EL CRÁTER CHICXULUB DE MÉJICO

Walter Alvarez

**Fragmentos del libro de Walter Alvarez "Tiranosaurus rex y el cráter del destino".**

A lo largo de toda la década de los 80 se fueron descubrieron cada vez más pruebas en apoyo de la teoría de un impacto como la causa de la extinción acaecida en el Cretácico. Sin embargo, para desesperación de los expertos, su localización exacta permanecía oculta.

En todo buen misterio que se precie en el que el crimen permanece oculto casi de manera perfecta, suele haber siempre una pista falsa que desconcierta a los detectives. En nuestro caso, la pista falsa era la engañosa evidencia que apuntaba hacia un impacto en el océano. Sin embargo, en un buen misterio hay un fallo insignificante en el encubrimiento. Al final el detective lo descubre, el resto del disfraz se derrumba y el culpable es descubierto. Eso es lo que sucedió con la búsqueda del cráter del Cretácico. El disfraz era casi perfecto, pero el error estaba en el tsunami.

Un impacto oceánico gigante habría generado un tsunami verdaderamente enorme, capaz de erosionar el fondo del mar hasta profundidades que ningún otro tipo de olas alcanza nunca. Al alcanzar el borde continental, el tsunami se convertiría en una ola gigantesca, quizás de un kilómetro de altura, que rompería cerca de la costa. Los bosques más cercanos a la costa quedarían destruídos y la arena sería despedida, deslizándose hacia aguas profundas para formar los deslizamientos submarinos que los geólogos llaman flujos de turbidita. Estos dejan como sedimentos lechos de arena llamados turbiditas. Si pudiéramos encontrar una muestra de sedimentos marinos cercanos al borde oceánico, con turbidita justo en la frontera, eso señalaría a ese océano como el lugar del impacto.

Pero, tal y como sabemos ahora, el impacto no se produjo en el océano, sino en la corteza continental de la península del Yucatán, por encima o ligeramente por debajo del nivel del mar, situación en la cual no se debería haber generado ningún tsunami gigante. Si el encubrimiento del crimen hubiese sido perfecto, no habría habido ningún depósito procedente de ningún tsunami, y habríamos seguido buscándolo indefinidamente y en vano.

Sin embargo, había un fallo insignificante en el encubrimiento. El impacto tuvo lugar en el continente, pero cerca del océano. Se produjo lo suficientemente cerca como para generar un tsunami de todos modos en la zona adyacente oceánica (quizás debido a deyecciones provenientes del cráter, las cuales se precipitaron en las profundas aguas de los alrededores, o a partir de ondas sísmicas o corrimientos submarinos desencadenados por el impacto). No está aún claro el mecanismo exacto, pero inmediatamente después de que el cometa chocara contra el Yucatán, el tsunami se propagó a gran velocidad del lugar del impacto. Dejó como evidencia de ello un lecho marino desgarrado y cubierto de residuos depositados por sedimentación, la prueba que andábamos buscando. Nos había estado engañando durante años, pero estábamos a punto de tropezarnos con el fallo en el casi perfecto disfraz.

(Alvarez procede ahora a hablar sobre el descubrimiento de posibles lechos de arena procedentes de un tsunami a lo largo del río Brazos en Texas).

Alan Hildebrand era un canadiense llegado a los EE. UU. a principio de los 80 para estudiar con Bill Boynton en la universidad de Arizona. La tarea crítica para un estudiante recién licenciado es dar con un tema para su tesis doctoral suficientemente sugerente y significativo, pero no tan difícil como para ser imposible. Alan se centró en la frontera de fines del Cretácico desde el principio de su trabajo. Con la sensación de estar acercándose al fondo del problema, consideró en primer lugar la posibilidad de vulcanismo generado por un impacto, y entonces encontró más evidencias engañosas acerca de un posible impacto en el océano.

Hacia 1988, Alan ya había decidido que el lecho de tsunami del río Brazos era la clave para encontrar el cráter. Sabía que la ola sólo habría podido provenir del sur de Texas, porque esa era la dirección en la cual se encontraban las aguas profundas hace 65 millones de años, tal y como es ahora. Dedujo que el lugar del impacto no podría haber estado demasiado distante de Texas, porque el Golfo de Mexico es una zona de agua cerrada, protegiéndola de cualquier tsunami que viniera desde lejos. Aceptando la opinión reinante de que el impacto se produjo en la corteza oceánica, Alan centró su atención en el Golfo de Mexico y en el Caribe.

En una búsqueda tenaz, Alan retornaba al río Brazos una y otra vez, intentando extraer cualquier sugerencia desconocida y cualquier último resto de evidencia de un yacimiento de tsunami, y peinó la literatura publicada y los mapas del Golfo y del Caribe en busca de cualquier indicio de sedimentos provenientes de un impacto, o de una estructura circular que pudiera ser el cráter de un impacto. Descubrió un conjunto de características vagamente circulares en mapas del lecho marino del norte del Caribe en Colombia y supo de le existencia de un patrón circular de anomalías gravimétricas en la costa norte de la península del Yucatán. Este candidato tenía un aspecto francamente prometedor, incluso aunque estuviera en la corteza continental.

No se había publicado casi ningún artículo acerca del patrón circular de anomalías gravimétricas en el Yucatán que sugiriese la existencia de un cráter enterrado. Alan tuvo que realizar un trabajo realmente detectivesco para dar con algo. Al final dio con la pista de quienes sabían de la estructura del Yucatán, y así fue como se convirtió en el primero de los investigadores sobre el Cretácico en conocer a Antonio Camargo y Glen Penfield. Finalmente, en 1991, Hildebrand, Penfield, Kring, Pilkington, Camargo, Jacobsen y Boynton publicaron un artículo titulado "El cráter de Chicxulub: un posible cráter de impacto en la frontera del Cretácico y Terciario en la península del Yucatán, Mexico".

Fue un bombazo. ¡Al fin se había descubierto el Cráter del Destino! La pista había sido el tsunami, generado aunque el impacto había tenido lugar en la corteza continental. La Naturaleza había enterrado el cráter y era completamente invisible en la superficie, pero el tsunami había extendido la prueba de un impacto en la cercanía hasta un conjunto de rocas en Texas. La era de los fósiles de Thor Jansen, la corazonada de Jan Smit, el estudio detallado de Jody Bourgeois y la incansable búsqueda de Alan Hildebrand habían dado sus frutos. Aprendimos a deletrear Chicxulub, descubrimos que se trataba de una palabra maya y comenzamos a oir la extraordinaria historia que Glen Penfield y Antonio Camargo hacía diez años que conocían.

Este pasaje ha sido extraído del capítulo 6, páginas 106-112, del libro de Walter Alvarez "Tiranosaurus rex y el cráter del destino", propiedad de Princeton University Press, 1997.

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Pedro José Lorca **plorca@ing.uc3m.es**
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