Carlos Monsiváis
Los acontecimientos de Chiapas han cambiado el país. Sobre eso, no hay discusión. Lo argumentan con vehemencia los funcionarios, que juran no volver a "la paz de antes", lo enuncian los articulistas y los analistas, lo aceptan incluso los coletos de San Cristóbal de las Casas que exigen en su marcha la muerte del obispo Samuel Ruiz. El país ha cambiado, ¿pero qué es el país? ¿Todos los que lo habitan? ¿Una alianza inexplicable de clases medias, clases populares y burguesía? ¿La conciencia de lo que se avanza y de lo que falta en la búsqueda de un proyecto civilizatorio pleno? ¿El deseo del régimen conceder sin modificarse en lo esencial? ¿La culpa real, beligerante, sincera o retórica de las clases medias? ¿Las nociones de avance de la sociedad civil, en su acepción de medios informativos, organizaciones no gubernamentales, gremios, impulso conversatorio que también llamamos "opinión pública"? Desde el 1 de enero de 1994 el país ha cambiado y doy algunas pruebas circunstanciales, puestas en desorden:
1. La única voz que encomió a la matanza, la del líder cetemista Fidel Velázquez, partidario del "exterminio", se vio obligada a rectificar no sin ganarse el sobrenombre de Terminator III.
2. En Chihuahua niños de escuelas primarias acudieron a lo largo de dos semanas a las instalaciones de la zona militar a dejar ramos de flores blancas en mensaje de paz. Actos similares ocurrieron en otros lugares de la república.
3. En Tuxtla Gutiérrez, en la sesión de la cámara de diputados local en la elección (designación desde el centro) del gobernador suplente, se desató una ovación cuando el único diputado perredista, Jack Demóstenes, propuso por su cuenta al subcomandante Marcos para gobernador.
4. La Comisión permanente del congreso de Chihuahua se manifestó en contra de la desinformación generada por la empresa Televisa en torno al conflicto chiapaneco. La diputada del PAN Teresa Ortuño deploró "el manejo que los Zabludovsky y esa empresa le han dado a esto y que solamente las personas que poseen cable o antena parabólica puedan conocer un poco más la realidad de lo ocurrido en el estado de Chiapas" (La jornada, 2 de febrero de 1994).
5. En las discotecas de lujo de Guadalajara y Tijuana, por lo menos, la moda entre los jóvenes es presentarse con pasamontañas.
6. Por más burlas y envíos despectivos de quienes la consideran un mero invento de la izquierda partidaria (algo parecido a los comités de paz estalinistas de los cuarenta y cincuenta), la sociedad civil, especialmente en su dimensión de organizaciones no gubernamentales, ha sido indispensable en estas semanas: junto con la opinión pública internacional, ha contribuido a detener, por ahora, la mecánica belicista; ha proporcionado ayuda efectiva a poblaciones aisladas; ha nacionalizado la comprensión de los hechos; ha sido factor indispensable en el entendimiento de las razones profundas del levantamiento y, lo fundamental, ha luchado activamente r la paz. Ahora, este ánimo difuso y concreto que llamamos la sociedad civil no admite que el único espacio que gobierno pone a su disposición sea el de la semana de la solidaridad. Esto porque nunca antes se habían valuado tanto sus efectos y su desarrollo, ni siquiera en septiembre de 1985, en los días siguientes al terremoto. Ciertamente, la sociedad civil es todavía débil, sin mayor tradición organizativa, idealizadora de sus propios poderes y, sin embargo, su idea y sus prácticas se vuelven indispensables.
7. Por vez primera, los funcionarios, del presidente de la república al gobernador de Chiapas, adoptan un aire de humildad extrema. No van a conceder, van a oír, trámite al que los condujo el levantamiento, y por eso escuchan demandas (que sustituyen a las quejas), exigencias concretas (que reemplazan a los llamados a la buena voluntad), reclamaciones por el incumplimiento histórico de las promesas (que van en lugar de las adulaciones al señor licenciado). El funcionario no termina de aceptarlo ni de creerlo; pero lo que tiene en frente es otra ciudadanía, aún no muy segura de su existencia, y muy recelosa, pero ya al tanto de sus poderes constitutivos, y en uso del tuteo sicológico. Se van los peticionarios, entran los ciudadanos.
8. La gente hace colas en casi todas partes para adquirir a diario La jornada y cada semana Proceso (también, se solicitan El financiero y Reforma). Colas para adquirir periódicos, lo nunca visto. Con su acción, el lector se incorpora a un ámbito sui géneris de la sociedad civil, integrado por sus semejantes y por los hacedores de las publicaciones que le importan. La lectura (con resultados críticos) se vuelve un acto político.
9. Se da fín a la lectura del documento de las organizaciones indígenas y campesinas de Chiapas. Una línea me llama la atención, en referencia al EZLN : "Sus muertos son nuestros muertos; sus mártires son nuestros mártires".
10. En Tuxtla Gutiérrez, en una reunión con unos cuantos dirigentes, el presidente Salinas promete: no se volverá a lo de antes, y lo dice él precisamente, que lleva cinco años proclamando a diario que desde su llegada lo de antes, fuese lo que fuese, desapareció con sus abastecedores del populismo inicuo.
11. Las repercusiones del conflicto en Chiapas son nacionales, lo que no sólo indica la amplitud de la crisis del autoritarismo presidencialista, sino un hecho drástico: el país de las regiones concebido por el eficientismo neoliberal es, también, un país integrado por las necesidades y la solidaridad, un vocablo al que sólo le faltan unos meses para su cabal rescate semántico. Quien insiste en calificar de "puramente local" lo de Chiapas, se queda aislado en su optimismo sexenal.
12. La campaña electoral del PRI, antes sólo compuesta de satisfacciones y arrogancias, se ha vuelto el festín de la autocrítica sin destinatario. ¿Quién oye las promesas, así vengan envueltas en la condena exhaustiva a lo inmediatamente anterior, la entidad de la que formaba parte el emisor de promesas y golpeteos al pasado inmediato? Antes, tampoco habían tenido verdadero público las campanas de los candidatos oficiales, pero al menos se les consideraba rituales (tediosos pero necesarios). Al volverse prescindible la ritualización, la campaña y el candidato priista queda librados a sus propias fuerza declarativas, como si quienes oyen o leen la argumentación hubiesen sido trasladados, en "acarreo" de entendimientos, al texto o al discurso. Y las conclusiones suelen ser muy ácidas.
Amanecer en otro país¿Qué describe lo anterior? Muchos fenómenos contradictorios y complementarios: la culpa genuina de quienes habían sabido de la amplitud de la pobreza y no le habían concedido atención real; la diversidad de la moda; el crecimiento de la conciencia cívica; las consecuencias del descrédito de los partidos muy especialmente el PRI; el hartazgo ante la prepotencia y la soberbia de los tecnócratas y su política deshumanizadora; los rescollos del culto a la revolución y sus autoritarismos; la carga del romanticismo bélico; el rechazo a la desinformación promovida y bendecida desde el gobierno; el orgullo de recuperar la dimensión indígena; la conciencia de la integración nacional. El país, según el asunto se va aclarando, es la percepción que de él teníamos, no el catálogo de bienes y desposesiones, sino el sentido de rumbo.
Todavía el 31 de diciembre de 1993, el país, en la percepción dominante, consistía en una cúpula satisfecha sin obstáculos para su mando, segura de sus pobres vía Pronasol, segura de sus clases medias vía la mansedumbre, segura de su alianza orgánica con el empresariado. El país, no el lugar donde se vivía ni la colectividad a la que se pertenecía de un modo y otro, era de ellos y Ellos, la cúpula, poseían el país entre otras cosas porque manejaban su clave hipnótica: la paz social.
En 1993 me la pasé diciéndome, en ese diálogo abierto con la única persona siempre a mi disposición: "Se merecen lo que les pasa por soportarlo todo. Si así quieren ser tratados, que así se les trate". Y ellos, los que se merecían lo que les pasase, eran quienes se dejaban de Ellos, los que mandaban y monopolizaban los privilegios y mentían y prometían y reprimían y cedían generosamente migajas, se retrataban junto a los próceres y aplastaban a la oposición y usaban a sus intelectuales, que los tenían, para decir que todo iba bien y a la democracia se llegaría cuando la ocasión lo ameritara. Y uno, desde esa tierra de nadie del resentimiento, se limitaba a decir "¡Que país!"
Y si el país cambió con tal rapidez, es porque su percepción más generalizada se basaba en jactancias de la élite, resignaciones de la mayoría, impulsos acomodaticios, ganas de trepar, anhelos de olvidarse de la falta de movilidad, rabias del individualismo autista, experiencias frustráneas y, sobre todo, consciencia de la dejadez de ellos con minúscula, y la habilidad de Ellos, con la mayúscula sacralizada por el poder. Si algo, la percepción era muy frágil, y bastó el golpe de unos cuantos para acabar en un día con la impensabilidad del cambio. En lo que a mí toca, rechacé y sigo rechazando la vía armada, así haya variado mi certidumbre sobre quién empezó con la violencia, pero también, estoy convencido: el país cambió, y el proceso así sea aplastable, no es reversible.
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Actualizada el 5 de mayo de 1998.
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