orden miramos y entendemos, pensamos y dudamos. Recordamos y creamos. La cultura es un nombre para el sentido, que no tiene nombre. El hombre muere en su ausencia, no hay nostalgia para el sentido.

 

Un niño mira a la bandera tricolor, es México. Existen muchas entidades que no son México, él, niño de diez años de una escuela primaria oficial es México. La lógica es muy simple, por oposición a todo lo que no es México, él es México. El niño no se pregunta más, continúa mirando a la bandera, está en el patio de su escuela, es lunes por la mañana, son las ocho y diez minutos, todos sus amigos y compañeros están haciendo fila ante la bandera. Algo sucede en su interior, por una parte la emoción, pequeña pero existente de ser mexicano, por otra parte la impresión de que todo es un teatro ausente de valor profundo. No piensa más, la ceremonia concluye con el himno nacional, todos cantan y miran a la bandera. Al terminar la grabación cada grupo se mueve en dirección de su salón.

 

Es el año de mil novecientos noventa, un hombre sale de su casa muy temprano, está en tiempo pero no debe descuidar al reloj. Camina cuatro cuadra rumbo a la avenida principal, amanece, en el camino no ha visto casi nada, es decir no hubo porque detenerse o por que desviarse. Al llegar a la cola del pesero sigue pensando en su mujer y  en gastos médicos, una discusión sobre la mujer entre dos amigos lo distrae por unos minutos. Antes de subir a la combi piensa en lo bueno que sería que su mujer sanara  por completo y sin tanto gasto. Llega a la estación del metro Aeropuerto, sobre la Calzada Zaragoza, Zaragoza fue el defensor de Puebla ante los franceses, un héroe, no encuentra asiento, busca acomodo entre la multitud, mira su reloj, sigue a tiempo, piensa en que no hace frío y que tiene ganas de quitarse la chamarra, pero no se puede mover. Que calma la del metro, veinte minutos sin pensar en algo en particular, sólo ahí de pie, esperando llegar a su destino. Al llegar a su trabajo lo recibe el jefe de taller, hay que terminar hoy mismo el trabajo pendiente.

 

Ella camina con lentitud, no tiene prisa, además el camino es calle abajo. Lleva una falda azul y una blusa blanca de manga corta, es esbelta, fuerte, cabello negro corto, sin aretes ni maquillaje, un crucifijo colgando del cuello. Su casa va quedando atrás, es pequeña, de dos habitaciones, un patio grande que se convertirá con el tiempo en por lo menos una estancia y quizás una nueva cocina, cinco años de casada, tres hijos, veinticinco años. Casi no sale de su casa, al mercado, a cada de su mamá, a la iglesia, ahora va a cada de su madre, le pedirá prestado, el marido no sabe, no importa, ella siempre la paga y el no se da cuenta. Son tiempos difíciles, los niños tan pequeños, el marido con un trabajo eventual, ella no puede trabajar, no tiene con quién dejar a los pequeños, sobre todo le debe cuidado al de seis meses, tan enfermizo. Pero ella tiene fe, cree que todo saldrá adelante, ella y su marido se quieren bien, adoran a sus hijos, tienen una casita pequeño pero es de ellos, todo saldrá bien, Dios los ayudará, él sabe que son buenos, que trabajan, que tienen amor.

 

Somos mexicanos, vivimos en la ciudad de México, somos católicos, el trabajo no falta, nuestros hijos asisten a escuelas oficiales a estudiar, tenemos seguro social, si estudiamos y trabajamos no nos puede ir mal, pagamos nuestra casa con un crédito del banco, tenemos televisión, quizás con un poco de esfuerzo podamos comprar un carro usado, en las vacaciones podemos ir a casa de los tíos a la provincia, tenemos amigos, familia. ¿Quiénes somos? ¿qué sentido tiene vivir así? ¿por qué la vida es tan predecible? Porque además están los problemas, la mujer que ya no me gusta, los hijos que son tan caros y latosos, las deudas interminables, las mismas calles, siempre sin dinero, todo siempre lleno de gente, y esta rabia, a veces tristeza.

 

Identidades y alteridades, somos lo que hacemos, no somos lo que no hacemos. Cada individuo tiene la marca de su acción cotidiana, la de los últimos diez días, diez años, la de toda la vida. Y lo que no ha hecho en esos días, años y vida en totalidad, eso es lo que no es. A veces el individuo no se da cuenta, no importa, no está solo, otros le recordarán, otros le dictarán lo que es y lo que no es. Todo empieza en la infancia, el niño es lo que los mayores dicen que es, lo que sus compañeros de juego o estudio dicen que es, su individualidad también está marcada por lo que los demás dicen que es. Ese niño crece y se hace adulto, lleva años siendo y no siendo a la vez, pero ha cambiado, ahora es grande, tiene cosas que antes no tenía, vive situaciones que antes no vivía, pero los otros, los que le recuerdan lo que es y lo que no es siguen ahí, quizás son otros distintos a los otros anteriores, pero siguen siendo esos otros que le dicen lo es y lo que no es.

 

La vida es así, un curso de ecos y recomendaciones. Todo el tiempo nos acompañan las voces que hemos escuchado diciéndonos una y otra vez lo que debemos hacer, lo que debemos pensar, lo que debemos sentir y gustar. Están ahí, dentro y fuera de nosotros, construyendo lo que somos, ordenando lo que puede y no puede pasar. Y en este camino vamos juntos, en cierto punto con nuestra generación, en cierto punto con nuestro género, en cierto punto con nuestra clase social, en cierto punto con nuestra región, nuestra época, cien coordenadas de lo que somos y lo que no somos.

 

Y somos capaces de ver en partes a este continuo, cada parte se ubica en un tiempo y en espacio, cada trozo de vida tiene una connotación geográfica e histórica. Las cadenas de causas y efectos se muerden una a otras en redes inmensas de multideterminaciones de lo particular y lo general. La historia y la geografía existen y pesan y esto sucede no sólo porque la episteme más pomposa y aguda así lo declare, el peso se presenta en la doxa, en el sentido común, en el sentido común, en la mentalidad convencional del habitante convencional de una ciudad convencional. El miembro de una comunidad sabe lo que vale la antigüedad, el arraigo a un lugar, sabe lo que valen los muertos en el cementerio real y mental, sabe lo que vale su propia vida vivida en los lugares que la ha vivido, sabe. Y todo eso tiene algún sentido hacia el presente, hacia el pasado y hacia el futuro.

 

Ahora la imagen empieza a ser clara, un actor social vive determinado en cierta forma por lo que hace y ha hecho, pero sólo él, también su familia, su grupo, su clan, su comunidad, su sociedad de pertenencia. El pasado, la historia, es nuestro, son nuestros, pero también pertenecemos a ellos. Y de igual manera el mundo geográfico en el cual nos hemos movido y del cuál somos parte, nos define, nos ubica, nos da el centro, el punto original de referencia. Eso es en buena parte el sentido, formar parte de una trayectoria, de un movimiento, de un estado de cosas. No es consciente a la primera, está incorporado en nuestro actuar cotidiano, en nuestra manera de hablar y de sentir, pero el sentido no es determinante como lo es la relación causa efecto del movimiento histórico, el sentido tiene otra lógica, no tiene nuestra lógica. Nuestra historia y geografía caben en el sentido, pero no lo ocupan por completo, hay más, aún hay más.

 

En cada acto cotidiano está el peso del lugar y del momento, está la presencia de lo que somos y de lo que no somos. La historia se perfila sobre el primer carril y en oposición al segundo, el sentido implica a ambos, requiere ambos, de alguna manera es ambos. Esta afirmación aparecería como absurda sino existiera la religión, con su presencia tiene significado, adquiere la forma del sentido.

 

La tercera orilla, no el yo, no el tú, lo otro. La religión permite que la totalidad exista como concepto, que el universo tanga alguna relación con el sudor cotidiano de la sobrevivencia. La religión permite la visión trascendente, la imaginación última de lo incognoscible. La religión permite que el poder que mantiene unidas las partículas del cosmos sea accesible a nuestra distraída atención. La religión permite sentirse parte de un programa general que va más allá de estos edificios que serán polvo, que estos cuerpos condenados a la descomposición, que este mundo lleno de relojes de marca el principio y el final de las cosas. El hombre tiene ambición de sentido, necesidad de la perspectiva de totalidad, aún viviendo entre límites y sombras de ignorancia. La religión permite a todo hombre estar a la altura del universo con una sola mediación, creer, pensar que es cierto lo que su ambición y su necesidad le muestran con evidencia.

 

 

El campo del sentido es tan amplio, incluye todo componente de conciencia, y también todo lo que pudiera ser atribuido al inconsciente individual y colectivo. Ahí reposan todas las imágenes, todos los símbolos, las guías estructuradas y las incomprensibles. Los hombres somos el sentido. Pero acaso hay algo que quede por fuera, que teniendo valor semiótico en alguna forma no quede incluido en su contenido.

 

Hablar así parece excesivo, un juego idealista que se toma muy en serio, demasiado en serio. Pero la reflexión no puede terminar con una duda, con una descalificación, con una certidumbre en sentido contrario. Para el que no cree toda creencia es un espejismo, una visión más o menos eficaz. Para el que cree su creencia es luz, la claridad entre tinieblas, lo evidente entre lo confuso.

 

El sentido común en un primer nivel es práctico, entiende y juzga según efectos concretos y previsibles de beneficio. Una buena parte de nuestra conciencia se dedica a ejercer con la mayor eficiencia y eficacia este nivel. Nuestro mundo se vuelve manejable, operable, bajo la mirada certera y precisa del sentido común en su fase práctica. Cada movimiento, por pequeño que sea, cada acción, cada situación, tiene un cuadro de posibilidades que el sentido común provee. No hay explicación, no hay seguimiento de las primeras causas o las últimas consecuencias, sólo eficiencia en lo inmediato, y un ajuste en lo mediato a corto plazo. Cuando el sentido común profundiza en el mediato plazo se vuelve sabiduría, la cual se adquiere sólo después de un ejercicio largo del sentido común su fase más operativa.

 

En un segundo nivel el sentido común es sobre todo una respuesta necesaria e inmediata, su efecto práctico es sólo eliminar la tensión que alguna duda trae a la vida diaria. Para operar requiere de un manejo intensivo de la memoria. El problema tiene una respuesta que ya existe, no está a la mano de inmediato porque el problema no es del orden cotidiano ordinario, se encuentra en el umbral de lo extraordinario. Cualquier sujeto puede resolver este tipo de asuntos con un pequeño esfuerzo personal, o con una mínima colaboración interpersonal. El sentido común actúa en lo mediato y resuelve el obstáculo.

 

En un tercer nivel el sentido común se hace complejo en su dimensión social. Para resolver el problema que se presenta se requiere de una consulta especializada. El que provee de la respuesta es un sujeto especial que tiene una calificación extra en el saber y el juicio sobre la vida. El saber sobre la vida en general incluye a todas las áreas de la vida cotidiana donde el individuo que interroga se encuentra inmiscuido. Aquí aparecen figuras de prestigio comunales o grupales, entre las cuales se encuentra el sacerdote y su presencia eclesiástica e incluso sobre humana. Este nivel se complica cuando las consultas involucran asuntos de trascendencia o metafísicos, en esos casos la única figura calificada es la del sacerdote, aunque existen excepciones.

 

 

Así pues existe un área del sentido común que refiere al campo de lo trascendente, que en nuestro tiempo sigue siendo parcela ocupada mayoritariamente por la religión, aunque existen actitudes y comportamientos religiosos que aparecen en la forma de expresiones laicas. En este campo religioso en sentido amplio la relación al sentido común es su aspecto de substancia cotidiana y de referencia a la vida en general, al sentido de la vida. El sentido común se ordena desde la operación microscópica de la cadena de micro acciones de la vida cotidiana, hasta la referencia al sentido de la vida en general, del lugar que ocupa la existencia personal y grupal en un fondo macro más allá de lo evidente en un fondo de trascendencia y finalidad metafísica.

 

No todo es sentido común, no todo es registro de respuesta amplio para cualquier situación de vida, existe el sentido especializado, un marco de registro de respuesta amplio o restringido para ciertas situaciones de la vida y sólo esas. El sujeto común combina tipos de sentido, en sociedades tradicionales el sentido común es abundantemente informado y conformado, en sociedades modernas el espectro es reducido ante la importancia del sentido especializado del cual depende la ubicación laboral. En las grandes ciudades es cada vez más común saber mucho de lo poco, y saber cada vez menos de lo mucho, el sentido común se ha empobrecido.

 

Desde otro punto de vista se puede decir que el sentido común tradicional es distinto del moderno, el mundo sobre el que actúan tiene distinta composición. En el mundo tradicional el número de situaciones vivibles es menor, el número de situaciones vividas también. En el mundo moderno el número de situaciones vivibles es inmenso, el número de situaciones vividas muy variable. La relación entre una y otras es más estable en el mundo tradicional, la distancia entre unas y otras puede ser muy grande en el mundo moderno. Lo que sucede con el imaginario social e individual es contrastante de un tipo a otro tipo de vida. Y por el otro lado, la enorme cantidad de información de la vida especializada hace la gran diferencia de lo moderno a lo tradicional. Existen otros aspectos importantes tales como el control de las condiciones de vida, que en el caso tradicional va en orden directo de la composición del sentido común, en el caso moderno es casi inverso.

 

Este contraste moderno tradicional se presenta para enfatizar la composición contemporánea de la cultura de lo cotidiano, en oposición a composiciones que no corresponden a sociedades industrializadas. La comparación entre ambos tipos permite un enriquecimiento de perspectiva de ambos y de cada cual, además de permitir relaciones de contemporaneidad entre los dos, de mezcla entre ambos, y por supuesto de antecedente y consecuente históricos.

 

En el tipo tradicional el aspecto trascendente del sentido común puede normar la organización de todos los niveles, este es el caso de sociedades donde el orden  religioso se encuentra al centro de la vida social y política. La cultura tradicional de este tipo posee instituciones religiosas muy poderosas que regulan la composición y organización sociales, lo cual tiene un correlato en el sentido común colectivo. Estos fenómenos se explican bien en conceptos como legitimidad del poder instituido, y en hegemonía de un orden social e ideológico sobre todo el cuerpo social. Lo que aquí importa puntualizar es que el sentido común como base del orden cotidiano del mundo puede tener su eje en el aspecto trascendente, aspecto que sin ser el eje siempre está presente.

 

La sociedad moderna se ordena con otros tipos de ejes, para ser esquemáticos por beneficio de la exposición, pero advirtiendo que la situación es más compleja que cualquier esquema, se puede afirmar que lo económico y lo político están sobre lo trascendente en nuestra cultura contemporánea. Lo religioso ha pasado a un segundo plano en lo cotidiano, los otros niveles del sentido común son los que se han fortalecido junto con el especializado. Esto no quiere decir que lo metafísico haya desaparecido, indica que hay cambios, e incluso transformaciones profundas que han tardado siglos en manifestarse, y que aún levarán algún tiempo para consolidarse.

 

Se viven tiempos de transición, el contacto con la totalidad, con lo que está más allá de la vida, no necesita pasar necesariamente por la fe, por la religión en un sentido tradicional. El cosmos y su jeroglífico se han ido descifrando, la filosofía y la teoría se han desarrollado. Existen condiciones para suponer que el sentido común trascendente está cambiando, la ciencia y los nuevos saberes lo han afectado. La religión ha visto avanzar sobre sus certidumbres teológicas y discursivas nuevos argumentos, nuevos discursos. Lo que antes era religioso ahora es científico. Es un tiempo de cambios, la religión se está transformando, el sentido común también, el futuro muestra nuevas conformaciones de sentido, llega lo que nunca había existido, algo distinto.

 

 

II. Entendiendo a una revolución cultural emergente.

 

 

A veces es difícil entender lo que sucede, todo es tan complejo, la información necesaria es tan basta, es tan sencillo apresurarse en una opinión. Mirar a México contemporáneo es una tarea necesaria y hasta placentera, apasionante, un impulso que termina por hacerse oficio antes de llegar a alguna conclusión. por una parte existen elementos de relativa homogeneidad y extensión evidentes, por otra parte la diversidad resalta por todos lados. La indiferencia puede convertirse en una opción, el pequeño pasillo del tránsito cotidiano puede ser suficiente complicación para buscarse más. También la acción precipitada motivada por la prisa es un curso de acontecimientos que llevan inscritos a la frustración y la necia ceguera. El tiempo parece insuficiente, detenerse a meditar tiene un costo alto que sólo algunos pagan. Surge la pregunta por la ignorancia, se puede pensar en la mentira, en el enmascaramiento, en la eficaz simulación, sentirse víctima de un mundo desinteresado en que alguien este enterado y entienda. Se puede pensar en el tiempo perdido, en los años que se puede vivir en un país sin darse cuenta cabal de lo que pasa. La alternativa fácil del simplismo o la ingenuidad no llega muy lejos, tampoco la del inmovilismo ante lo gigantesco de la ambición de entender. Difícil y tenso puede ser el camino del conocimiento.

 

¿Hacia dónde va México?, ¿qué es México?, ¿por dónde empezar a entenderlo?. Las preguntas piden un programa de acción, un estado inicial de gestión, un balance de lo que se ha sido y lo que se ha entendido. Algo así como una honestidad primaria y una nobleza de espíritu para emprender las pruebas del conocimiento, situación que no otra que el camino del autoconocimiento, condición indispensable para emprender después lo que el sentido marca como destino consecuente. Los mexicanos estamos en esta ruta, quizás en principio no son tantos como un optimismo emprendedor desearía, pero cada vez son más, y asunto importante, cada vez pueden ser más.

 

En estos los tiempos ha sido válido decir que algo se mueve, que algo está  cambiando. Cada época ha tenido a los actores que se han mirado como espectadores para averiguar qué estaba sucediendo, cuando muchos de los actores pasaban a ese otro rol los síntomas de cambio estaban en su clímax. ¿qué época es lo que vivimos actualmente? En el futuro sabremos ubicarla según antecedentes y consecuentes, según comparaciones, según análisis a posteriori. Entonces le pondremos nombres, según corrientes en auge se especulará sobre su composición e importancia, según la situación que se esté viviendo se le adjudicarán títulos y calificativos, mucha información estará disponible, otra habrá desaparecido para siempre, se recordará lo pertinente, el olvido cubrirá el resto. Así sucederá, eso es lo más probable. Pero hoy, en este momento, qué podemos decir sobre el mundo que estamos viviendo.

 

Al preguntarnos sobre nuestra época contemporánea tenemos información a la mano de primera línea, como nunca la tendremos de nuevo para comprender este día. Es paradójico, por una parte parece que hay que esperar a que el tiempo pase para entender lo que pasó, y por otra parte, nunca como en el mismo momento se tiene el sentido de lo sucede. Al hombre de acción no le hacen falta mayores explicaciones, él sabe que ahora es el momento de actuar, y que es necesario saber que hacer.

 

¿de dónde viene el saber que hacer? ¿qué tipo de saber es el saber que hacer?, ¿con qué otro tipo de saberes se relaciona el saber qué hacer?. Todo saber es pertinente, toda información es útil para la decisión de actuar, todo el sentido que se pueda tener es necesario para componer la visión de totalidad que un actor requiere para actuar en un momento dado. Pero al centro es necesaria la convicción de actuar, convicción que es impulsada por el sentido que tiene el actuar de esa manera y en ese momento y lugar. De nuevo el sentido. ¿qué sentido tenemos los mexicanos para actuar en este momento?. Este es el punto medular de la cuestión, en él comprendemos lo que pasa y en él sabemos lo que toca hacer.

 

Mirar a México desde aquí y ahora implica conocer lo que está moviendo a los mexicano, lo que los conduce en superficie y lo que los conduce en profundidad. Lo que existe de  sentido en su conciencia y lo que existe de sentido más allá de su conciencia. Algo así como identificar las corrientes de superficie y de interioridad. La hipótesis arriesgada y optimista es que hay corrientes que se han movido en forma paralela  en la historia de dos siglos por lo menos de la vida social de México, y que esas corrientes que incluso se han legado a oponer están a punto de tener un momento sintético de gran creatividad, a consecuencia será otra cultura, otro México muy distinto al actual, y al mismo tiempo identificable con todos sus tiempos anteriores. En este tiempo se manifiesta una revolución cultural emergente que ha de transformarlo todo, o casi todo. En esa revolución confluyen las fuerzas que han hecho al México de hoy y a los Méxicos de ayer. El sentido del movimiento colectivo está a punto de conformar un cuadro de condiciones de una nueva vida social. Es una cita a la que estamos a punto de llegar a tiempo todos los mexicanos.

 

Un primer cuestionamiento posible a la propuesta anterior es el margen de realidad que tiene esta pretendida llamada al optimismo, la pregunta concreta sería ¿existen elementos para hacer una afirmación de tal naturaleza?. Una reflexión complementaria sería sobre los mundos posibles, ¿si no es como se propones, entonces que es lo que sucederá?. Un tercer punto podría ser un sensato y prudente alto ante la bolsa de cristal, no existe información suficiente para proponer algo en forma contundente. Hay un punto importante a contrastar contra, o sencillamente frente a estos juicios críticos, al país, a México se le han ido acumulando las contradicciones y limitaciones, el entusiasmo, el optimismo, la vitalidad puesta en juego, son componentes de un gran acto de creación colectiva potencial ante las actuales circunstancias.

 

El acto de creación históricos depende de muchas variables, el peso que los aspecto económicos puedan tener está fuera de duda, la centralidad que la voluntad política juega es importante entenderla y  rediseñarla, lo que es vital entender y proyectar es la dimensión del sentido de la vida. Hace unos párrafos la pregunta era sobre lo que los mexicanos son, sobre el sentido que tiene para ellos eso que son, eso que hace. Existe una historia que define lo que somos lo creamos o no, lo sepamos o no, lo valoramos o no. Hay corrientes de la vida social que nos conforman, que nos modelas, que nos ponen en forma, la cultura. Estas corrientes son actuales y pretéritas, son de superficie y de profunda interioridad. Lo mexicano, sea lo que sea eso, se debate entre estas corrientes, de su confluencia ha dependido en buena parte lo que hemos sido, de ellas depende lo que somos, en ellas está cifrado el futuro. Un futuro que puede ser determinado por el fluir de fuerzas, y también por nuestra voluntad.

 

Las fuerzas que nos vienen de muy atrás tienen nombres generales que a veces no logramos identificar con claridad. Algo sucedió en este continente hace casi quinientos años, en ese momento nacimos, y las condiciones fueron terribles. Este primer nacimiento provino de una muerte, la cultura mesoamericana de entonces. Entonces le inició la gestación de un segundo nacimiento, el que está por venir, el  que ha madurado durante esos cinco siglos. La historia de los hombres es lenta en su proceso, lo que este momento nombrado significa hoy es difícil de definir, pero es evidente que somos producto de aquel acontecimiento. ¿qué sucedió?, un cosmos fue transformado, Europa llegó a América, y lo que ha seguido puede leerse como una vida europea en otro ambiente, o con mayor contundencia otra vida. Con España llegó la religión católica, pero también llegó una nación con presencia árabe por ocho siglos. Con España llegó cierto tipo de Europa, la contrarreforma, pero también llegó el liberalismo y los ecos de la modernidad. Todo esto es uno de los rostros del cúmulo de fuerzas que componen nuestra actualidad y nuestro futuro.

 

Nueva España fue una colonia durante tres siglos de una monarquía europea católica. Durante ese tiempo este territorio se transformó, mesoamérica quedó como una corriente subterránea de la vida. Llegó la independencia, el mundo colonial entró a la modernidad con un modelo político de democracia, el sentido colonial y monárquico se convirtió en otra corriente paralela, sabía del fluido vital total. Y llegaron los liberales, y la iglesia católica dejó el poder público oficial para seguir siendo el eje en el sentido trascendental. Más de un siglo de liberalismo no ha secularizado al sentido popular, pero le ha hecho mella.

 

La revolución de principios del siglo veinte introdujo al país al orden de las hegemonías mundiales, dejó a un lado un sentido de la vida rural y local mayoritario. El país se urbanizó, el país se industrializó, el mundo  mexicano se proletarizó, todo cambió. Y sin embargo siguen presentes la hispanidad, lo católico, la cultura mesoamericana. En treinta años las modificaciones se han multiplicado, la información ha aumentado en forma geométrica, las distancias se han acortado, el espacio se ha urbanizado aún más, el régimen político ha entrado en crisis, el régimen económico se ha determinado, pero el liberalismo sigue ahí, y junto con él las otras corrientes mencionadas. En lo que va del siglo la educación laica se ha generalizado, la educación superior se ha multiplicado. Un espíritu positivo se ha generado en varias generaciones. Pero junto a la ciencia y la gloria de la razón positiva está la religiosidad popular, la hechicería, la superstición. El país es más complejo que nunca.

 

Las preguntas sobre lo que une y separa a los mexicanos se hacen necesarias en este punto. El capítulo de nuestra historia actual y los que siguen dependen de la o las respuestas a estas preguntas. Existe un sistema económico capitalista que no se ha desarrollado de manera propia y autónoma sino todo lo contrario, los modelos llegaron del exterior y la economía está subordinada a la lógica y a la práctica de producción exterior. Existe un sistema político que une a un gobierno con un partido mayoritario en un pacto social eficaz por años pero abatido por el deterioro económico y el monopolio del poder. Existen unos medios de comunicación que conectan a diario la vida y el sentido de la vida de millones de mexicanos, a la vez de favorecer la circulación de mercancías y la presencia de modelos de vida exteriores. Existe una secretaría de educación pública que ha promovido los símbolos nacionales y los valores liberales a lo largo y ancho del país por varias generaciones. Y existen la iglesia católica y su religión que continúa siendo el sentido de trascendencia mayoritario.

 

Hay instituciones o ideologías que unen a los mexicanos, la crisis de estas formaciones sociales ponen en crisis a la unidad nacional y descomponen masivamente la vida cotidiana de los mexicanos. El futuro depende de estos pilares del orden y del control sociales. Pero las configuraciones organizativas y  discursivas sólo pueden tener continuidad si cambian, y esta norma de vida social afecta a nuestros puntos de sutura comunitarios y sociales.

 

Habría que considerar también la contraparte de la unidad, la diversidad. México vive diferencias regionales y generacionales, también grupales y gremiales. En fin existe el elemento de balance de lo totalitario. Ante los grandes polos de dominación y hegemonía existen ejercicios alternos de vida, resistencias, oposición. La diversidad frente a la unidad permite la riqueza de posibilidades. Sin poder ni fuerza no hay acción, no hay movimiento, pero sólo con la fuerza y el poder no hay dirección, gobierno. Para lograr equilibrio y orden entre fuerzas y poderes se requiere sentido, sentido de la totalidad, bajo la cual coexiste lo distinto y lo semejante. Los mexicanos andamos en la creación de ese universo de sentido en el cual todos quepamos por igual, que permita movernos como una unidad aún y gracias a nuestras diferencias. Este proceso creativo está en marcha, en él se ordenará mesoamérica, la hispanidad, lo católico, el liberalismo el positivismo, y todo lo demás, lo que llevará a un proceso más concreto de conformación de una nueva vida social.

 

Considerar los grandes bloques de unidad es un principio de este proceso. Esos grandes bloques se redefinirán en el encuentro de unos con otros, por ejemplo el estado liberal y la religión católica. Pero también se redefinirán en el encuentro de los mayores con los menores, por ejemplo la oposición con el PRI, o la iglesia católica con la protestante. Parece difícil, parece una visión excesiva, pero eso permitirá la conformación de una nueva sociedad a partir de un acto de creación histórica colectivo, una revolución cultural. Y esto no es otra cosa que coincidir en el ajuste de sentido en la creación de un nuevo sentido más universal, más general, que será nuevo, pero será todo lo anterior reordenado de otra manera. Una  nueva cultura es posible, pero no borrando, no destruyendo, sino entendiendo, comprendiendo, reorganizando, cambiando tolerancia por intolerancia, desconfianza por comunicación, visión de conjunto por visión parcial, sentido de totalidad por sentido egoísta  y parcelario.

 

La cultura emergente brota al tiempo que continúa el sectarismo, pero lo va derrotando. Si se mira bien, existen en todos los ámbitos brotes de convergencia, de diálogo. Es  la necesidad de los tiempos, el desgaste del egoísmo es mucho. Buscar los puntos de unión es casi un principio general. Pero aún falta. La religión tiene un papel importante en este proceso, en ella se deposita la referencia a la totalidad que incluye a la vida material. Durante mucho tiempo estuvo sola en este papel, pero ya no, ahora la filosofía y la ciencia la acompañan. Lo que parecía separado per se, ya no lo está más. Este otro proceso de unidad es muy importante, en el crece una esperanza y otra realidad, la realidad que se avecina.

 

III. Preguntas al cocinero.

 

 

El mundo contemporáneo mexicano no es un misterio, forma parte de nuestro sentido común, pero tampoco es una casa de cristal, existen muros opacos que separan en distintos lugares y de diversas formas. Pensar en que los mexicanos nos podamos ver tal y como somos suela descabellado, el anonimato y el encubrimiento con constantes en nuestra vida civil y política. Uno se puede preguntar si sería necesario que todo se expusiera a la luz, si sería conveniente que las cosas se supieran, que la cocina de la vida mexicana actual fuera información pública y coincida. Por el momento sólo vemos platillos servidos, el conocimiento que tenemos sobre su origen y elaboración es desigual, la ignorancia es el común denominador, y además estamos sentados a la mesa que nos tocó llegar, vemos con claridad los platillos que se sirven ante nosotros, conocemos a los comensales sentados junto con nosotros, pero vemos poco a las mesas cercanas y las lejanas son una incógnita, incluso la mesa cercana que nos queda a la espalda es una presencia ausente de nuestra percepción. El mundo se presenta de tal modo que la desinformación y la incomunicación mantienen una situación más allá de lo que en un primer momento se les podría adjudicar. Y a veces nos sentamos a comer solos.

 

La gran formación cultural mexicana, la que incluye a todas las forma de ser y entender, de vivir, aún no existe, lleva siglos formándose, quizás en algún momento estuvo cerca de su realización, pero el mundo se mueve, cambia, y su realización quedó pendiente. Lo que si tenemos es un mosaico de formaciones culturales, la posibilidad de un catálogo inmenso de identidades y comunidades de sentido, y una entidad compleja llamada cultura nacional.

 

Ese mosaico contemporáneo no ha sido siempre el mismo, nombrarlo así supone un corte en un haz de trayectorias de acciones y movimientos sociales. Lo que hoy aparece como una comunidad de sentido quizás se esté desintegrando después de un tiempo de alta cohesión, o tal vez este en el principio de una consistencia que se empieza a manifestar. Lo que hoy está unido quizás mañana esté separado, lo que hoy está separado quizás ayer estuvo unido o nunca lo ha estado ni lo estará. La mirada analítica se mueve en este entramado sutil de constante interacción, donde lo menos móvil nunca llega a estar fijo, al menos que esté muerto. El sentido de la composición y la organización social en el tiempo y en el espacio requiere de atención, de precisión, capacidad de identificar y distinguir, pero también intuición y sentimiento. Lo que aparece ante un punto de vista lector tiene varios planos de composición, varias trayectorias posibles de desarrollo, y varias visiones pertinentes de su origen.

 

El mundo contemporáneo es entonces diverso, y las unidades de sentido se agrupan y relacionan como campos de fuerzas que en ocasiones chocan, en otras se acompañan, y a veces se integran. Este es el reto singular de la ambición de comprensión total de la formación cultural mexicana, no  como gran unidad de sentido como cuerpo mixto de relaciones entre unidades relativamente independientes.

 

Esta propuesta programática considera varios niveles de composición, así como varios planos. En lo que toca a los niveles la consideración básica es el espacio y tiempo sociales que la unidad de sentido en cuestión abarque, un pequeño grupo por unos años no es igual a una región de varios cientos de kilómetros cuadrados por varias generaciones. De esta manera existe la posibilidad analítica que ir construyendo racismos de unidades de composición y organización del sentido, desde lo más pequeño hasta las unidades que abarcan niveles nacionales por varios siglos y aún más.

 

Al tiempo que este trabajo se puede ir ordenando en una pirámide abstracta que tiene una base de rasgos empíricos en el fundamento de los sucesivos niveles de composición y organización, también se puede ir trabajando sobre los planos de su orden empírico. Esto es, se pueden explicitar los rasgos de contigüidad y relación en el tiempo y en el espacio de las unidades de composición y organización. En el espacio una ciudad es un gran campo de trabajo, donde la urbanización y la arquitectura, el diseño del espacio físico socialmente, unen y separan a los actores sociales en lo individual y en lo colectivo. En el tiempo es claro que la historia nacional está más cercana a la ciudad de México que al resto del país, que el discurso de los medios de comunicación está acercando en el sentido a sectores muy diversos y distantes del país. La reflexión sobre el tiempo y el espacio sociales es un asunto imperativo, la labor de profundización  en su representación y sentido es clave para entender la vida social.

 

El análisis de la cultura en tanto rasgos empíricos de composición y organización del sentido es una tarea gigantesca que se puede asumir selectivamente. En ese trayecto el enfrentamiento con el sentido será sistemáticamente como la disección de un cuerpo, algo que se aproxima a la imagen de lo fijo en una serie de fotografías. Pero el cuerpo social está vivo, y la interpretación de la historia también, así como el diseño y el sueño del futuro. La parte móvil del sentido requiere de una inmersión en campos que sin ser manos analíticos exigen una apuesta de intuición y emoción como centro del trabajo y oficio de aproximación al sentido.

 

Viendo a la vida, los planos de su constitución desde lo exterior a lo interior dan una impresión de un viaje desde lo móvil hasta lo fijo. En la primera mirada al mundo social las apariencias percibidas son de constante movimiento, el trajín de la vida cotidiana, el ir y venir del minuto y el segundo. En una segunda mirada la situación cambia, detrás de esa aparente conmoción constante existe un mundo de regularidades y de patrones normativos, el movimiento es una expresión de algo que tiene otra naturaleza, que está más quieto, que ordena y conduce desde lo estructurado y sistemático. En una tercera mirada, que necesita ir en definitiva más allá de lo evidente, se descubre una médula de la acción que es aún más fija, el sentido, el mundo de los valores, de los significados primarios de toda la red de juicios posibles. Este núcleo existe siempre, a veces como un referente invisible y mudo, a veces como el centro luminoso y explícito del orden ritual y simbólico de toda  actividad particular.

 

El primer registro de lo móvil es el mundo inmediato y su impresión al lector-actor. Este encuentro es múltiple, la información recibida es de todo orden, desde la exterioridad que se está percibiendo y desde la interioridad que está proyectándose sobre el exterior. El ajuste de esta experiencia vital intensa es difícil y necesario, objetivar lo que ha sucedido, conservar memoria de lo acontecido, explicitar el contacto vivido. En este punto el aquí y el ahora irrepetible y efímero se ordena a un formato de permanencia.

 

Los siguientes pasos relacionan información no vivida con la información vivida, el periscopio de la visión analítica gira buscando contexto y efectos de profundidad de campo. El oficio etnográfico es muy útil en estos momentos, el registro de la vida de los otros, de su experiencia y punto de vista, de sus condiciones de acción, proporciona información que se contrasta con el primer registro y va formando un fondo de construcción discursiva de la vida social.

 

En un tercer componente entre el trabajo de reconstrucción histórica, cubierto el campo de lo contemporáneo y lo territorial del área social de interés, y ante la necesidad de ir a la explicitación de trayectorias en la relación antecedentes y consecuentes. Las unidades de sentido descubiertas en otras fases tienen la forma y relación que corresponde aun momento parte de una sucesión. Estas trayectorias y formaciones sucesivas de campos de relación de sentido son explicitables y ordenables.

 

A partir del primer registro se inicia una doble tarea, la de los niveles de composición y organización, y la de los planos de relación tiempo especial. Ambas tareas son simultáneas, una alimenta a la otra, sus mutuos criterios descriptivos se van integrando en una red de sentido expresado discursivamente. Esta red no es el sentido, es una representación del sentido. El sentido está más allá de la configuración obtenida y del esfuerzo realizado. En forma técnica se pueden ir obteniendo mapas de configuraciones, hologramas de representación visual y conceptual, pero para llegar al sentido se requiere más, una entrada en la articulación de los componentes semióticos construidos en una dimensión distinta. La emoción y la intuición son claves en este punto. El lector actor debe moverse en un tránsito de lo cuantitativo a lo cualitativo y de lo cualitativo a lo cualitativo. Lo que sucede entonces no es asunto de reglas y normas, es asunto de entrega y renuncia, entrega al campo del sentido y renuncia al dato y su concepto.

 

Durante el tiempo que se ha indagado y se ha sumergido en el campo del sentido, el contacto del viajero del conocimiento con el mundo y consigo mismo ha sido enorme. El individuo que experimenta este tipo de viaje no puede quedar igual, interiormente cambia, y sus relaciones con el exterior también se transforman en forma radical. El contacto del interior y el exterior revolucionan a la relación, la cual se mantienen en los límites de la alteridad, pero distinta, ahora, después del viaje, el sujeto está ante nuevas opciones y alternativas, ante nuevos compromisos y posiciones.

 

La información no fluye sola hacia el sujeto del conocimiento, se requiere un esfuerzo de búsqueda y prueba para saber lo que toca saber. El cocinero de la vida social no regala sus secretos, hay que levantarse de la situación en que se encuentra un consumidor dependiente de formas de vida hacia el conocimiento del orden del cual se forma parte, en este movimiento el actor social se convierte en sujeto.

 

El movimiento de la cultura emergente revolucionaria está pasando por procesos compañeros del expresado aquí. Algo está sucediendo, el conflicto primario y el desgaste en la ignorancia ya llegaron a un límite, lo que sigue es su decadencia y transformación. De nuevo el optimismo hace su aparición. Los futuros posibles para México son diversos, existen progresiones de ciertos marcos situacionales que llegan a visiones de catástrofe y desgracia, existen visiones que niegan por sistema lo que sucede para afirmar lo que se desea, también es posible integrar ritmos y secuencias de orden, trayectorias previsibles, con ejercicios de creación optimista y entusiasta. Si lo que sabemos que puede pasar lo combinamos con lo que sería deseable que sucediera, el resultado puede ser ir más allá de la utopía para entrar en el terreno de la creación y el diseño de la vida que sería distinta y superior a la actual.

 

De todo el catálogo de formaciones de sentido que existen hoy en México, las que llegan desde el liberalismo y la ciencia, y las que llegan desde la religión y el consumismo, son las más extendidas y generalizadas. Lo que suceda a futuro tendrá que salir de ahí. Existen variables materiales que están en juego en forma determinante, la ecología y  la demografía son centrales, la economía y la política periféricas. Las respuestas a la situación de hechos vendrán desde la cultura, desde la idea de las cosas y su sentido. Es en la cultura donde todos los caminos concluyen. Es en el sentido donde todo se resuelve o se cancela. Lo que se está gestando. Lo que se debe favorecer en su gestación, lo que conviene impulsar, es una revolución cultural del sentido, el acto de creación colectiva de una nueva vida social. Ese sentido saldrá de los elementos mencionados, en todos ellos hay particularidades convergentes y excluyentes. La religión y la ciencia son la matriz del nuevo sentido común, desde ese corazón se planteará la política y la economía del muevo orden. Esto es posible porque la trascendencia, el sentido de la totalidad es construible en el saber emocional de la religión y el saber racional de la ciencia. Veamos, actuemos, un futuro cercano es nuestro.

 

 

 

 

 

Jesús Galindo Cáceres

24 de abril de 1990

Vallejo, Ciudad de México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDABLE:

 

 

 

AGUILAR Camín, Héctor

1982      Saldos de la revolución, Editorial Nueva Imagen, México.

 

BERGER, Peter

1981      Para una teoría sociológica de la religión, Editorial Kairós, Barcelona.

 

BOHM, David

1988      La totalidad y el orden implicado, Editorial Kairós, Barcelona.

 

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1982      El centro invariable, editorial YUG, México.

 

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1981      Preguntas a un maestro Zen, Editorial Kairós, Barcelona.

 

MAUSS, Marcel

1974      Introducción a la Etnografía, editorial ISTMO, Madrid.

 

PAZ, Octavio

1983      El ogro filantrópico, Seix Barral, Barcelona.

 

RESINA, Joan Ramón

1988      La búsqueda del Gral., editorial Anthropos, Barcelona.

 

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1987      El sendero del Buda, Ediciones Dharma, Alicante.

 

TETSUGEN

1988      El sermón sobre el Zen, Editorial Paidós, México.

 

 

                                  Jesús Galindo Cáceres

                      Grupo de Acción en Cultura de Investigación

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