VIA PUBLICA, VIDA PUBLICA
De los caminos de vida y la calle en la organización urbana
Jesús Galindo Cácereshttp://www.geocities.com/arewara/arewara.htm
I. El tiempo y el espacio sociales
La ciudad, lugar de encuentro, las vidas se cruzan, el magnífico escenario es el continente de miles de vidas, de historias, de uniones y separaciones. Mirar a la ciudad es mirarse a sí mismo, representa lo mejor y lo peor de quienes la habitamos. La ciudad es nuestra creatura y es nuestro creador, está viva, palpita al ritmo de las emociones, de los gritos y los silencios. No para, a penas descansa por unas horas, minutos. La ciudad es nuestra memoria y nuestro olvido, es más fija que nuestra existencia efímera, pero también cambia, ha tenido mil rostros, mil vidas y mil muertes, y sigue ahí. Sus rincones están asociados con el dolor, con la alegría, con la indiferencia. También es la guerra, la lucha cuerpo a cuerpo, lo sublime y lo ridículo. La ciudad está fuera y dentro de nosotros, la ciudad es nuestra y pertenecemos a la ciudad. Aquí se gesta el sentido y la trascendencia, o la naúsea y la nada. La ciudad es el centro, reconocerlo es poner la mirada en el centro.
La ciudad es nuestro referente medio de ubicación, en un primer plano aparece nuestro entorno inmediato, en un tercer plano aparece el país, el mundo, el resto, y entre uno y otro la ciudad, el gran mundo cercano, el universo de lo cotidiano.
En el primer plano se construye nuestra vida diaria, ahí se encuentran nuestros amigos, nuestros familiares, compañeros de trabajo, lugares y situaciones cercanas. Los desastres cotidianos se escenifican en este plano. Generalmente no se encuentra constituido en una sola zona de la ciudad, sino distribuido en diversas partes, una gran ciudad puede ser ocupada cotidianamente en el contacto con los sitios que componen este primer plano. En cualquier caso el escenario de fondo es el telón urbano, el nivel de conocimiento sobre su composición depende de su cercanía o distancia del primer plano de la vida cotidiana. El tercer plano es un referente lejano que aparece como más cercano en la medida que se conecta con el primero o con el segundo, por ejemplo por razones familiares o de noticia nacional o internacional. El mundo existe y se ordena a partir de la vida cotidiana, del primer plano.
La vida urbana es el encuentro de múltiples primeros planos, si desde el punto de vista de un habitante de la ciudad, su primer plano ocupa una parte pequeña de toda la escenografía urbana, superponiendo los primeros planos de todos los habitantes lo que se obtendría sería una imagen de ocupación total de la ciudad, si bien es cierto que habría zonas sobreocupadas y otras subocupadas según una media posible. El caso es que la ciudad vista desde este punto se muestra como un gran escenario de encuentro y desencuentros cotidianos de miles de primeros actores, en el marco de una puesta en escena de millones de extras. La ciudad es múltiple y variada, su composición y organización desde los primeros planos es caleidoscopio gigantesco.
Cualquiera que sea la magnitud de una ciudad, la imagen de lo múltiple en lo unitario se hace presente. Esto tiene proporciones mayores cuando el nombre de la ciudad es México o Guadalajara, pero en todos los casos, incluso en el de ciudades de cuarenta o cincuenta mil habitantes, lo diverso en lo idéntico es casi una alucinación. La ciudad es una, sea cual sea su tamaño, pero también es muchas, visto el asunto desde el primer plano. La mirada a la ciudad es contradictoria, su concepción está atravesada por la perspectiva de la unidad partida en pedazos. Pero esta visión es incompleta y peligrosa en sus efectos. La ciudad está viva porque la habitan cuerpos y sentidos en movimiento, para cada sujeto la ciudad se divide en sectores según su primer plano, los sujetos pueden ser individuales o colectivos. Las divisiones vivas de la ciudad son múltiples y se superponen, un corte único parte estas divisiones, lo que quedan son muñones sangrantes, un espectáculo de dolor y agonía. El criterio unitario mata a la ciudad. El costo eficientista de lo único es muy alto desde lo múltiple de los primeros planos.
El asunto ha sido apenas enunciado, es muy delicado lo que se está nombrando. La administración pública tiende hacia el criterio unitario, las organizaciones políticas tienden hacia el criterio unitario, existen entidades con criterios mixtos, como la iglesia y el mercado, los únicos que tienen criterio múltiple, y esto por contraste, son los ciudadanos. Vivir a la ciudad en el choque de criterios es desgastante, las grandes ciudades padecen día a día el enfrentamiento brutal entre la composición múltiple de lo cotidiano particular y el orden unitario de lo general. El resultado es la perdida de sentido y el aumento de anomia y control central.
La mentalidad unitaria desearía que la ciudad funcione como una máquina a la que se le hacen ajustes y se le aplican oficios de mantenimiento. El costo es altísimo, el mundo múltiple exige ajustes diarios, oficios de mantenimiento más caros cada vez. La argumentación es que sólo con criterios únicos se puede gobernar lo extenso, el ensayo ha sido tan largo y plagado de fracasos que seguir sosteniendo el punto es una necedad. Por otra parte, cuando el criterio logra ser eficaz es con el costo de la vitalidad social, sólo una ciudad ordenada como un inmenso ejército ocupando un espacio normado y funcional se amolda al ejercicio en éxito de lo unitario.
La idea es fascinante, el poder total imagina al todo moviéndose según su voluntad, un hormiguero sería un modelo a seguir. Pero no, la ciudad es múltiple y son múltiples las voluntades de vivir. El choque continúa.
Imaginar lo múltiple siendo en lo unitario requiere de un esfuerzo grande, pero la imagen es sencilla, basta con imaginar a cualquier ciudad de nuestro país. El equilibrio es móvil, no depende de una voluntad, la mentalidad unitaria teme el caos de lo múltiple, intenta sujetar y poner en orden, lo múltiple en contraparte se mueve en la ilegalidad, bordea al orden para seguir adelante.
Para la vida urbana el lugar de lo múltiple por excelencia es el espacio público, y este es el espacio donde el orden unitario actúa con mayor rigor, sobre todo en grandes ciudades y es también el lugar donde el orden unitario muestra todas sus carencias. La calle puede convertirse en un campo de batalla entre lo múltiple y lo unitario en donde sólo hay vendidos.
El espacio público urbano pone en contacto a la vida interior de la ciudad, y el mismo es escenario de buena parte de la vida urbana. Este sitio donde lo múltiple tiene su nicho más representativo aparece como homogéneo en las ciudades contemporáneas, pero esta apariencia se muda a particular diferencia en cuanto se observa la relación entre lo público y lo privado en cada ciudad. Entender al espacio público es importante, ahí nos encontramos todos en la tierra de todos. El espacio público puede ser el lugar donde se gestiona la vida o la muerte de las ciudades, ahí se define el perfil de lo ciudadano, ahí se resuelve la complejidad de lo múltiple. Entender al espacio público es prioridad para la salud de la vida urbana.
Para entender lo que sucede se necesita primero conocer su composición evidente, a partir de ella se puede avanzar hacia lo invisible en dirección de la comprensión y el sentido. En el caso de la vida urbana, el an lisis descriptivo es indispensable para caer en la cuenta de la composición y organización de lo social. Un primer momento de desconocimiento de lo conocido viene bien, el segundo momento sería de descripción exhaustiva para reconocer lo que aparece, e iniciar con ello un proceso de preguntas y respuestas sobre lo así descubierto. El instrumento más eficaz para el momento descriptivo es el acercamiento etnográ fico a la composición y orden de la vida social.
Un esquema posible de trabajo etnográfico es el que ordena la información en mapas situacionales. Se trata de organizar a la vida social en una representación tiempo espacial de su composición. Todo lo que sucede puede ubicarse en algún lugar y en algún momento, se trata de formar unidades tiempo espaciales con coordenadas de antecedentes y consecuentes. La disposición de estas unidades permite un mapa tiempo espacial donde todo acontecimiento puede ser ubicado en un punto de relaciones. El evento que se toma como unidad es la situación, definida esta como la acción de un sujeto en búsqueda de un objeto en un momento y en un lugar, con cierta duración mediante cierta estrategia, con cierta oportunidad y gasto de energía. De esta manera se puede elaborar una cartografía de la vida urbana [Galindo, et al., 1986].
Ver la ciudad tiene como condición implícita el punto de vista y la perspectiva. Mediante la etnografía se tiene un punto de vista descriptivo exhaustivo, y la perspectiva es de la totalidad, nada queda fuera del campo descriptivo. De inmediato surgen las primeras preguntas, el contraste entre la experiencia vital del observador cotidiano y el observador sistem tico es grande. Desde la experiencia del observador cotidiano el registro de situaciones urbanas est demarcado por el primer plano de la vida social; en cambio, el observador sistem tico descubre y registra todas las situaciones urbanas. Este contraste es el primero que se requiere evidenciar, pero no es lo único que se verifica.
Las situaciones urbanas que componen la cadena de vida de cualquier sujeto social no tienen el mismo status, unas pueden ser calificadas de m s importantes que otras. La cadena de situaciones tiene eslabones claves para la vida del sujeto, estas situaciones tienen un significado especial para el propio sujeto. Comparando los mapas situacionales de los diversos sujetos no es extraño encontrar coincidencias entre las situaciones clave. Este es otro punto importante de contraste.
De entre todos los aspectos que pueden coincidir en el contraste de mapas situacionales están los referidos al tiempo y al espacio. Las circunstancias que componen a cada situación, las condiciones que les permiten, parten de que la situación se lleva a cabo en algún lugar y en algún momento. Esto es relevante para la vida urbana, para la reflexión sobre el tiempo y el espacio urbanos. Baste imaginar lo que representa que sujetos muy distintos coincidan en sus situaciones vitales en ciertos sitios de la ciudad y en el mismo momento y duración. En el análisis de la vida urbana este punto de articulación entre lo particular y lo general es sustantivo para el orden de la relación entre lo múltiple y lo unitario.
Los mapas situacionales tienen una dimensión actual y una histórica. Siguiendo con la lógica de los contrastes, el análisis puede seguirse en el tiempo haciendo comparaciones entre generaciones y regiones. En fin, las categorías sociales que se puedan y se quieran explicitar pueden ser observadas en el curso de la composición urbana en el tiempo y el espacio en general. Así, niños, mujeres, obreros, alcohólicos, pueden ser ubicados en los mapas contrastados, lo cual puede ordenar mapas construidos de segundo orden y en el sentido de lo colectivo. Hay que recordar que los sujetos de acción social pueden ser individuales o colectivos.
La ciudad se puede trabajar a partir de los mapas situacionales, en momentos sucesivos del análisis irán apareciendo nuevos componentes de lo general, el orden se iría armando a partir de lo múltiple en lo que agrupa la composición unitaria. Esta es una posibilidad de entender lo que sucede, el qué hacer corresponde a la misma lógica.
II. La vida urbana pública
El mundo se mueve, entre instante e instante se construye el universo. El mundo social es constante movimiento, cada palpitación, cada respiración, cada gesto, van marcando el surco del acontecer humano. Y la ciudad es el trompo de la vida social. En nuestros peque¤os sistemas solares humanos, las ciudades son el origen de la luz y el poder, desde ellas emana el calor, el fuego que renueva la vida o la destruye. El movimiento urbano es la energía m s dispuesta del sistema social, es en las ciudades donde se gasta más, donde se requiere más, el lugar del consumo, pero también el lugar de la fuerza.
El mundo contemporáneo es complejo como nunca, y sobre todo es nuestro mundo. México es hoy un país con un pasado agrario algo más que muy importante, es hoy un mundo agrario complicado con cambios de todo tipo. La sociedad ha cambiado en los últimos cuarenta años como nadie imaginó. El fenómeno urbano se ha venido encima, el sistema de ciudades se ha diversificado, las grandes ciudades han aumentado de tama¤o en forma intensiva, las medianas también. Hoy día la población mayoritaria del país es urbana en algún sentido, o vive en ciudades de tamaño regular para adelante, o está afectada por el vigor cultural de las ciudades. La cultura urbana es un fenómeno de proporciones universales.
A diferencia de las formas culturales de casi todos los tiempos, lo sucedido en las últimas décadas ha traido cambios a una velocidad tal que antes de hablar de algo fijo se tiene que hablar de algo móvil. La cultura contemporánea es una cultura de movimiento, una cultura emergente en formación y cambio constante. El movimiento social es la clave de comprensión de la cultura del México de hoy. Y el movimiento social está asociado de forma inmediata con la vida urbana de este siglo.
A lo largo del siglo son muchas las costumbres que han quedado en el pasado o que han tenido una corta vida. Todos los ámbitos de acción social han estado sometidos a una tensión constante: el movimiento. Para el caso de las ciudades, son las ciudades desbordadas por la migración las que acuñan con mayor contundencia los cambios de estos tiempos. La cultura es tradicionalmente la forma más fija de actuar y responder ante situaciones convencionales. La vida social tiende a convencionalizarse, a adquirir formas de composición relativamente estables, no ha sido el caso de la enorme marejada de la cultura emergente urbana. Las ciudades más importantes del país contienen y son contenidas por culturas emergentes contemporá neas a culturas tradicionales, las emergentes están más actualizadas, pero al mismo tiempo son frágiles y efímeras. Los cambios urbanos han dado como producto una cultura contemporánea con un contenido urbano muy alto, y con un perfil emergente también muy alto.
Por supuesto aún siendo el fenómeno un cuadro general, no ha sido homogéneo ni estándar, la diversidad regional tiene un correlato urbano particular. Existen tantas culturas urbanas como ciudades hay, aunque también es cierto que se presentan fenómenos de composición de ámbito nacional, supra regional, e incluso internacional. Para conocer lo que sucede vuelve a ser necesario un proceso de indagación que permita identificar los rasgos particulares y los rasgos generales. Aquí se está nombrando a la gestación y germinado de una cultura nacional con sus variantes regionales de fondo.
El mundo ha cambiado, eso dicen los mayores, y hay que reconocer que tienen razón. Son tantos los cambios que enfrentarse a ellos en la tarea de un posible inventario se mira como algo colosal. Y si el inventario empezara por lo percibido desde el primer plano de la vida cotidiana de los actores privilegiados que han vivido todo el siglo, el asunto es todavía más desproporcionado a las posibilidades de realizarlo. Pero ahí debe empezar la indagación sobre nuestro México en el siglo veinte, en la recuperación de la mirada y la memoria de los actores vivos de tan revolucionado periodo. Hay tanto por hacer.
Uno de los puntos de ruptura más abrupta entre los nuevos y los viejos tiempos, desde el plano de la vida cotidiana, es la separación entre dos ámbitos, que si bien siempre estuvieron en dos espacios distintos, nunca como ahora giran sobre órbitas a veces lejanas, a veces extrañas, a veces opuestas. Los mundos de lo privado y de lo público han sido transformados en sus relaciones, este es quizás el punto de articulación de lo social con mayor número de síntomas de los efectos del movimiento constante e imprevisto. Las fronteras entre lo público y lo privado se han movido, sus umbrales se han metamorfoseado, sus trán sitos han unido lo separado y confundido a lo unido.
El orden social había sido un pacto entre el margen de lo micro-social, lo doméstico, y el margen de lo macro-social, lo público. La sociedad mexicana en sus múltiples fracciones acordó un orden social en el contacto y la relación entre entidades tan distintas como la familia y el estado. El movimiento general conmovió este acuerdo, lo estalló, lo estable perdió el balance, el ritmo de los tiempos dictó acomodos diversos, muchos de los cuales nunca terminaron de conformarse.
Aparecen con cierta claridad dos paradigmas básicos de relación entre lo público y lo privado hacia los a¤os cuarenta y cincuenta. Uno tiene una línea de referencia hacia la tradición, hacia la sociedad que est dejando de ser y aún subsiste. El otro es emergente, tiende a la definición del nuevo tipo de sociedad que tender a generalizarse hacia los años setenta y ochenta. Al primero se le podría titular como el paradigma de la sociedad doméstica, al segundo como al paradigma de la sociedad pública. Ambos tienen tendencias encontradas y perfilan muchos subtipos, los cuales se distribuyen en nuestras ciudades en forma heterogénea e incluso contradictoria.
El paradigma de lo doméstico viene del siglo diecinueve y aún antes, está definido por relaciones familiares muy fuertes y una vida pública que se compone como una extensión de las relaciones familiares. La madre permanece en casa, se mueve poco, los hijos dependen en gran medida de la madre. El padre es el guardián del umbral de la casa, quien decide lo que entra y lo que sale, el que se mueve en el espacio público de las relaciones ciudadanas y laborales. El espacio público es un mundo de conocidos, la circulación social se media por apellido y alianzas familiares. El mundo ordenado por lo doméstico es femenino, conservador, moralizante, de estratos sociales fijos, de movimiento lentos y previsibles. El mundo doméstico gravita alrededor de la familia y de los espacios reducidos y conocidos.
El paradigma de lo público tiene antecedentes en el siglo diecinueve y antes, pero se desarrolla en el siglo veinte, sobre todo de los años cuarenta en adelante. Su perfil es el de un mundo anónimo, de desconocidos, normado por la ley del Estado, un mundo de ciudadanos y trabajadores. La vida pública es la de los hombres y mujeres ante la ley, un mundo de individuos. La presión sobre la vida doméstica es la individualización, las relaciones familiares se fragmentan y tienden a desaparecer; el mundo doméstico tiende a regirse por la ley ciudadana. La madre trabaja y tiene menos hijos o no desea tenerlos, la casa deja de ser su hábitat total. El padre no controla más la entrada y salida de la casa, su figura se equipara con la de la madre; los hijos adquieren independencia y autonomía de los padres. El espacio público es un mundo de desconocidos, el espacio privado también lo es. Los méritos sociales tienden a ser cualidades individuales asociadas con el rendimiento en el trabajo. El mundo ordenado por lo público es masculino, en cierto sentido asexuado; lo importante es ser productivo. Se presenta una gran movilidad social, las fortunas tan pronto como se hacen se pierden. La vida perece una gran carrera, la competencia priva sobre la solidaridad. El mundo público gravita alrededor de la ley ciudadana, de los espacios sociales generales y particulares, entre los corredores de lo desconocido y anónimo.
Ambos paradigmas son muy generales, sus referentes concretos lo explicitan en tipos particulares, los cuales buscan rasgos de identidad con formaciones culturales, regionales y generacionales. Sin embargo su utilidad radica en que muestran el encuentro de dos tiempos, una de tendencias estables y otro sumamente agitado, los cuales conviven en nuestra poca como formas generales de intenciones y comprensiones distintas, que reclaman proyectos sociales divergentes.
Los mundos público y privado se desdoblan en el paradigma de lo ciudadano y de lo domstico, uno frío, el otro cálido. Ambos mundos se presentan en todas las ciudades del país, su conformación varía según condiciones de variada índole; en algunas predomina el paradigma ciudadano, como en la ciudad de México; en otras predomina el paradigma doméstico, como en Colima; en otras más se dan situaciones mixtas, como en Guadalajara, que tiende a lo doméstico, o en Veracruz, que tiende a lo ciudadano. En la mayor parte de las ciudades más antiguas se presenta muy fuerte la fuerza de lo doméstico, en la mayor parte de las ciudades nuevas la tendencia es a lo ciudadano. Son interesantes los casos contrarios, de ciudades nuevas con presencia de lo doméstico, o de ciudades viejas con presencia de lo ciudadano, se presenta más el segundo caso que el primero. Lo que sucede en general en el país es que el movimiento social lleva a la composición y organización urbana hacia la generalización del paradigma ciudadano. En pocas palabras, la vida pública es el centro de la vida urbana en muchas ciudades, y tiende a serlo en todas.
La vida pública es más de la mitad de la vida, en sectores inmensos de población la casa es sólo un dormitorio al cual se llega de noche y del cual se parte en la madrugada. La vida pública es el eje de composición fundamental de la vida urbana contemporánea. Los sujetos actúan para obtener objetos, para lograr algo, para sentir, para no perder. La acción social se desarrolla fuera de la casa, la más sustantiva, la que le da sentido a la vida. El sujeto se vincula al objeto, mediante esta acción activa o pasiva adquiere identidad y poder, su vida se prende de sentido. Para nuestra cultura contemporánea el sentido esá en la vida individualizada del paradigma ciudadano, está en la vida pública.
Nuestro mundo es un tiempo espacio compuesto y organizado a partir de lo que está fuera de la casa. Generaciones enteras han sido formadas con este sentido vital, han salido a la calle a conquistar al mundo, o por lo menos a intentar seducirlo, y no son la mayoría las que lo han logrado. Esta es la imagen del mundo de hoy, la lucha intensa en donde se miran como ganadores unos cuantos, los demás deben retroceder hasta llegar a lo único que les queda como territorio apropiado: su casa, el aparato de televisión. El orden social de hoy es contradictorio, ofrece todo y concede poco, pero en el ofrecimiento conmueve de tal manera que la acción es general e intensa. La primera batalla se libra en el umbral de la casa, de ahí en adelante todo es lucha, e incluso la ley ciudadana penetra en el hogar y norma los tiempos y movimientos de los ciudadanos. Pero lo que sucede en casa es asunto particular, la calle es de todos y ahí nos encontramos. En la calle se verifican los procesos de socialización y comunicación más representativos de la vida urbana, en la calle se aprende a ganar y a perder.
La calle es el escenario número uno de la vida ciudadana. Al observar lo que sucede en la vía pública se conocen las normas generales y particulares de la convivencia ciudadana. El anonimato, la indiferencia, la agresividad, la compasión, todo lo que sucede en la calle es la ley de hoy, su moral el sentido de la convivencia humana. La calle enseña, nos muestra nuestro rostro, ahí no hay trucos ni maquillajes, se presenta descarnado el cuerpo y el alma del mundo contemporáneo. En la calle se cocinan los sujetos de hoy y ahí mismo son devorados.
III. Los caminos de vida
Entender la vida urbana requiere conocer descriptivamente a la vida urbana. Lo mapas situacionales son el principio para conocer, ahí quedan ubicados todos los acontecimientos de curso vital individual y colectivo. Pero falta precisión en la comprensión de lo que queda registrado. El instrumento para ordenar la información en forma comprensiva puede ser la noción de campo de composición y organización social.
La magnitud de la situación como evento básico de la etnografía urbana es variable, su variabilidad depende del campo que compone y organiza. En toda situación existe un mbito de composición y organización previa donde la situación se realiza, la situación misma afecta esa composición y organización, el radio de efecto no es ilimitado, o cuando menos tiene un primer campo de efecto inmediato y un segundo campo de efecto mediato. La situación por su efecto y condiciones de realización marca el campo de su acción. Así, si el sujeto de una acción en busca de un objeto se define por un individuo, su campo de composición y organización es lo que aquí se ha llamado primer plano de la vida urbana, la vida cotidiana y sus circunstancias. Si el caso fuera de un sujeto colectivo, el campo se ordena de forma semejante.
La noción de campo permite una visión de totalidad parcial, de pequeño universo de lo particular. El sentido en que se formula le da flexibilidad, lo mismo se aplica al mbito de lo individual que de lo colectivo, de lo personal que de lo social. La noción de campo es profunda, se mueve en la dimensión histórica, permite el an lisis completo de partes relativamente autónoma de la composición y organización social general.
La noción de campo da flexibilidad a la definición de la unidad de an lisis, permite ver de forma independiente a lo que est tramado con la totalidad general. Pero es un instrumento abstracto que requiere una definición concreta que tengan la calidad de lo concreto, y que en unión con instrumentos abstractos permitan por conclusión la comprensión y entendimiento de lo social. Las categorías de lo público y lo privado tienen esta cualidad, la de cercanía de lo concreto, pero son generales. Se requiere de otros instrumentos conceptuales que permitan la ligazón de lo abstracto y general con lo concreto y particular.
En el primer escalón de lo concreto y particular est n los mapas situacionales con su registro exhaustivo de la vida social, el siguiente escalón partir de los mapas y se alimentar de ellos. Sobre la dimensión contemporánea del campo la vida urbana puede ordenarse desde el primer plano en rutinas y caminos de vida. Sobre la dimensión histórica se puede ordenar al campo como ruta de vida. La dimensión contemporánea del campo es tal hasta que la composición y organización cambian estructuralmente por modificaciones sustantivas en la relación de sujeto y objeto. La dimensión histórica cubre varios puntos de composición y organización contemporánea. Cuando la vida individual o colectiva se estabiliza en ciertas rutinas y caminos se ordena sobre un mapa situacional más o menos fijo, formación contemporánea de campo. Cuando las rutinas y caminos cambian, y la relación de sujeto y objeto que las fijaba también ha cambiado, entonces el orden del campo cambia. Los cambios en el orden el campo no son día a día, se dan menos de una docena en toda una vida individual. En la historia de este siglo los cambios de la vida colectiva han afectado en esa magnitud de campo a los campos particulares; este ha sido un siglo de cambios.
Las rutinas de vida son los patrones de repetición de las acciones realizadas por un sujeto en su relación de objeto. La vida cotidiana y la vida social están tejidas día a día por rutinas de acción, las cuales se inician al despertar por la mañana y terminan al acostarse a dormir por la noche, las cuales ordenan la vida en la casa, el trabajo, la calle. En todos los lugares de acción social se verifican rutinas que garantizan la continuidad del acontecer vital. Es por las rutinas que se pueden ver de una sola vez los mil días del trabajo y la recreación cotidianas. Los mapas situacionales en su composición y organización de campos marcan estas rutinas en los patrones de realización de las situaciones convencionales. Los cambios se pueden ir apuntando sobre un esquema básico, cuando los cambios son tantos, o de tal cualidad, que el esquema básico no es suficiente, se genera un nuevo esquema, y por tanto se registra un cambio estructural en el orden del campo.
La vida transcurre entre rutinas y variantes de rutinas. Las rutinas tienen una connotación de fijeza, se realizan en cierto lugar y en cierto tiempo. Los escenarios básicos de la vida son lugares donde se representa mil veces la misma escena, otros escenarios no son variados, su número es pequeño, en ellos se dramatiza la cultura desde el nacimiento hasta la muerte, desde la mañana hasta la noche. Este paquete de escenarios y rutinas conforman el primer plano de la vida, pero existen el segundo y el tercero. La relación entre ellos es el centro de la noción siguiente.
Los actores sociales transitan, se mueven de un lugar a otro. Los lugares que tocan durante un día los llevan del ámbito doméstico al ciudadano y del ciudadano al doméstico. El tránsito es una necesidad, la casa y el trabajo no coinciden en el mismo lugar, la casa de los familiares y la propia casa tampoco coinciden, aunque en algunas ocasiones sí, pero quedan el mercado, la escuela, el templo, el parque, el cine, el restaurante, las oficinas públicas, el centro médico y otros. El actor social transita por la ciudad, moviéndose entre los mbitos cálidos y fríos del primero y el segundo plano de su vida.
Si bien las rutinas de vida se verifican en un lugar, los caminos de vida conectan a esos lugares entre sí.
Los caminos de vida empiezan en la casa, el dormitorio puede estar en un lugar distinto del ba¤o, del comedor, de la televisión, de la cocina. El actor se mueve dentro de su casa de un lugar a otro, según las rutinas y los objetivos y objetos que lo definen como sujeto de acción y recepción. Estos caminos son las veredas de lo domstico; según la composición y organización de campo de lo doméstico ser el perfil de ellos y su importancia. Todo es localizable en el mapa situacional.
Pero después de la casa sigue el mundo de la ciudad, el exterior al hogar, lo público, lo ciudadano. Entonces el actor se mueve rumbo a su trabajo, rumbo al mercado, rumbo a la escuela, rumbo al templo. Día a día recorre la ciudad de lugar a lugar, el primer plano se ordena paralelo al segundo; la ciudad es el segundo mbito de su acción. Y sucede que el primero y segundo plano se funden y confunden, la casa de la mamá es también la calle y el barrio, el trabajo es el edificio y el rumbo donde se ubica; la escuela es una segunda casa. Los dos planos se comunican en forma intensa.
El segundo plano presiona sobre el primero en diversas formas, la más importante es la que se expresa en la forma de tiempo y espacio. El actor tiene que recorrer la ciudad para ir de su casa al trabajo y la distancia es mucha, el tiempo de ida y vuelta se convierte en algo muy importante cuantitativa y cualitativamente en su vida. Si el trámite se tiene que hacer en el centro de la ciudad y el actor vive en la periferia, de nuevo el segundo plano pasa a primero en forma violenta. Las interferencias del segundo plano en el primero a lo largo de la vida diaria son variadas y muchas veces recurrentes, esto convierte al tránsito, al camino de vida, en un escenario importante, en un lugar donde pueden ocurrir situaciones que conforman al sujeto y sus campos de acción vitales. Un trabajador de la ciudad de México que ocupa cuatro horas diarias para moverse en la ciudad tiene una relación vital con el tránsito y sus situaciones. Un trabajador de Tepames, Colima, que ocupa más de tres horas para ir a trabajar a la ciudad capital del estado, también tiene una relación vital con su camino de vida.
En los casos extremos mencionados, es evidente que el tránsito es central en la vida de esos actores sociales. Los caminos de vida no son sólo contacto entre los lugares de la vida social, son lugares centrales de la vida social. Su efecto sobre la composición y organización de campo de otras áreas de la vida pública y privada es intenso y radical. Un individuo que utiliza la quinta o cuarta parte de su tiempo de acción diaria en tránsitos afecta toda su vida con ello. Tanto en el caso de la ciudad de México como en el de Colima, el efecto no es sólo individual, es colectivo, afecta el orden social general.
Este aspecto de la vida pública, el tránsito, tiene efecto sobre el resto de la vida pública y sobre la vida privada. Los horarios del día se ven impactados por el tránsito en forma definitiva, las actividades en la casa y en la calle dependen de los tránsitos, de los caminos de vida. No hace falta llegar a los extremos mencionados para reconocer que los caminos de vida tienen una importancia elemental en la composición y organización de la vida social. En el caso de la vida urbana, los caminos de vida complican a las dos esferas de acción social básicas, a lo público y a lo privado. Esta conformación particular hace del asunto un núcleo representativo por excelencia del orden de lo urbano.
Los caminos de vida son en principio individuales, existe un curso de tránsito por la ciudad por cada habitante que la transita, pero sucede que la decisión sobre el camino concreto no depende de la voluntad individual exclusivamente; el orden público, la ley ciudadana, participan en el diseño y decisión de los cauces de circulación, y los vehículos de tránsito público. En las ciudades es la vía pública el lugar privilegiado de encuentro entre lo privado y lo público, lugar donde lo público gana la batalla en la opción del bien general sobre el bien particular, pero donde también circulan mayor número de vehículos privados que públicos.
La calle es entonces un espejo de las contradicciones en el orden social.
Pero hay más, además de la parte política del asunto, existen connotaciones económicas e ideológicas. En lo económico basta nombrar a las empresas automotrices y a la industria del petróleo; en lo político simplemente enfatizar que la calle est diseñada en nuestras ciudades para circulación de individuos y mercancías, para transitar, no es un lugar para otros usos, la ley los condena. Lo que queda como pertinente para incitar a un comentario es lo referente a lo ideológico.
La calle educa, en la calle se vive la cortesía de la cultura urbana. La calle plantea las relaciones entre diferentes como de iguales, todos los ciudadanos pueden transitar con libertad por la calle, a pesar de las zonas restringidas y vigiladas. La calle es el lugar de los ciudadanos, en apego a la ley todos los transeúntes son iguales. En la calle se marcan los rituales de relación entre clases, entre sexo, entre generaciones. En la calle se goza, se sufre, en la calle se mira, se contempla y se es mirado y contemplado. La calle es lugar de encuentro. Entre los tiempos del desfile civil del día a día, entre las idas y vueltas de la casa al trabajo, del mercado al hogar, la calle también es el baile de una coreografía de colores y vestidos, es el paseo aprovechando la rutina, el momento fuera de todos los dentros agobiantes. La calle es el tiempo de estar en ningún lugar. El tránsito ritualizado en sí, promueve el roce con el otro, el bloque, el encuentro. La calle también es todo esto.
El último comentario sería sobre el elemento explicitador de la dimensión histórica de la composición y organización de campo, la ruta de vida. Todos los actores sociales tienen su historia, su cadena de situaciones vividas, sus sucesivos mapas situacionales experimentados. En todo ello existen ciertos componentes nucleares, ciertas situaciones centrales, la cadena histórica de estos hechos clave es la ruta de vida. Esta cadena se ordena sobre lo cotidiano y le da sentido.
En general, la ruta de vida está compuesta por situaciones pertenecientes al ámbito de lo privado, o de momentos de lo público relevantes para lo privado. Los caminos de vida quedan fuera salvo con una excepción, la migración. Sin embargo, los mapas mentales de la ciudad que los actores van formando en sus tránsitos por ella les confieren seguridad y confianza, son elementos fundamentales de la conformación de la identidad, del arraigo, de la pertenencia a un lugar. Los caminos de vida le dan ubicación al sujeto social, son el marco de experiencias que construye la imagen del mundo del actor, su idea de la ciudad, en este sentido son muy importantes. En trminos culturales se puede apreciar que la prdida de percepción o memoria de los caminos de vida, del segundo plano de la vida urbana, debilita al sujeto, le hace perder poder de acción, capacidad de juicio.
Es mucho lo que puede decirse de la relación entre vida pública y vía pública; aquí se ha dejado un apunte. Lo que es inolvidable es central, para recordar hay que saber. Es mucho lo que necesitamos saber sobre nuestras ciudades y su formación, ese saber nos permitir actuar, necesitamos actuar para resolver. Todo es cosa de empezar o de seguir.
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