@ La Coronación Canónica de Nuestra Madre @


José Sánchez Dubé
En el devenir histórico de nuestras Hermandades aparecen fechas que marcan como jalones las distintas etapas que conforman la vida de cada asociación. Así en nuestra Cofradía aparece la de 1560 como año de la fundación de la Estrella; la de 1675 en que se fusiona con la del santo Cristo de las Penas; en 1835 en que se traslada al templo de San Jacinto; 1881 de su reorganización tras los avatares de la invasión napoleónica y las malhadadas desamortizaciones; 1932 en cuya Semana Santa la cofradía procesionó sola en el Jueves Santo; 1963 año en que se estrena Casa-Hermandad de nueva planta y 1976 en que tal inmueble se convierte en capilla y sede canónica de la corporación.
Y como florón y remate de tan dilatada histotia, la Coronación canónica de la Sabtísima Virgen en Octubre de 1999, año jubilar que por decisión del Papa Juan Pablo II coloca a María como faro y guía de la evangelización del tercer milenio de la Iglesia, como modelo y prototipoMaría Santísima de la Estrella de nuestro quehacer cristiano, como luz potentísima que ha de alumbrar la tarea misionera a la que todos estamos llamados para implantar en el mundo el reinado de Cristo.
La coronación de nuestra Virgen de la Estrella ha sido un anhelo hondamente sentido; sin que aflorara una solicitud explícita, anidaba en nuestros corazones un ansia espiritual que pugnaba por hacerse realidad tangible que satisfaciera el deseo de tantas generaciones.
De ahí que cuando ha llegado el gozoso anuncio por decisión, que nunca sabremos agradecer bastante, de nuestro Prelado, se han confundido sentimientos muy diversos: de sorpresa y de incredulidad, de alegría y de emoción, de no saber si reir o llorar, de júbilo incontenible y al par tremenda responsabilidad.
En la tierra de María Santísima se va a coronar a una nueva imagen dolorosa, se va a añadir una nueva estrella a la rutilante diadema que orla la cabeza de la Madre de Dios, la mujer bíblica triunfadora de la serpiente, la mujer evangélica del Apocalipsis de San Juan.
En nuestro caso, doce estrella para cronar a una sola; todo el firmamento resulta insuficiente para coronar a la Estrella de la mañana, cualquier homenaje queda pálido al postrarse ante una luz tan límpida y diáfana, mujer sin pecado concebida, Madre de Dios y nuestra. Todos sus hijos estamos como confundicos, nerviosos y anhelantes, todo nos parece poco para honrarla y servirla, ¿cómo hemos de preparar tan gloriosa enfemérides?
En verdad que el solo anuncio, distante aún, pero con la certeza que acaecerá tan sólo el año próximo, parece que hubiera insuflado una dinámica nueva al quehacer cofrade de nuestra Hermandad. Es como si se respirara un aire nuevo y distinto, la actividad es varia e incansable, el culto aparece como renovado, sentimos en nuestro interior como una llamada indefinible que nos lleva a redoblar nuestros esfuerzos, que nos incita a ser mejores, es como si todos sus hijos atendieran a la llamada y las recomendaciones de la Madre para inyectar savia pujante en nuestro amor filial y fraternal, para una conversión auténtica, para una tarea de evangelización que vamos contagiando con el ejemplo más que con la palabra.
Y en torno a esa imborrable fecha de nuestra historia cofrade vamos vislumbrando la paz, esa paz que contagia María con su mirada baja, esa paz como luz interior que irradia nuestra Estrella, esa paz que sólo se percibe estando en oración en el Sagrario ante el cuerpo de su Hijo, carne de María, hecho Ecuaristía para nuestra salvación.
¡Madre de Dios de la Estrella alumbra nuestros pasos para servirte y honrarte mejor y ruega por nosotros!

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