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Ver Blade Runner es internarse en
todo un mundo nuevo, a la vez maravilloso y
pesadillesco, donde la visión de un futuro no demasiado
lejano confunde sus límites con la distopía de una
realidad alternativa y subterránea que la estética del
cine ha sido capaz de conjurar, permitiéndole colarse en
nuestro propio mundo con todo su caudal alegórico y
transformador. El
filme dirigido por Ridley Scott en 1982 basándose en la
novela del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick,
¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, ha
terminado por convertirse en un clásico indiscutible de
nuestro tiempo, hasta el punto de haberse ganado un
lugar en la selecta filmoteca del Congreso de los
Estados Unidos, y de poner en boca de todos los términos
posmoderno y cyberpunk.
Pero antes
llegar a este nivel de reconocimiento, la cinta habría
de recorrer un largo camino a lo largo del cual supo
ganarse la admiración de una fuerte legión de fans y el
respeto de críticos y estudiosos que hicieron olvidar la
relativa incomprensión de buena parte de la audiencia (y
de la crítica) en tiempos de su estreno mundial. Y aún
antes de esto, las escaramuzas de una producción nada
fácil que vio enfrentarse a realizador y productores, a
protagonista y director, descartarse sucesivos guiones y
modificarse el montaje final, que Scott recuperó en su
"Corte del Director", estrenado en 1992.
El
resultado final, que no es otro que la impresión
indeleble que esta sugestiva profecía ha dejado en los
espectadores, cualquiera hubiera sido la "versión" que
presenciasen, demuestra que Blade Runner, además
de estar basada en sólidos fundamentos creativos, ha
incorporado a su naturaleza la impronta de ciertas
circunstancias fortuitas que no sólo forman parte de la
leyenda de la realización, sino ya de su propia
personalidad. Las
razones por las que tantas personas han hecho de éste un
filme de culto tienen mucho que ver con el hechizo de un
diseño futurista tan complejo como coherente donde el
punto de vista de la cámara no es la agresión de lo
extraño sino la exaltación de su belleza -engañosa, por
cierto-. El espectador asiste arrobado al espectáculo de
maravillas que le depara un futuro próximo, como vistas
aéreas de un paisaje urbano infinito y resplandeciente,
vehículos que se elevan por encima de los rascacielos,
inmensas chimeneas llameantes y otras construcciones
farónicas.
En la
apertura del filme, todo este paisaje fantástico se
refleja y es devorado por la gélida superficie azul de
un ojo gigantesco, indiferente (sospechamos) a tal
magnificencia. La imagen expresa de manera perfecta la
paradoja de una historia que no tarda en descorrer los
velos sobre una realidad diametralmente opuesta, forjada
precisamente por la complacencia del género humano ante
la propia voracidad. En esta realidad disfrazada de
esplendor el hombre se ha contentado con que la
naturaleza haya sido arrasada y las personas vivan entre
los desperdicios de una cultura rapaz, en el seno una
sociedad éticamente abominable. Belleza y decadencia son
una sola cosa en Blade Runner, y esta combinación
extrañamente nos seduce, involucrándonos directamente en
el mensaje del filme.
Pero yendo
más allá de esto, el planteo argumental de la perenne
realización de Ridley Scott es lo suficientemente serio,
profundo y abarcador como para ejercer en los
espectadores un efecto movilizador a través de a
exposición de temas tan universales como son la
identidad, el propósito del existir y lo que percibimos
como realidad, tan vigentes en el año 2019 en que se
sitúa la acción de la cinta, como en nuestro propio
tiempo. |